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En La Espera Del Semáforo

La niebla espesa caía sobre la ciudad de noche cubriendo los techos de los coches de una brillante capa de humedad reveladora de dibujos invisibles en los cristales. El semáforo de la esquina de tu casa se puso en rojo justo antes de mi paso, no sé ya si por azar o porque hasta aquel cruce mi inconsciente había jugado con la velocidad para cuadrar mi llegada con el cambio de color. Mientras esperaba, comprobé que las flores seguían vivas en tu balcón a pesar del frío de las noches en soledad y al mirarlas recordé su olor tan real como la mañana en la que me regalaron su perfume por primera vez después del amor. Y con la mirada perdida en lo alto tratando de intuir tu cama a través de la ventana imaginé que llegabas con tu coche, dispuesta a guardarlo en el garaje cuyo acceso bloqueaba el mío. Dibujé en mi mente cada escena de aquella película que sólo estaba sucediendo en mi imaginación, movida por el impulso de encontrarte un día sin más en aquella misma esquina. Tú llegabas, el semáforo cambiaba, arrancábamos los dos, tú sin darte cuenta todavía de mi presencia, tu intermitente hacia el garaje, el mío hacia el lado opuesto para aparcar en doble fila de cualquier manera y correr hacia tu coche dispuesto a subir a tu lado sin preguntar. Y calmar tu susto con un beso que te hiciese reconocerme en la penumbra de la farola fundida, mientras la plataforma del ascensor del párking descendía lentamente en un viaje hasta los subsuelos de la pasión. Y sin mediar palabra, mirar de cerca de nuevo el reflejo de mis ojos en los tuyos, palpar tu rostro recordando el tacto de tu piel en mis dedos y marcharme sellando tu adiós silencioso con un último beso. Pero aquel cortometraje quedó grabado para siempre sólo en mi cabeza. Fuera de ella, el semáforo cambió a verde y por el retrovisor de mi coche lo único que se veía era la soledad de una calle vacía y neblinosa.

Y es que Sucede Que Hoy te recordé en la espera del semáforo...

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Con La Voz Entrecortada

Sucede. Sucede que. Sucede que hoy. Sucede que hoy busqué. Sucede que hoy busqué la. Sucede que hoy busqué la manera. Sucede que hoy busqué la manera de. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte frente. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte frente a. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte frente a frente. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte frente a frente y. Sucede que hoy busqué la manera de encontrar a solas para tenerte frente a frente y poder. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte frente a frente y poder decirte. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte frente a frente y poder decirte que. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte frente a frente y poder decirte que ya. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte frente a frente y poder decirte que ya tenía. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte frente a frente y poder decirte que ya tenía ganas. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte frente a frente y poder decirte que ya tenía ganas de. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte frente a frente y poder decirte que ya tenía ganas de volver. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte frente a frente y poder decirte que ya tenía ganas de volver a. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte frente a frente y poder decirte que ya tenía ganas de volver a verte.

Y es que Sucede Que Hoy lo intenté pero se entrecortó mi voz...
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Viena A Bordo Del Tranvía

Al otro lado del cristal empañado del tranvía el cielo descargaba con rabia su ira sobre una Viena empapada en cuestión de minutos. La humedad traspasaba la vieja chapa de aquel tranvía cargado de historia que circulaba por el centro de la ciudad en un recorrido circular sin fin. Las gotas resbalaban por el vidrio de las ventanas dibujando trayectorias imposibles a fuerza de un viento arremolinado que soplaba intenso en el exterior. Sentado en uno de los asientos de madera vieja del vagón recordaba todas y cada una de las emociones que las diferentes ciudades visitadas me habían transmitido, repasando la felicidad derrochada en dos semanas de viajes, trenes, hostales y estaciones. Entretanto, el traqueteo y el sonido de la lluvia me acompañaban en aquella tarde en la que Viena se escondió de la voracidad de mis pasos y las ganas de mundo insaciables de mis ojos. La gente corría despavorida bajo la lluvia repentina y los coches levantaban el agua de los charcos a su paso, bautizando sin compasión a los desprotegidos de las aceras. Y como el gris del cielo agrietado por los truenos, los días se agotaban en un calendario que no quiso detener el transcurso de sus hojas efímeras. Atrás quedaban las anécdotas y los secretos escondidos en los rincones de las ciudades, a la espera de un retorno a bordo de dos trenes que nos hiciese poner el broche final a una experiencia única mostrándonos de nuevo la bella París. Y fue en aquella ciudad donde dejé olvidado un suspiro lanzado al presenciar el espectáculo de lluvia a través del cristal, jurando que volvería a recuperar el suspiro entregado y admirar de nuevo sus edificios y su historia sin el reflejo del cristal de aquel tranvía mediando entre los dos.

Y es que Sucede Que Hoy recordé Viena a bordo del tranvía...

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Tu Voz Entre El Tráfico

Y sin más aviso que el cambio repentino del semáforo, tu voz resonó con un eco tan cercano que mi piel comenzó a erizarse incluso antes de que llegara a procesar el sonido de aquella tonalidad familiar. La gente deambulaba ajena por las aceras siempre transitadas de tu barrio en aquella hora en la que bastó escuchar un grito con mi nombre para saber que habías sido tú la dueña del clamor. Hacía más de un año que no escuchaba tu melodiosa voz en la realidad y, no sé si por el largo tiempo en el que me acostumbré a ella, o por el hecho de recordarla y sentirla en mi oído en más de una, dos y mil noches, volver a escucharla incluso entre el bramido del tráfico en la ciudad me trajo al instante tu recuerdo. La tarde avanzaba en la misma dirección de mi marcha, con la oscuridad pisándome los talones y el rumor de aquel alarido inesperado me acompañó en el camino de regreso a casa. En mi mente, miles de imágenes se hacinaban pasando como los frames a cámara lenta de una película empolvada por el tiempo y el olvido forzado de la memoria. Y aunque nunca tuve ni tendré la certeza de que aquella voz que vino a clavarse en mis oídos una tarde de las muchas en las que ya te había olvidado fuese la tuya, nunca nadie me podrá arrebatar la sensación que recorrió mi cuerpo durante el fugaz segundo del reencuentro con las palabras adornadas por tus labios ya enterrados.

Y es que Sucede Que Hoy creí escuchar tu voz de nuevo...

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Arbeit Macht Frei

Fue el día en el que Itzhak decidió no seguir cavando el túnel cuando el resto de los que formaban la división del crematorio entendieron que no podían escapar al destino de pasar el resto de sus vidas entre las alambradas y los barracones del campo de concentración. Hasta ese momento, día tras día, el grupo de presos destinado a mantener los hornos al rojo vivo cavaban con las palas del carbón y sus propias manos un túnel oculto tras el muro del último horno. Un horno que había dejado de ser útil desde que el general de las SS al mando se enteró por el registro de que entre las llamas de esas paredes se había desintegrado su mejor amigo de la infancia, capturado por orden suya meses atrás sin ni siquiera mirar el nombre del inquilino de aquel piso de mala muerte. Le bastaba la cruz dorada de seis puntas que colgaba de su cuello para perder el derecho a todo, incluso a identificarse. Pero Itzhak, afligido por la falta de aliento y los pulmones repletos de ceniza, no pudo sino entregarse a la derrota y aceptar un porvenir del que la única escapatoria pasaba por la victoria de un ejército del que no formaba parte. Atrás quedarían las largas jornadas en las que aprovechaban los momentos de descanso de la guardia para avanzar algunos metros, ocultando la tierra extraída entre las montañas de cenizas de los que habían corrido peor suerte que ellos. Pero más atrás todavía quedaban las tantas ocasiones en las que Itzhak se había planteado entregarse él mismo a la voracidad de las llamas en uno de los muchos momentos que tuvo para hacerlo, sin llegar nunca a culminarlo, más por un hilo casi invisible de esperanza de que todo aquel infierno terminara pronto, que por falta de valor o decisión. Sin embargo llegó el día en el que faltó a su turno porque entendió que a pesar de lograr el utópico plan del túnel secreto, seguramente al otro lado del mismo estaría esperándoles la guadaña de la muerte bajo cualquier forma, ya que la vida la habían perdido mucho tiempo atrás; justo el mismo día en el que atravesaron aquella puerta enorme de hierro en la que se podía leer la sentencia "Arbeit Macht Frei".

Y es que Sucede Que Hoy volví a Berlín mentalmente...

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Ensoñación

Un día soñé que pensaba que soñar era seguir pensando en la inconsciencia de un sueño pensativo o de un pensamiento soñador. Que durante la liturgia de las horas durmientes no cesaba en mis labores de pesquisas con las dudas y los enigmas que en la vigilia habían quedado sin responder. ¿Era o sentía? ¿Creía estar viviendo o vivía? ¿Soñaba estar despierto o despertaba envuelto en sueños? Y fue durante el tiempo entre sábanas que entendí aquellos versos que decían que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son. Pues soñando que pensaba me acercaba al conocimiento de que pensar es sólo un sueño que persiguen los filósofos que, durante toda su vida, sólo han aprendido que la sabiduría se alcanza en otra vida a la que se se llega después de exprimir la que nos dan. Que no importa si setenta o setecientos, estos años sólo sirven para practicar. Para experimentar y ser conscientes de que no es ahora cuando debemos despertar y que el camino es largo, pero se hace al caminar. Y entre sueños vagos y pensamientos vaporosos olvidé contar el tiempo que hacía que no soñaba, que no pensaba. Y olvidé que fue durmiendo la última vez en la que creí estar despierto, pues no volví a sentir en vida lo que pude percibir en aquel sueño. Pero fue justo al despertar que entendí el significado de aquellos sueños y pensando que vivía respiré olvidando que hacía años que estaba muerto.

Y es que Sucede Que Hoy soñé y pensé y también viceversa...

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Recordando Un Primer Encuentro

Volver a pisar aquel mismo suelo le transportó sin remedio hasta la primera noche que la vida le regaló su presencia. Recordó el temblor de sus manos agitadas por el frío y el nerviosismo del encuentro inminente; la respiración jadeante y profunda al ver cómo se acercaba el momento; el pulso acelerado de un corazón emocionado por la cita. El ambiente espesaba con la niebla prenavideña y en el cielo una luna reluciente sostenía la luz tenue que iluminaba la escena. En el reloj los minutos pasaban tan lentos que por momentos creía ver cómo las manecillas se burlaban retrocediendo en la esfera plana. Disimulando, mirando un escaparate iluminado, esperaba su llegada nervioso. En realidad, aunque eso nunca lo reconocería, lo que miraba a través del cristal del escaparate era su propio reflejo, pasando revista meticulosamente a cada centímetro de su cuerpo para causar una buena impresión. Desde la bufanda, hasta los cordones, pasando por la caída prevista, aunque disimulada, de los pantalones que finalmente había elegido después de desechar otros tres. La gente, entretanto, iba y venía a sus espaldas inmersa en conversaciones pasajeras de las que sólo flotaban palabras sueltas tras sus pasos fugaces. Sin embargo era el sonido de esos pasos inconfundibles de mujer los que más se le clavaban ante la duda de si eran los de ella o no. La espera se prolongaba y por cada minuto que pasaba sin producirse el encuentro, su palpitar aumentaba el ritmo de tal manera, que de no haber sido invierno y andar enfundado contra el frío, el corazón parecería salir desbocado de su pecho. Y de pronto, justo por el lugar por el que menos pensaba que iba a aparecer, silenciosa, sin pasos sonoros, sin perfumes delatores ni avisos lejanos, apareció sonriente por la puerta de atrás saludando alegre con un "hola" que ocultaba un nerviosismo latente en su voz.

Y es que Sucede Que Hoy recordé el primer encuentro...

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El Caprichoso Viaje De La Enfermedad

En su cara se reflejaba el indomable y caprichoso viaje de la enfermedad. La tristeza de su rostro, gris y apagado como una flor mustia en otoño, mostraba el desencanto ante una vida que había decidido perder la batalla de la salud. En su mirada se intuía el pesar por las horas lentas y anodinas apoltronada en su contra en una cama empapada en lágrimas silenciosas derramadas en la soledad de las noches. Y en sus palabras reverberaba un eco profundo de esperanza ante el infortunio que le había tocado vivir porque así estaba escrito en su destino. Pero esa esperanza caía en saco roto ante las caras de los doctores y sus frases a medio terminar, ocultando una información que ninguno de ellos se sentía capaz de dar. Entretanto, sus movimientos torpes y lentos chocaban con la sensatez de unas palabras que salían tímidas de unos labios ensuciados por la inquebrantable seña del sufrimiento y la enfermedad. Su piel, fría y del color de las sábanas, dejaba entrever el sinuoso curso de unas venas por las que corría una sangre gélida y turbia impregnada en cortisona. Pero la incertidumbre de su diagnóstico le provocaba más dolor que todas las agujas que colgaban de su brazo repleto de goteros. La ciencia estaba tardando más de lo normal en esclarecer la causa de su estado, mientras ella poco a poco se consumía acurrucada entre recuerdos de tiempos mejores. Y allí, acostada junto a la ventana observaba cómo pasaba el invierno sin esperarla, mientras su cuerpo endeble y afligido se removía sobre el colchón para no entregarse a las llagas de la inactividad. Sin embargo saldría de aquella y lo vi en sus ojos mientras disfrutaba del pequeño placer de un paquete de pipas peladas al tiempo que su mente anhelaba caminar como la gente que se veía en las aceras de la avenida donde, por desgracia, se hospedaba temporalmente.

Y es que Sucede Que Hoy la observé en su cama del Hospital...

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Las Raíces Del Amor

Y el quejido del amor le sobrevino con tal fuerza que un sentimiento tan absurdo como aquel llegó para instalarse y reinar en su alma. Pero la espera se hizo tan larga que sus piernas enraizaron con la tierra húmeda y oscura que se abría bajo sus pies, aprisionando a un corazón que se negaba al derrotismo. Como tallos enrevesados ascendían por su cuerpo los delirios de un cariño no correspondido, mientras el veneno de la incertidumbre se le inoculaba con la suavidad con la que la abeja desprendía el polen de la flor cada primavera. Y ni el viento ni la lluvia fueron capaces de desarmar aquel nudo de infortunios que la desdicha le había presentado en los tiempos en los que hablar de entrega y pasión era sólo un juego de premoniciones y futuros lejanos e inciertos. La confusión le golpeaba duro cada noche acabando con la sensación de paz y esperanza con la que cada mañana se enfrentaba al nuevo día. Y allí, enraizado al suelo en mitad de la mísera nada, su cuerpo permaneció durante años hasta tal punto, que los niños del lugar jugaban a hacerle rabiar para ver si salía corriendo tras ellos, ajenos al impedimento próximo al vudú que le obstaculizaba para poder dar un paso y terminar con la mofa. La misma inmovilidad que le invadió el día en que por primera vez sintió sus manos acariciándole, le atormentaba ahora agravada por el peso de la desazón de saberse tan distante en su memoria. Y con la llegada de la hojarasca una tarde violeta acariciando un crepúsculo otoñal, una carta escrita sobre un papel viejo y arrugado lanzado al aire desde un punto lo suficientemente lejano como para que en el camino se hubiese impregnado del aroma del tiempo, le llegó a la cara empujada por la fuerza del aire y, como quien se desprende de una máscara, la apartó para leerla. Sólo entonces volvió a sonreír y con un leve chasquido las raíces retorcidas de sus piernas se desprendieron devolviéndole la libertad para echar a correr en busca de un amor que se marchó con la misma improvisación con la que tiempo atrás había llegado...

Y es que Sucede Que Hoy me identifiqué con Florentino Ariza...

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Historia De Una Moleskine

Aquel tesoro en forma de cuaderno había recorrido tanto mundo que cada una de sus páginas desprendía el olor de un país. Páginas repletas de historias, dibujos, sensaciones, sentimientos, descripciones y notas que le habían sobrevenido en sus numerosos viajes. París, Amsterdam, Berlín, Praga, Viena, Roma, Florencia, Venecia, Londres... Grandes genios de todas las ramas artísticas contaban con una de ellas para plasmar sus esquemas, argumentos, ideas, bocetos o versos fugaces en las tardes de café. De Van Gogh a Picasso, de Hemingway a Chatwin o Sartre, durante siglos los más preciados cuadernos de los grandes artistas y pensadores siempre había tenido un mismo nombre: Moleskine. Y yo, ahora, armado con una de ellas, me dispongo a recorrer el mundo y continuar mi eterno viaje por tierras lejanas en las que respirar nuevos aires inspiradores de historias, de imágenes, de experiencias; sensaciones, vivencias...Y en la travesía me acompañará mi cuaderno de tapas de piel y hojas amarillentas, hasta que sus páginas se cubran con sinuosos ríos de tinta que den forma a mis pensamientos. Y en la primera página escribiré el nombre, pero no la dirección. Por si alguna vez se pierde y encuentra nuevo dueño, sepa a quien perteneció, pero no cómo hacérsela llegar. Porque el viaje de la cultura no tiene límite y compartirla puede ser un regalo. Y en ese momento sentiré que he perdido parte de mí. Que existe alguien en el mundo que es poseedor de lo más preciado de mi intimidad. Pero entonces entenderé que la aventura del cuaderno seguirá su curso sin mí y sus páginas seguirán cubriéndose de otras tintas hasta que el tiempo o el olvido acabe con ellas, o el destino haga que me reencuentre con ella un día, perdida en algún país.

Y es que Sucede Que Hoy me acordé de mi Moleskine...

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Flotando A La Deriva

Como un leño a la deriva impulsado por el oleaje de tu marea hasta que llegue el día de quedar varado en la playa de tu boca. Flotando en la superficie de un mar turbio de sentimientos cálidos enfriados a fuerza de distancia y silencio. Vagando sin rumbo a nado hasta desistir y entregarme sumiso a la corriente. Empapando mi espalda con el agua gélida que desprende el iceberg de tu temporalidad tozuda pero necesaria, mientras mi rostro mira al cielo y contempla taciturno la luna. Surcando sin norte ni brújula los océanos de tu mirada azul ausente. Arrastrándome sin fuerzas en la dirección opuesta a la costa que se expande en el desfiladero de tu pecho. Recorriendo millas sin sentido con la incertidumbre de si me acercan o me alejan más de ti. Y aunque las fuerzas no han flaqueado por momentos sube la marea y siento el agua al cuello. Gana en intensidad el oleaje y me empuja como a una lágrima en el recorrido infinito del torbellino bravo y feroz hacia las profundidades de la oscuridad absoluta. Y cuando estoy a punto de sucumbir ante el despiadado embate del mar, una luz se apodera de mi cuerpo y me empuja hacia la superficie. Una luz que esclarece las dudas y me ayuda a comprenderlo todo. Que la marea, tal y como sube, baja. Que las tormentas amainan y el mar también se viste de calma. Que detrás de las nubes nunca deja de brillar el sol. Que dejar correr el tiempo es positivo y productivo. Que de no hacerlo el disfrute sería efímero. Porque para lanzarse al mar primero hay que reparar las grietas del bote y restaurar la ilusión por volver a ver el reflejo de la luna con su estela blanca. Y la distancia me permite ahora valorar la situación sin el torpe impedimento del desasosiego, siempre tan tempranero e inoportuno. Y entiendo que el mar nunca dejará de ser azul, como yo nunca dejaré de admirar el azul del mar en tus ojos.

Y es que Sucede Que Hoy llegué al fondo y lo valoré...

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Silencio De Labios Sellados

Cuenta la leyenda que fue de tanto escribir por lo que se quedó sin habla. Que de las horas que pasaba encerrado en su alcoba frente al papel en blanco fue que poco a poco perdió el don de la palabra. Él que siempre había sido tan eminente en el discurso, tan meloso en el complicado arte de la seducción, a través de los sonidos que emanaban de sus labios. Y sin que nadie pudiera hacer nada por evitarlo acabó sentenciado al silencio de las hojas muertas; al castigo de la más aterradora mudez. Y cuentan las malas lenguas que fue por un amor prohibido su cambio de actitud ante la vida. Que adoptó desgarrado el silencio de la pluma y el tintero tras los días grises de un sentimiento robado. Que transformó lágrimas en palabras que corrían por el papel enlazando sollozos sordos ahogados en tinta negra. Que jugó a enmudecer poco a poco incapaz de hacerle frente al sufrimiento de un alma carente de cordura. Y se dice que nunca más salió de su buhardilla y el único mundo que vio fue el que imaginaba página tras página plasmando historias idílicas de lo que pudo ser y nunca fue. Que escribía tantos relatos que al final de cada día los tenía que romper y en la noche, atormentado, presa de un amargo sentimiento los volvía a recomponer. Pero lo que no cuenta nadie porque nadie lo ha podido nunca saber es que su silencio era voluntario, un capricho, un deber. Porque un día se juró no volver a utilizar su voz mas que para decir te quiero a la que un día marchó con la esperanza de volver. Porque sabía que sólo el beso de aquellos mismos labios le podía devolver el habla de la misma manera que un día le había hecho enmudecer.

Y es que Sucede Que Hoy encontré la medicina para la mudez...

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Cabalgando A Lomos De La Esperanza

Cabalgando a lomos de la esperanza atravieso campos yermos por tierras lejanas. Traspaso las fronteras de la dignidad en una expedición que me encamina hacia el remoto reino de la sonrisa. Viajo sin demora en busca de un preciado tesoro que se oculta en los bosques espesos de la distante dicha. La armadura pesa y lo hace hasta dejarme exhausto. Pero me niego a desprenderme del metal en el que un día se reflejó su rostro y en el que se posaron cálidas sus manos. Y aunque en el camino no pueda sino más que mirar a lo lejos el horizonte y entregar mis lágrimas por el viento gélido y veloz que me viene a rozar los ojos, sé que con mi llegada y el descubrimiento de la fortuna sólo habrá lugar para la felicidad. Será momento de que en el prado florezcan fuertes los girasoles, de que el río retumbe con la bravura de sus corrientes impetuosas, de que los búhos hagan resonar febril su canto nocturno. Entonces volveré recorriendo el mismo camino de vuelta hasta llegar de nuevo a mi castillo. Ese que hoy parece derrumbarse por las noches soltando sus quejidos de madera vieja y carcomida por el paso de un tiempo lento y caprichoso. Y proclamaré al cielo la victoria del corazón en una batalla en la que la única sangre derramada fue la que salió de la yema de mis dedos para lacrar el sobre en el que anunciaba mi regreso victorioso. Porque en la contienda del amor no es la sangre la que cuenta sino las lágrimas derramadas con dolor. Pero entonces sólo habrá tiempo para el abrazo y la emoción; para mirar de cerca sus ojos y recordar el camino que me trajo de vuelta hasta escuchar en susurro los tequiero de su voz.

Y es que Sucede Que Hoy comprendí que el viaje del caballero es largo...

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Cosecha De Dudas

Sentado sobre el muro del balcón contemplaba el atardecer que caía por detrás de la última fila de casas que alcanzaba mi vista. El sol, cansado de una jornada en la que había tenido que luchar para hacer llegar sus rayos entre la gruesa capa de nubes opacas, se retiraba exhausto hacia nuevas tierras a probar suerte. Mientras pasaba el tiempo con la mirada perdida en el horizonte, las nubes adquirían la forma de signos de interrogación. Y pronto llegó la noche colándose silenciosa por encima de la ciudad y con ella los millones de luceros que le acompañaban en su travesía por el cielo que cubría de negro el infinito techo de mi balcón. Y de la misma manera que durante la claridad violeta del atardecer las nubes habían adquirido esa forma singular, ahora eran las estrellas las que se agrupaban en constelaciones con la misma fisonomía. Interrogaciones brillantes que copaban el firmamento de dudas, de preguntas sin respuesta, como fiel reflejo de una mente sembrada con la misma semilla. Sólo existía la posibilidad de esperar al tiempo de la recolecta y comprobar entonces si la cosecha finalmente valía la pena. Pero para que los frutos de la tierra nacieran con la fuerza de la naturaleza en sus entrañas era necesaria la lluvia que regara los campos y no permitiera que la siembra marchitara reseca en un terreno agrietado. Un goteo de agua y esperanza que mantuviera viva la savia a la espera de una decisión madura que hiciera caer los frutos, buenos o malos. Pero ese regalo en forma de riego se hacía de rogar y entretanto el invierno no cesaba en su empuje helando los primeros tallos que con tanta devoción y salud habían comenzado a brotar apenas unas semanas atrás.

Y es que Sucede Que Hoy ni siquiera chispea...

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Bendita Paciencia

Bendita paciencia que habitas oculta en el reino de la prudencia y la perfección. Que pasas de puntillas por mi vida sin tiempo para que aprenda la lección. Y entretanto mi mente vuela demasiado lejos y sólo encuentra desesperación. Una vida acelerada incapaz de un día sin acción. Y vaya desazón. Creer que puedes sobrellevarlo y equivocarte en la primera ocasión, al dejar hablar al pecho y dar de lado a la razón. Un impulso desatinado que se lleva por delante todo intento de control. Y qué le voy a hacer si nunca fui experto en frialdades ni moderación. Si yo siempre fui de instinto, de emociones y pasión. Sin embargo son tiempos en los que ser comedido es sinónimo de correcta actuación; quien sabe si incluso llegue a serlo de mayor aceptación. Pero qué complicado me resulta a veces guardar los tempos y no caer en la búsqueda de una determinación. Y es por esto que ruego a quien me entienda, me conceda su perdón. Que es por causa del silencio el que las palabras se agolpen y salgan disparadas en cualquier dirección. Que aunque cueste y salte el nervio, nunca es tarde para aprender y sólo es cuestión de dedicación. Así que empiezo la partida sabiendo ahora que no existe manual de instrucción. Que el único requisito es no correr más que el tiempo y echar el freno al empuje del corazón. Que a pesar de que decaiga por momentos la ilusión, siempre es mejor la prudencia que una dura amonestación. Bendita paciencia que habitas oculta en el reino de la prudencia y la perfección, despréndete del polvo y ven a situarte a los mandos de este corazón. Que sin ti no encuentro el rumbo y siempre equivoco la ocasión; que nadie vino a prevenirme de lo difícil que era todo esto del amor. Y perdón.

Y es que Sucede Que Hoy faltó paciencia, faltó prudencia...

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Sinsentidos Sentidos En Lo Más Profundo

Me contengo con la incertidumbre de si debo o no debo. Que si puedo ser visto o mi imagen sólo causa desconsuelo. Si es preciso este silencio o es el fruto de una espiral de la que salir sería tan sencillo que da miedo. Que si mi ausencia es positiva o sólo la consecuencia de un hasta nunca oculto detrás de un hasta dentro de un tiempo. Y ojalá todo fuese tan fácil como seguir a los sentimientos. Como detener el tiempo durante un instante y dejarte llevar por las indicaciones de tu pecho. Sensaciones incontrolables que resuelven el enigma sin tropiezos, pues es el conocimiento que viene de dentro el que viaja de la mano de la verdad y el acierto. Que no es cuestión de más sufrimiento. Que la mente en estos casos es traidora y sus dudas son palabras huecas y sin argumento. Que ser feliz no cuesta tanto ni es tan negro. Basta con fluir y dejar correr la sangre ardiendo. Con no frenar instintos y dejar volar un sentimiento. Y que las únicas barreras sean las de no llegar nunca al arrepentimiento, pero no las de no querer que todo suceda porque jugamos a ser esclavos del tiempo. Y ¿qué es el tiempo?. A veces una bonita forma de desperdiciar la vida, a veces un medicamento, pero nunca un impedimento. Y luchando en la batalla me mantengo; la de no saber si decir algo por si molesto, o cogerle de la mano y preguntarle ¿de verdad no sientes esto?. El problema es que me niego. Que no entiendo. Que si busco la respuesta, me pierdo. Que si hago oídos sordos, me desespero. Y fingiendo que transcurre se apiada de mí el silencio; ese que me impongo a pesar de querer gritar al viento. Y quisiera poder decir mucho más que todo esto. Pero tal vez no debo. Pero tal vez no puedo. O tal vez es que no me atrevo.

Y es que Sucede Que Hoy se suscitan tantas dudas...

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Deseos Sobre La Vía Del Tren

Como cada vez que salía un día gris o los turbios sentimientos de su corazón rasgado le acechaban, Zeo se adentró silencioso en el bosque meditando, al tiempo que se dejaba impregnar por el cariño y el calor que la naturaleza le brindaba a cada paso. Ese afecto, esa comprensión de madre, era la única que nunca le fallaba. Y caminaba solo, dejando tras de sí las finas huellas de un cuerpo que se deslizaba por la tierra sin dejar caer su peso. Era liviano, casi gaseoso. Siempre que viajaba a aquel lugar parecía dejarse hasta el cuerpo en casa; sin piel, sin más músculos que el corazón apesadumbrado; sin recuerdos, sin equipaje, solos su mente y un latido tenue y apagado. Y entre árboles y plantas de todos los verdes imaginables, como impulsado por una fuerza invisible que siempre le empujaba hasta el mismo lugar, Zeo llegó hasta un viejo puente de madera que cruzaba de parte a parte un corte en la montaña por el que discurrían infinitamente rectas las vías de un tren imaginario. Tal vez no existía aquel paisaje; tal vez no existían aquellas vías, ni él mismo, ni ese dolor que le acompañaba cada vez que volvía a aquel lugar. Quizá todo era fruto de su imaginación; un sueño; el argumento de un libro olvidado... Pero Zoe se sentía real. Tan real como la tristeza que le invadía el pecho. Y allí, sentado con las piernas colgando del puente, esperaba a que el tren pasara para arrojar una flor y pedir un deseo. Un deseo que, aunque disfrazado cada vez de palabras distintas, siempre venía a pedir lo mismo. Porque si similares eran las circunstancias que le hacían viajar hasta allí a pesar del tiempo, también lo era su anhelo más profundo en cada ocasión; encontrar la felicidad. Y así, a base de pétalos lanzados al aire al compás del traqueteo del tren, Zeo suspiraba divagando entre pensamientos y sentimientos que trataba de entender, desechar o interiorizar, según la flor cayese del derecho o del revés.

Y es que Sucede Que Hoy deseé lo mismo de siempre...

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Como Si Nunca Más...

La fina lluvia disfrazada a ratos en pequeños copos de nieve golpeaba el cristal de la pequeña librería parisina en la que me encontraba. Fuera, soportando el frío enfundadas en abrigos largos y bufandas, las parejas paseaban ajenas al devenir constante de lluvia; París se pasea mejor mojado. Entretanto, perdido entre montañas de libros apilados en las que lo mismo encontrabas un tratado de Cicerón que el último ejemplar del autor de moda, devoraba las contracubiertas en busca de algún título desconocido que me entretuviese en las frías noches navideñas. No buscaba nada en concreto; ni temática, ni autor, ni estilo. Había decidido dejarme llevar por la atracción de la sinopsis. Agotadas las columnas del principio de la tienda, caminé en dirección al fondo, al último rincón donde posiblemente se encontraban los volúmenes descatalogados; aquellos imposibles de colocar en un mercado cada vez más empujado por el apellido de best-seller. Allí, desordenados, un buen número de libros envueltos en una fina capa de polvo y aromatizados por el perfume añejo del papel desgastado, descansaban olvidados, lejos de los ojos de la gente. Rebusqué con esmero y entusiasmo en busca de alguna joya vintage cuando, de pronto, del interior de uno de aquellos tomos una hoja manuscrita resbaló hasta posarse suavemente en el suelo. Me agaché para recogerla y comencé a leerla.
"Desde hoy viviré cada segundo a tu lado como si fuera el último; como si nunca más fuera a existir otro momento, otro abrazo, otro beso; como si el regalo de haberte conocido caducara cada día al caer el sol y no supiera si al amanecer respirarías; como si en cada instante que paso contigo se me fuera consumiendo el tiempo en un reloj de arena. Y no seré yo quien te busque en las horas, quien persiga tus manos, quien conquiste tu tiempo. Y sin embargo sí seré el que te sueñe cada noche, el que suspire por tenerte y el que no sonría hasta no volver a verte. Te echaré de menos con el corazón mientras la razón me diga que, aunque duela, esto es lo mejor..."
Y después de haber leído la pequeña cuartilla, la introduje de nuevo entre las hojas del libro del que se había desprendido y me lo llevé. El hecho de que hubiese llamado mi atención de aquella manera me hizo augurar que disfrutaría con su lectura.

Y es que Sucede Que Hoy ese libro tiene título y protagonistas...

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Noche Sin Luna(s)

Los ecos lejanos de un piano resuenan de fondo llenando el espacio que delimitan las cuatro paredes de mi habitación. La luz anaranjada de la lámpara de sal ambienta una atmósfera cargada por el humo de la última barra de incienso. La tarde pasa lenta y el teléfono no suena. Agoto las horas buscando quehaceres que no culminar, a la espera de noticias, de propuestas que me hagan desconectar. Pero no llegan. El desasosiego se va apoderando cada vez más de un lugar que sueña con tenerte y arroparte entre las sábanas de la cama que lo preside. Parece que el viento del nuevo año ha borrado las huellas del camino que nos guiaba hasta reunirnos cada noche y vagamos en busca el uno del otro sin hallar el modo de encontrarnos. Y aunque son sólo horas las que hace que no nos vemos, mi mente, desubicada y trasnochada, cree y siente que ya son días enteros los que se cuentan sin tus besos. Días, horas o segundos que se tornan suficientes como para querer salir corriendo a abrazarte; como para notar que me falta algo y no aguanto sin verte. La falta de costumbre enturbia la tarde y el no saber de ti me lleva de vuelta a parajes ya olvidados que reapareciendo vienen a demostrar que entre los dos hay algo más que un sentimiento ahogado en silencios. Miro el reloj y las manecillas ya han dado dos vueltas completas. Me asomo a la ventana y las nubes opacas ocultan la luna. Entonces lo entiendo todo.

Y es que Sucede Que Hoy te eché de menos...

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Año Nuevo Y Algo Más

El aroma a año nuevo se dejaba respirar por todas las calles de la ciudad. Las personas, o lo que quedaba de ellas, volvían a casa con la aparición de los primeros rayos de sol a escena. Mi cuerpo, llevado en volandas por la fuerza de saber que te iba a ver, sobrevolaba sigiloso el trecho que nos distanciaba. Y con el frío matutino calado en los huesos por debajo de la ropa entonces ya arrugada, te busqué entre las sombras con el rumor del mar de fondo. Te encontré, te alcancé, te besé y con la mirada te insistí en desaparecer. El azul grisáceo de tus ojos brillaba como hasta entonces nunca había hecho y la intensidad de sus colores se encendió cuando te tuve a un sólo milímetro y me perdí hipnotizado en su magia. Y de la misma manera en que la noche desapareció, también las personas que había a nuestro alrededor se esfumaron al instante. Al fin solos. La playa, los primeros rayos de sol, restos de luna todavía en lo alto, tú y yo. Tus manos, tus labios, tus ojos, tus besos. Tú y yo. Y el paso del tiempo se convirtió en el protagonista a pesar de no haber sido invitado a aquel encuentro entre dos almas que vibraban al tenerse frente a frente. Sin olvidarse de nosotros, las olas trataban de llamar nuestra atención al otro lado de la calle, convencidas de que ellas iban a ser el objetivo de nuestras miradas, sin entender que cuando estamos juntos nuestras pupilas son incapaces de ver más allá de las del otro. Y aunque compartir contigo la primera mañana del año se convirtió en la mejor manera de darle la bienvenida al 2008, mis ganas de ti no quedaron del todo satisfechas y ahora, mientras escribo estas líneas dejando regresar a mi imaginación hasta el lugar en el que nos despedimos, espero tu llamada dispuesta a retomar los besos justo en el momento en el que los dejamos...

Y es que Sucede Que Hoy empecé el año con buen pie...

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Una Ciudad, Tú y Yo

El sol teñía de naranja el horizonte cuando las ruedas del tren de aterrizaje terminaron por desprenderse del asfalto de la pista de despegue. Con tu mano aferrada con fuerza a la mía y una sonrisa tan nerviosa como ilusionada, el avión iba ganándole metros a un cielo azul intenso despejado. A lo lejos, cada vez más diminuta, la ciudad nos despedía deseándonos un día lleno de alegría y felicidad, consciente de que en apenas horas estaríamos de regreso surcando el mismo cielo en el sentido inverso. Por delante, casi doce horas era el tiempo del que dispondríamos para recorrer la ciudad de los canales y palacios flotantes. Doce horas para perdernos por sus calles y dejarnos envolver por el romanticismo que desprende cada esquina. Te llevaría a recorrer los callejones repletos de mensajes de amor; los portales en los que los amantes furtivos le robaban un beso a su musa; los palacios más bonitos de toda la ciudad; sus puentes; sus gentes; sus tiendas de máscaras y disfraces elegantes. Recorreríamos la plaza de San Marco al son de las orquestas de los restaurantes; nos detendríamos suspirando frente al lugar de donde más suspiros se han lanzado; pasearíamos por las estrechas aceras al borde del Canal Grande y cuando el sol comenzara su viaje de vuelta al otro hemisferio, una góndola de cojines dorados nos deslizaría por las aguas de los canales más bonitos de Venecia. Durante el trayecto brindaríamos con champán francés y compartiríamos el sueño de estar viajando juntos por una ciudad prometida. Después de una cena a la luz de las velas, el avión estaría esperándonos para traernos de vuelta a casa. Y aunque ya hubiese estado en aquel lugar, a tu lado sería como pisar aquellas tierras por primera vez. Porque Venecia es una ciudad que se disfruta más acompañado por alguien especial; porque Venecia esperaba mi regreso de tu mano para descubrirme los secretos que sólo muestra cuando dos corazones laten unidos por la misma fuerza. Pero para todo eso todavía faltaban casi dos horas y tú, a mi lado, sonreías intrigada por saber lo que te tenía preparado.

Y es que Sucede Que Hoy fue nombrarlo y vernos allí...

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Más Allá De Tu Existencia

Debe ser que no estoy muerto; que no he caído en la desgracia del olvido; que mis pasos continúan dejando huella en el camino. Y debe ser que aún suspiro; que a lo lejos se despierta un sutil quejido; que en el pecho aún hay sitio para más y más latidos. Puede ser que te sienta hasta dormido; que en las noches acaricie o desgarre tus vestidos; que la luna sea a la vez la luz, la espía y nuestro nido. Y puede ser que tus besos sean antídoto y por ellos resucito; que son bálsamo de sueños y delirios; que desatan las pasiones que sin miedo escenifico. Porque hoy me acostaré pensando en tu mirada, en el gesto que dibujas cuando una sonrisa lanzas, en el tacto de tus manos entrelazadas a las mías aferrándose con fuerza y transmitiendo su energía. Y me dormiré susurrándome tu nombre como mantra, acallando un "me encantas" que me nace, que se lanza y de la punta de la lengua no se marcha. Cerraré con fuerza la boca para no dejar escapar los retales de los besos que aún descansan en mis labios y oleré mi mano impregnada en el perfume que he robado de tu cuello mientras los dos cerrábamos los ojos y volábamos en silencio al reino de la excitación, el fervor y el entusiasmo. Y para cuando haya caído rendido ante las sábanas, rescataré los sueños que me llevan junto a ti; las imágenes oníricas que últimamente acostumbran a quererte dibujar únicamente a ti. Y seguiré a tu lado en la distancia, abrazado a ti por debajo de tu edredón desde mi cama, más allá de los límites de la existencia, y tocaré y sentirás mi mano recorriendo tu espalda haciéndote cosquillas con su paso lento, hasta erizar tu piel y sentir tu sangre hirviendo adentro.

Y es que Sucede Que Hoy traspasé la frontera de tu reino...

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A Un Puente De Distancia

A un puente de distancia dos corazones laten con fuerza sintiendo que hay algo mágico en las miradas que comparten dos ladrones de estrellas. A un puente de distancia cae la noche y se hace larga sin poderlo atravesar, mientras sueño con la excusa para volverte a encontrar. A un puente de distancia pierdo la esperanza de distinguirte entre la niebla y sonreír hasta llorar. A un puente de distancia dos almas se buscan en la inmensidad y se encuentran en la nada compartiendo mucho más que una amistad. A un puente de distancia los recuerdos de los besos se pasean por los labios de dos locos demasiado cuerdos que en la vida se acaban de topar. A un puente de distancia dos manos se intentan tocar y no alcanzan el camino para llegarse siquiera a rozar. A un puente de distancia siente el cielo que la luna llora porque esta madrugada no te pude saludar. A un puente de distancia duermen en silencio dos amantes que se buscan y se pierden y se aprecian y algo más. A un puente de distancia viven dos almas gemelas que un día se conocieron y desde entonces sólo esperan el momento de poder decir "te quiero", sin el miedo en unas voces que aún luchan por no temblar.

Y es que Sucede Que Hoy un puente nos separó y te eché de menos...

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Como Al Alma El Suspiro

Y al fin llegó como llega el invierno sin falta cada año; de noche, en silencio, torciendo la esquina de una ciudad dormida sin edredones. En el cielo una luna infinitamente redonda y pura regalaba su luz iluminando los árboles agitados por un viento gélido. Las manos y el corazón temblaban, no sé ya si por ese mismo frío o por los nervios de saber que era el momento; que no habrían más esperas; que la magia dejaría que de un abrazo brotara una pasión parcialmente suicida. Y el beso cayó al labio como al alma el suspiro. Dos cuerpos se juntaron en un mismo instante suspendido eternamente en el tiempo, mientras los sueños se fundían en un cuento con millones de páginas vírgenes de argumento. Espacios en blanco para escribir en verso la vida de dos locos perdidos en un mundo ajeno. Y tal como había llegado se fue con el invierno aquel lapso de ensueño, dejando al desnudo dos rostros nerviosos pero sinceros. La semilla se regaba con la savia de aquellos besos y en el pecho florecían tallos como almendros en enero. Una primavera temprana perdida en el calendario que trataba de hacerse hueco entre lágrimas de hielo afilado. Pero el sol sabía que había llegado el turno de sus rayos, el momento de arrasar el frío y cubrir el prado de dorado. Que la pena se esfumara entre lamentos con la fuerza de un silencio que pusiera fin al duelo. Eran tiempos de alegría; eran tiempos de añadirle páginas y vivencias a la biografía.

Y es que Sucede Que Hoy sucedió y fue mágico...

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Feliz Navidad

Felices Fiestas a todos. Navidades y Solsticios.
Que los "Sucedes" se "Sucedan" en un atasco de "Sucesos" positivos.

Con todo el cariño y afecto,
Pablo.

Y es que Sucede Que Hoy es Nochebuena...
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Regreso A La Playa De Los Sueños

El peso de la noche templada caía suavemente sobre la arena virgen de una playa construida en sueños a base de ilusiones y ojalás. En lo alto, la luna brillaba pura y radiante aportando la luz necesaria para reflejar en pieles y pupilas los deseos de dos almas encendidas con la llama del destino. Los cuerpos, entrelazados y entregados al sublime arte de la seducción, se compenetraban rozando piel con piel sin dejar de observar el manto de estrellas que se abría sobre ellos en un vasto lienzo pardo. A lo lejos el rumor de las olas festejando aquel instante de pasión acompañaba con regalos de sonidos imposibles y caricias que venían en forma de ola hasta mojarles los pies. No era la primera vez que visitaban aquella playa paradisíaca. Mucho tiempo atrás, incluso desde el más absoluto desconocimiento, los dos habían compartido una noche como aquella. Una noche en la que se juraron volver, dejando escrita una nota en la arena..."Viajaré hasta donde anoche dejé escrita una nota diciendo que volvería. Te veré allí, sentada en la arena esperando mi regreso. Y volveremos a ser uno mientras la luna nos deje...". Al fin ese día había llegado más de un año después. Pero no importaba el tiempo. Todo lo que un día fue un sueño se cumplía ahora en la realidad. La playa, la musa, la misma arena con la misma nota, idéntica la luna tiñendo de blanco un porvenir esperanzador. Sólo cambiaba un detalle; las caricias antes imaginadas ahora podían sentirse con las yemas de unos dedos anhelantes durante tanto tiempo de aquella misma piel.

Y es que Sucede Que Hoy volveré sabiendo que allí me esperas...

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Mágica Madrugada

Mágica la luna que brilla allá en lo lejos y nos recoge a esta hora con su blanca luz nocturna. Fuego el que me corre por las venas en los minutos que transcurren lentos antes de volver a verte. Brisa suave la que envuelve tu figura y desprendes con aromas hechizantes impregnados en el aire. Dulces besos los que sueño de tus labios fusionados con los míos mientras lucen sin tapujos en lo alto las estrellas...
Es la magia que construyes y que embriaga mis sentidos hasta ver perdida el habla. La que dice que es sincero esto que siento pues en ti está dibujado con esmero mi reflejo. Pasan los minutos y avanza la noche fría, rota por el vaho de unos cristales empañados a la luz de una farola perdida en las afueras de la ciudad. Las palabras amortiguan el sonido de la lluvia golpeando en el cristal, mientras dos corazones palpitando sin cesar hablan a escondidas desnudando su verdad. Saben que en lo alto las cabezas hablan sin parar, pero ellos desconectan y se dedican solamente a amar. Porque saben que en el fondo pueden regalar felicidad; porque sienten que en sus pechos algo tiene que estallar. Y el encanto del invierno entra en sus almas sin pesar, pues entiende que con besos hasta el frío que propaga es fácil contrarrestar. El reloj avanza raudo mientras roba horas al amanecer, y con pena y pesadumbre la velada pasa sin poderla detener. Entretanto siento el peso de tu nombre aferrado a mis entrañas; es la suerte de tenerte frente a frente y compartir la madrugada con la esencia de un "hasta mañana".

Y es que Sucede Que Hoy crece la magia y el sentimiento...

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Nuestro Cruce En Cada Esquina

Vuelvo a casa y todo es de otro color; las calles, las luces, los coches. Las sonrisas de la gente sonríen más de lo común, los ojos de la luna brillan desprendiendo amor. Es el espíritu de la Navidad, pienso, pero estoy equivocado. Respiro y saboreo un oxígeno dulce, acaramelado, impregnado de tu piel lejana. Viene helado y directo a llenarme los pulmones de tu fragancia de primavera fértil. Y mientras inspiro con fuerza hasta agotar tu aroma, cierro los ojos y veo un cielo despejado. Sin embargo llueve y está encapotado, pero basta con imaginar tu rostro y sentir radiante un sol cercano. Es la magia que te envuelve, la brisa templada que desprendes con tus manos. Es la Navidad, pienso, pero sigo equivocado. Acaricio el paso de las horas deseando otra noche como aquella; la de ayer o la primera, la que entraste con sorpresa. Y te busco una y mil veces en el día y presiento nuestro cruce en cada esquina. Pero no llega el momento de encontrarnos y me vuelvo cabizbajo y resignado. Es el juego del destino que nos guía; ese mismo que te trajo como un regalo a mi vida; ese mismo que me grita que es tan raro como bello el sentimiento que suscitas. No es la Navidad, pienso, y esta vez es la que acierto. Es un soplo de aire fresco; es un presente; es un sueño; es la vida que sonríe; es el universo que siempre escucha atento.

Y es que Sucede Que Hoy lo vi todo de otro color...

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El Funambulista Del Amor

Y como en un ataque de sinceridad desbocada salieron de su boca las verdades que durante tanto tiempo había tenido que callar. Por sus venas corría ardiente la sangre tantas otras veces derramada por los lagrimales, mientras las manos le temblaban de impaciencia y nerviosismo. Había decidido dar el paso casi sin darse cuenta. Ahora las palabras se agolpaban en su mente esperando que unos labios tímidos y titubeantes permitieran transmitir los ecos reprimidos en lo más profundo de su garganta. Tiritaba, palpitaba acelerado su corazón y la catarsis se apoderaba del momento. Era como el arrebato de un ciclón contenido en en una sola gota de agua salada. En su pecho se palpaban los latidos de un corazón agitado y sorprendido por las respuestas. Por primera vez había dejado de lado la vergüenza y había decidido atravesar el abismo del ¿por qué no? sin miedo a la caída, o a que el viento de allá arriba llegase con la fuerza suficiente para tumbarlo de un soplido. Nada le importaba, había aprendido a volar solo, a planear mientras pendía de las nubes hasta llegar a salvo a tierra. Una vez le bastó para comprobar el dolor de caer en picado sin abrir las alas. Y aprendió de su error para no volver a hacerse daño. Sin embargo ahora caminaba por la cuerda floja, sin mirar atrás ni abajo, con la vista clavada en el otro lado del precipicio; en un horizonte lejano y difuso; en un confín que quedaba a mucha distancia de allí. Tal vez al llegar al otro lado se encontrara con que allí nadie le esperaba. Después de su valentía el desierto de arena y piedras le recibía en la más absoluta soledad. Y ni eso le importaba. Su alma curtida en desazones le había enseñado a que la felicidad estaba en el camino y por eso ya se sentía feliz. Acamparía allí, al otro lado del abismo, en la montaña del destierro, esperando que otra vida igual de audaz y valerosa cometiera la osadía de atravesar el fino alambre suspendido sobre el acantilado. No importaba el tiempo. Ni siquiera le importaba el hecho de que no ocurriera jamás. Cuando desilusionado por la espera en balde se cansara del lugar, todo sería tan sencillo como volver sobre sus pasos y encontrar de nuevo la felicidad en el camino de vuelta.

Y es que Sucede Que Hoy me sentí funambulista...

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Una Luz Sin Dueño

La luna eclipsa de blanco la estampa de una noche de invierno que sobrevuela con sensualidad las sábanas frías de mi colchón. A lo lejos, oculta entre un millón más, diferenciada únicamente por la casualidad de que mis ojos hayan ido a parar allí, una estrella parpadea emitiendo mensajes en clave que mi mente no es capaz de descifrar. Trato de sintonizar con el cosmos, respirar profundamente mientras mi mirada se centra en el destello intermitente del astro. Y como a retales de verdad vislumbro con incredulidad los despojos de una realidad paralela. En ese momento me dejo llevar por los brazos del tiempo al compás del ritmo que marca el universo. Las imágenes se suceden y comienza el relato de mi vida. Instantes que se dibujan en secuencias desordenadas completando las páginas de vivencias experimentadas a lo largo de los años. Son segundos de recuerdos de otros tiempos que existieron y quedaron para siempre grabados a fuego en el trastero de mi alma. Algunos no los recuerdo, otros creo estar viviéndolos en ese preciso instante y los hay que creía borrados y olvidados y sin embargo mantienen casi intacta su savia. Son retazos de una vida recobrada en sueños. Improntas efímeras de lo que un tiempo fue y dejó de serlo. Y aunque por momentos vuelvo a abrir los ojos para comprobar si el lucero sigue ahí, me pierdo en la inmensidad de la noche estrellada hasta comprender que por cada punto de luz un segundo más de vida me acompaña en el viaje. Y compruebo que alrededor de esa estrella, de justo la estrella que contemplo en cada momento, sólo luce la más profunda oscuridad. No hay estrellas a su alrededor. Soy un cuerpo celeste solitario, una luz sin dueño, un brillo amparado por la magia de la luna.

Y es que Sucede Que Hoy miré al cielo nocturno...

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Cenizas De Un Alma Incendiada

Un sentimiento ahogado en cenizas dilata el tiempo de una tarde lenta. Por debajo de la piel los ecos de un corazón excombatiente retirado a quehaceres menos implicados y complicados que el amor luchan por hacer sentir su leve impulso esperanzador. Pero la esperanza se marchó con el último tren rumbo a un lugar desconocido. Los párpados comienzan a pesar y sucumben por momentos ante el poder dictatorial del sueño. Sin embargo, pese a la extenuación, persisten en su intento por permanecer abiertos a la realidad del mundo que les rodea. Caen, se levantan y vuelven a caer. Pero justo antes del definitivo adiós recuperan un hálito de energía para lentamente sobreponerse. Y el pesar cae al pecho como la noche a la ciudad; lenta, oscura, fría... Corresponder con sensaciones a sentimientos es un juego sucio del que nadie debiera nunca alardear, pues un beso es suficiente para un salto sin retorno, para bien o para mal. Pero y qué fácil es decirlo y perderse en el camino del intento. Fracasar en el propósito y cederle la victoria al fraudulento reino del ahora. Saber que no se puede, creer que no se debe, querer que todo y nada llegue. Entonces el pecado enfunda una verdad callada a gritos. Y los gritos ensordecen de silencio. Y yo, sordo, callo gritando silencios muertos. Es el miedo al demasiado tarde, la incertidumbre ante el y si..., el imperante dogma del ahora no. Y la tarde pasa igual de lenta que al principio. Con el mismo sentimiento ahogado en cenizas; las de un alma que sufrió y desde entonces aún humean sus recuerdos de momentos perdidos e ilusiones rasgadas.

Y es que Sucede Que Hoy respiré los humos de mi alma incendiada...

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Deshojando La Aurora

El silencio se apoderaba de cada esquina de la habitación. Las paredes, escondidas tras la fina capa de pintura verde pastel, espiaban de reojo ruborizándose por el ímpetu de aquella fusión. Los muebles, las estanterías, los libros y los cuadros respiraban suavemente sin llamar la atención, haciendo como que no existían, que dormían ajenos a lo que ya había ocurrido en el salón. Y con ojos entornados, disimulo y una fuerte excitación, husmeaban con sigilo y envidiaban la pasión. Entretanto, la almohada era testigo del desnudo de una flor, que con dulces intenciones deshojaba su exterior. Fresca, pura y blanca del color del algodón, con sus manos palpaba el aire que espesaba a su alrededor. Los cuerpos se encendían anulando al calefactor y entre besos y miradas iba entrando el alba provocando desazón. La noche terminaba y con ella la pasión, que volvía a enfundarse en su traje negro camuflando una traición. Atrás quedaba una oscuridad rota con la aurora, en la que manos, labios, pieles y silencios se mezclaban con suspiros provocados por la euforia y el fervor. La atmósfera ardía en llamas de deseo y en las profundidades de las sábanas respiraba exhausto el tallo de la flor. Era tiempo de marcharse y dejar entrar el viento para borrar las pistas, el aroma y los ecos pronunciados con sofoco, vehemencia y devoción. Allí permanecería siempre el recuerdo de un secreto que tejieron cautelosos una rosa y un floricultor.

Y es que Sucede Que Hoy vi un rosal desolado por el invierno...

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Tarde De Infusión y Mozart

La tarde avanzaba cediendo terreno ante la noche que asomaba por encima del campanario más emblemático de la ciudad. La luz se apagaba con el crepúsculo violeta y las farolas comenzaban a calentar sus bombillas preparándose para una larga y fría jornada nocturna. Aislados del exterior, un grupo de amigos debatía en lo más profundo de un café antiguo envuelto en nubes de humo y música clásica. El entorno invitaba a la tertulia distendida y profunda y a ello se entregaban. Discutían acerca de lo divino y lo humano, lo celestial y lo terrenal, lo pasado y lo futuro, lo general y lo particular, pero de entre todo el hilo de la conversación una cosa quedaba clara: sabían de lo que hablaban. Se intuía cierta grandeza en sus palabras, sus mentes trabajaban a destajo y se permitían el lujo de relajarse sólo cuando alguno de ellos lanzaba alguna broma. Entretanto, el humo de las infusiones que salía por las teteras servidas en la mesa, se unía con el de los cigarros convirtiendo el lugar en un rincón espeso. Los sentimientos afloraban entre todos ellos y de sus palabras y miradas se podía intuir el sagrado secreto de la amistad eterna. Con sus cuerpos abiertos entregando y recibiendo amor tejían ilusiones compartidas en el reservado junto al gran salón. Por momentos parecía que el tiempo del reloj marchaba del revés, descontando los minutos, las horas, los días y los años de su calendario, hasta verse inmersos en una tarde igual de fría, compartiendo la misma mesa de tertulia en uno de aquello cafés de los años veinte. Incluso de principios de los cuarenta, trazando las líneas de un botín, una manifestación, una acción subversiva en contra del régimen que azotaba con fuerzas poniendo tierra de por medio entre las personas y la libertad. Sin embargo ahora eran tiempos mejores. Todo estaba más calmado que entonces y podían permitirse tratar otros temas más relajados. Pero la ilusión del momento era la misma. Ese empuje para la acción. Esa red de sueños hilvanados con la emoción del que sabe que le espera un buen porvenir. Ese aroma a viejo, a humo y a esperanza; la de no perderse el rastro. Y mientras la tarde pasaba, las serenatas y conciertos de Mozart resonaban poniendo la musicalidad y la armonía a las conversaciones que iban y venían flotando a su antojo entre las paredes del salón adornado con cortinas, esculturas y papel pintado descascarillado.

Y es que Sucede Que Hoy me encantó recordar la tarde...

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Último Aviso Para Los Pasajeros...

- Cierra los ojos y deja que te bese -dijo mientras sostenía entre sus manos la rosa que acababa de regalarle.

Sumiso, excitado por la magia del momento, los cerré y esperé el contacto.

Diez segundos después, todavía sin sentir el roce en mis labios, abrí los ojos de nuevo.

Deshojada, inerte y olvidada, la rosa yacía junto a mis pies anclados al suelo de aquella estación.

La gente iba y venía con prisas; las mismas que ella tuvo para marcharse sin decir adiós.


Y es que Sucede Que Hoy no hace falta más...
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Tu Rostro Entre El Incienso

El humo del incienso ascendía trazando formas sinuosas hacia el techo de la habitación. Un camino imposible de curvas y bailes al son de las diminutas corrientes que se formaban con sólo respirar. La oscuridad de la habitación quedaba rota por la tenue luz anaranjada de la lámpara de sal y el aro de fuego que devoraba con parsimonia la barra con aromas de la India. Las paredes respiraban aquel humo y amortiguaban con sus esquinas los zumbidos de la espiga consumiéndose. De fondo, como surgiendo de debajo de la cama, las sonoras notas de una tuba caminaban con sigilo por encima del sonido de olas acompasadas. Delicias para unos oídos abocados a la estridencia de unos tiempos ruidosamente descuidados. Con los pulmones llenos de la esencia desprendida por el incienso y con el pensamiento guiado por un segundero lento regulando mi tempo como el metrónomo el del pianista, comencé a intuir tu rostro entre las figuras escurridizas que formaba el humo. Y contemplé tu sonrisa de labios gruesos y radiante blancura; tu frente lisa y despoblada salvo por un mechón rebelde; tu nariz delicadamente pura y trazada con finura; tu barbilla redondeada, puerta al paraíso de tu boca; la piel tersa y brillante de tus pómulos casi esféricos; tus ojos claros infinitos de mirada profunda y ardiente. Las ondas dibujaban tu melena agradecida y del mismísimo aro de fuego rodeando el incienso se adornaba tu cuello. Te veía entre muros de humo espeso ambientador y te sentía entre lazos rotos en un pecho abandonado. Y quise acariciar tu cara con mi mano por sentir de nuevo el calor de tu piel, pero fue acercar mis dedos a tus labios y como un reflejo en el lago tu rostro comenzó a desfigurarse hasta desaparecer. Deformada te admiré en tu camino hacia la nada y todavía te creía ver, pero fue tocar el techo y esfumarte para siempre; esfumarte para siempre como ayer.

Y es que Sucede Que Hoy te dibujé con el humo de un incienso...

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Destino Madrid

Las calles de Madrid amanecían ajetreadas dadas las fechas en las que nos encontrábamos. Diciembre pasaba como una apisonadora por el calendario acercando los días de fiesta y celebración en familia. Las luces, los escaparates adornados, los niños ilusionados y las bolsas repletas de regalos inundaban las principales vías del centro. Desde la habitación de mi hotel podía ver el ir y venir constante de coches alrededor de Neptuno. En un principio, aquella visita exprés a la capital no tenía más sentido que el de recorrer su ambiente navideño y disfrutar de dos días en familia en los que dejarse embaucar por ese espíritu extraño de estas fechas, mientras nuestros ojos se distanciaban de lo habitual y viajaban a través de las formas y las luces de otro lugar. Pero lo que nunca podría haber esperado, era que de aquella escapada regresara con la idea tan clara de querer volver para pasar una larga temporada allí. Ya estaba casi todo planeado; amigos, piso de alquiler, futuro y ganas de demostrar nuestro talento en una aventura que llenaría de vivencias nuestras vidas y de experiencia nuestro currículum. Y pese a todo, tampoco éste fue el único motivo que me empujó a dejarme llevar por el deseo de volver cuanto antes y para largo. La primera mañana, nada más llegar a la ciudad y dirigirnos al hotel, rescaté de entre la multitud de personas que contemplaban un espectáculo en la calle a las puertas del hotel, el rostro de una chica que miraba a través de sus ojos cristalinos el show. La sonrisa se dibujaba en su cara de manera involuntaria, despertando en la mía una mueca de sorpresa ante su imponente belleza. Con su imagen fresca en la retina, realicé el check-in y me fui directo a mi habitación con la tonta ilusión de quien está a punto de abrir la puerta y ver cómo será el lugar que le dará cobijo durante su estancia. Por delante tenía más de media hora para tumbarme en la cama y relajarme después del trayecto de casi cuatro horas de coche. Y transcurrido ese tiempo, justo en el momento en el que me disponía a cerrar la puerta de la habitación para ir al encuentro con el resto de mi familia, la chica que me había enamorado antes entraba por la puerta que enfrentaba a la mía. Su habitación estaba a sólo dos pasos. Salir a su encuentro en la madrugada sería tan fácil como abrir mi puerta avanzar sigiloso un metro y medio y llamar. Pero el plan debía esperar. De momento Madrid y sus calles adornadas me esperaban en un recorrido que debía llevarme por los rincones del centro de la ciudad. Durante todo el trayecto pensaba en mi vecina casual y esporádica de enfrente. En sus ojos, en la sonrisa que tanto me había gustado en el primer vistazo y en el cruce de miradas que se produjo cuando salí de mi habitación una hora antes. De vuelta al hotel, mis nervios aumentaban. Deseaba encontrarme de nuevo con ella. Perdernos entre los pasillos y los ascensores. Subir por las escaleras hasta el cielo y descender luego directamente al infierno en un viaje sin final a su lado. Escondernos en rincones prohibidos y acabar durmiendo abrazados en una habitación hasta el momento en el que el sol rayara de nuevo el horizonte y cruzara a la puerta de enfrente para no dejar rastro del delito. Y tumbarme en mi cama y amanecer discreto como si todo hubiese sido un sueño a los ojos del resto. Y saber que le tuve de verdad en la magia de la noche. Que sus besos viajarían conmigo de vuelta hasta que el destino volviese a unirnos en aquella ciudad.

Y es que Sucede Que Hoy viajo a Madrid con el alba...

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Una Mañana De Cine

El sol se desperazaba entre sábanas en aquella temprana hora mientras la noche, cansada de ver lo mismo, comenzaba su viaje de oscuridad y frío hacia otras tierras. La ciudad dormía y apenas el sonido de algún coche resonaba entre las calles habitadas de silencio y soledad. Pocos madrugadores aquel día gris de principios de diciembre. Con la calefacción a toda potencia tratando de caldear el ambiente del habitáculo del coche, al tiempo que el limpiaparabrisas luchaba con esmero contra la escarcha del cristal, seguía el camino que me marcaban las luces. El día comenzaba entonces para mí y para algún que otro descerebrado más que compartía la misma locura que yo; empezar la jornada a remojo trazando unos largos en la piscina. En apenas tres minutos recorrí la escasa distancia que separaba mi casa del gimnasio y, una vez entré en el enorme complejo de ocio en el que se encontraba el recinto deportivo, contemplé asombrado la quietud y soledad de un lugar por el que apenas tres horas después circularían cientos y cientos de personas en todas direcciones. De compras, al cine, a comer, a trabajar, a divertirse, a pasear... Sin embargo ahora la escena me recordaba a la típica secuencia de película del oeste en la que se abre una vasta extensión de terreno y un amasijo de ramas secas y filamentos vegetales sin vida atraviesa de parte a parte la ventana. Pero aquellas escenas estaban reinadas por el sol y aquí, en mi propia película de aquella mañana, aunque sin fuerza, la luna todavía brillaba en lo alto. Pronto me di cuenta del hilo musical que salía por los altavoces repartidos a lo largo y ancho del complejo, ocultos a los ojos de la gente. Parecía la banda sonora de una película de terror, que se veía reforzada por la solitud y la poca luz de la escena. En cualquier momento podría aparecer el asesino y, sin embargo, me parecía un lugar idóneo para el encuentro. Imaginé que en aquella película particular no había malos y la persona que de pronto aparecería de la nada eras tú. Que la música entonces cambiaba y los compases de un tema de amor comenzaban a sonar. Que tú venías corriendo y de un salto me abrazabas con fogosidad. Que tus labios y los míos se enlazaban en un beso sin final. Pero el cartel que anunciaba el final de la película apareció antes de que se comenzara a rodar.

Y es que Sucede Que Hoy recordé la escena...

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Palabras Más, Palabras Menos

Las palabras de un corazón descosido, rasgado, amargo, roto resuenan en un pecho vacío, hueco, herido, sordo. Los ecos de una voz gastada y seca de haber gritado al viento por un amor dañino se apagan ahogando sus últimos suspiros en señales lejanas. La garganta, irritada casi tanto como el alma, comienza a sacar sonidos más puros, calmados y suaves que a los que se había acostumbrado en las noches de almohada en los labios y sábanas revueltas y empapadas en llanto. Camino, que no es poco, y lo hago con la cabeza alta y ligeramente girada atrás, negándome a mirar al frente olvidando todo lo que de ti por siempre quedará. Un sueño, un recuerdo, un retrato, un suspiro. El lienzo de un rostro que enmudeció con el tiempo y se dejó devorar por la humedad, abandonado en un rincón del desván. Los ojos, cansados, se cierran y sueñan con colores nuevos, más vivos, más ricos, más puros, más intensos; los colores de una nueva vida en la que el arco iris sale día tras día. Y baña de malvas, violetas, naranjas, turquesas, las horas, segundos, las tardes, las noches sin tregua. Y vuelvo a empezar y siento que es bueno que diga, que puedo, que vivo, que río y comienzo a olvidar. Y busco un lugar, cercano o lejano, ya eso da igual, que inunde mi anhelo de calma y de paz; que vaya, respire, conecte y, soltando tu mano, aprenda a volar.

Y es que Sucede Que Hoy no sé que ha sucedido...

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En La Calle De Al Lado

Aquella mañana fría de diciembre me había costado más de lo habitual levantarme de la cama. El reloj ya pasaba de las siete, cuando de normal siempre lo miraba un par de minutos antes de que la manecilla cubriera ese número. La protección del nórdico frente al frío exterior me había hecho dudar más de la cuenta antes de dar el paso definitivo y salir de un salto, temeroso, sin valor. En apenas diez o doce minutos debía estar en la piscina del gimnasio cumpliendo con mi propósito de nadar todas las mañanas antes de enfrentarme al resto del día. Ya llevaba tres semanas con el plan y todo funcionaba perfectamente. Salía de allí con las pilas recargadas, la mente abierta, los músculos a pleno rendimiento y la cabeza despejada. Finalmente llegué a la hora y, con paso acelerado, entré al vestuario donde me quité los pantalones que llevaba encima del bañador. Salí corriendo por el pasillo que conectaba con la piscina y, justo al girar la esquina que llevaba directamente al recinto, me encontré con una chica que se disponía a hacer lo mismo que yo. Me saludó cordialmente y me dijo que aquel era su primer día. Tapada sólo con un bañador ajustado que reafirmaba su figura, aquella vecina de calle me parecía el mejor regalo para mantener la motivación cada mañana y empezar con fuerza el día. Sus ojos azules resaltaban incluso por debajo de las gafas de baño y, cuando se las quitaba, parecía que sus pupilas habían mimetizado con el color azul del fondo de la piscina. Su sonrisa blanca y pura le otorgaba una belleza única a pesar del gorro que llevaba recogiendo su cabello por higiene. Me comentó su intención de ir todas las mañanas a aquellas horas para ejercitarse antes de enfrentarse a un nuevo día, tal y como yo me había planteado. Así que aquella sirena particular iba a ser mi compañera todas las mañanas, en la soledad de un gimnasio casi vacío a aquellas horas, mientras los dos nadábamos separados sólo en la superficie por un cordón de boyas azules y blancas. Por debajo, nuestros cuerpos podían tocarse y el agua que nos envolvía llevaba la esencia de los dos. Después de un buen rato llegaba mi hora. No tenía tiempo para más. Debía cambiarme a toda velocidad y llegar a clase. Pero no importaba. Sólo veinticuatro horas después volvería a tenerla ahí, a mi lado, luciendo figura tal vez con un nuevo bañador. Quien sabe si algún día, embriagados por las posibilidades del encuentro, olvidábamos las clases o incluso el letrero donde se indicaba cuál era el vestuario de cada uno.

Y es que Sucede Que Hoy pensé que mejor acompañado...

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