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Allí donde los tulipanes alegran la vista


Ven a buscarme bajo el viejo molino. Allí donde los tulipanes alegran la vista con sus intensos colores repletos de vida. Coge el primer avión y surca los cielos que ahora nos separan, mientras yo preparo la cama que jamás debió estar sólo por mi ocupada. Prometo llevarte a lugares en los que mil veces soñé que te besaba. Recorreremos jardines y playas, entre infinidad de cuestas empinadas, sabiendo que en la vida sólo cuentan las memorias que forjamos con el alma. Y nos mirarán curiosos, creyendo que de este tipo de amor ya no quedaba. Pero demostraremos a unos y otros que en la historia siempre hubo un lugar privilegiado para aquellos que se entregan sin medida ni coartada. Así que ven a buscarme bajo el viejo molino, entre tulipanes amarillos y naranjas, que estoy deseando verte llegar y sentir tus labios pintando sueños en las puertas de mi alma.

Y es que Sucede Que Hoy soñé que vendrías de la nada...

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Sólo soy cuando estás a mi lado


He recorrido calles y avenidas con las que muchos sólo han alcanzado a soñar. Pero no estabas tú. He visitado edificios y museos, restaurantes y teatros, parques teñidos de invierno y rincones que han visto a millones de personas pasar emocionados. Pero no estaba tú. Ni las luces de neón, ni el entramado cuadriculado de asfalto. Ni las torres interminables, ni los taxis amarillos o los escaparates perfectamente decorados. Nada ha podido sobreponerse al peso de tu ausencia a cada rato. Mi sueño americano no existe sin ti a mi lado. He buscado tu abrazo en cada noche en ese colchón de tamaño sobrehumano. He imaginado tus pasos acompasados, tu risa ante lo extraño, tu acento narrando el devenir de los días de aire congelado. Pero no estabas tú. Ni tu abrazo entregado. Sin embargo, ahora miro a través de la ventanilla del avión, sabiendo que me esperas del otro lado, cargada de sueños, inquietudes y unas ganas locas de caer fundidos en un instante largo, labio con labio, piel con piel, mano con mano. Y con el firmamento como aliado, mirando desafiante como quien sabe que todo está predestinado, dejo correr el torrente de letras, sentimientos y recuerdos fotografiados, con el único fin de hacerte saber que hace tiempo descubrí que sólo soy cuando estás a mi lado.

Y es que sucede que hoy, ayer y siempre, sólo soy cuando estás a mi lado...

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Tristeza es que no llegues


Al otro lado de aquellos grandes ventanales, el día transcurría como cualquier otro. La partitura monótona de despegues y aterrizajes con intervalos precisos hacía las veces de pantalla de cine para los pasajeros que, ansiosos por emprender su viaje, esperaban impacientes la llamada para embarcar.
Justo al lado de uno de esos comercios absurdos que pueblan los aeropuertos y en los que puedes encontrar desde un perfume para agradar a tu compañero improvisado de vuelo, como una botella de vodka por si tienes pánico a las alturas, Claudia -como supe que se llamaba tras leer el nombre en el vaso de cartón humeante que desprendía olor a café recién hecho- reflejaba de todo menos esa mezcla de alegría y nerviosismo que se dibuja en el rostro de todo aquel que deambula por una sala de espera de un aeropuerto, consciente de que está a punto de emprender una aventura hacia lo desconocido. Pero no, su gesto no era de esos. Su mirada, apagada, presagiaba más bien la melancolía de una despedida repentina, una bienvenida interrumpida, o la victoria de un destino del que siempre pensó que podría escapar y finalmente había terminado por comprender que no sería así por esta vez.
No tendría más de veintisiete o veintiocho años, pelo largo y oscuro, cuidado y suelto, cayendo libre por hombros y espalda. Por su aspecto, habría dicho que era abogada, o que se dedicaba al mundo de las finanzas en alguna gran empresa, tal vez asesorando sobre dónde invertir mejor el dinero a otros para lograr un futuro próspero y repleto de dicha, aún a sabiendas de que el suyo cada vez más parecía alejarse de algo siquiera similar a ello. A su lado, un bolso de piel de color negro descansaba sobre un abrigo beige y se tambaleaba cada vez que alguien pasaba por su lado y lo rozaba, como si el interior estuviese tan inestable como la mente de su dueña, que por momentos parecía hundirse más y más en un estado de profunda desazón mientras atisbaba de lejos el cartel de "suspendido" en la pantalla que anunciaba el estado de los vuelos que aquella mañana habrían de llegar a la terminal.
A un lado de la mesa, el café, olvidado, se enfriaba a toda velocidad a juzgar por el fino hilo de humo, apenas perceptible ahora, que dejaba escapar. Y por más que Claudia mirara una y otra vez la pantalla de su teléfono móvil, parecía que los peores presagios empezaban a cumplirse, como una profecía maléfica que se cebaba con ella. No pasaban más de veinte o treinta segundos entre un intento de llamada y otro, pero del otro lado no debía sonar nada más que esa voz automática y fingida que inmediatamente produce que nuestros cuerpos se pongan en estado de alerta, ante lo extraño que se ha vuelto que del otro lado de la línea nadie responda cuando hacemos una llamada. Como si uno empezara a estar en problemas cuando su teléfono móvil devuelve un "apagado o fuera de cobertura", por más que tal vez, el propietario, simplemente se encuentre disfrutando de una relajada y placentera jornada de relax en un spa subterráneo, o dejándose seducir por el paisaje de cuento que se muestra ante sí, en una cabaña en lo alto de la montaña. Sin embargo, el ser humano ha terminado por convertirse más bien en un fabuloso creador de finales agónicos y espeluznantes, cuando esa persona a la que llamas no contesta. Y en uno de esos finales trágicos debía estar pensando la mente de Claudia, a juzgar por la profunda preocupación que irradiaban sus ojos. Tal vez llevaba esperando mucho tiempo a que llegara esa mañana para empezar una nueva vida, o quién sabe si el supuesto pasajero o pasajera de aquel vuelo, ahora suspendido, sería la pieza clave para retomar un camino abandonado tiempo atrás por algún capricho del destino. Aunque lo único cierto ahora, parecía ser que ni el inicio de algo nuevo, ni el reinicio de algo pasado, podrían suceder mientras ese "suspendido" continuase parpadeando en rojo en la pantalla.
Llena de esa mezcla de rabia y pena que se siente cuando los planes terminan por no ser los que uno llevaba tanto tiempo anticipando, Claudia dio un último sorbo al café ya frío, y cogió de un tirón el bolso y el abrigo, mientras se alejaba de la mesa sobre la que descansaba, recién olvidado, el teléfono móvil al lado del vaso de cartón y la servilleta llena del carmín rojo que debía haber marcado unos labios ausentes. En ese momento, y mientras cruzaba la puerta automática de cristal de aquella cafetería, una joven de aspecto nórdico que había estado pendiente de todo cuánto acontecía en aquella mesa -incluido el olvido final- corrió hacia Claudia para advertirle de su despiste y hacerle entrega del teléfono. Agradecida -aunque incapaz de hacerlo reflejar en su rostro hundido en la tristeza-, Claudia volvió sobre sus pasos y agarró con una mezcla de alivio y rabia el teléfono cuando, de pronto, y tratando de darse la vuelta para volver a salir del local, chocó de frente con un joven alto y sonriente que acaba de entrar por la puerta como quien sabe que acaba de encontrar lo que tanto tiempo llevaba buscando. Sin ganas de levantar la vista del suelo y volver a tener que fingir una sonrisa de disculpa, Claudia trató de susurrar un "lo siento", cuando el joven recién llegado llevó a toda velocidad su mano hasta la barbilla de Claudia y la levantó lleno de pasión, haciendo que sus miradas se cruzaran en un segundo eterno que devolvió la vida a los ojos de aquella joven abogada o asesora de finanzas, de pelo largo y cuidado, que llevaba un bolso de piel y un abrigo beige que ahora descansaba en el suelo, ante el arrebato de alegría que acababa de sentir, al escuchar que el causante de su pena, había decidido cambiar su vuelo por uno anterior, fruto de un presagio durante la noche anterior, mientras trataba de conciliar el sueño, desvelado ante la proximidad de un encuentro que llevaba años esperando.

Y es que Sucede Que Hoy imaginé historias de aeropuerto...

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Otros cielos


El humo que sale de la taza de té que tengo delante hace que mi mirada se pierda siguiendo su rastro mientras asciende pegado al cristal por el que se atisba la ciudad amaneciendo del otro lado a las puertas de agosto. La gente viene y va con las prisas matutinas y las caras todavía hinchadas por esa costumbre tan nuestra de trasnochar más de lo debido. El aire extrañamente fresco para la fecha y para mi piel que se cuela cada vez que la puerta automática se abre con la llegada de un nuevo cliente, me hace recordar que estoy lejos, en otra ciudad que no es la cálida y húmeda que suele contemplar mis amaneceres a diario. En el ambiente se respira el inconfundible olor a café recién hecho y tostadas, e inevitablemente me transporta a esa tan anhelada escena en la que sólo el verde de las colinas, el malva del cielo y el canto de los pájaros más madrugadores tiñen de color y vida el desayuno pausado con la mirada perdida en el horizonte. Ese horizonte inalcanzable y bajo por el que un sol cada vez más intenso va asomando, reflejando sobre el rocío de las extensas praderas y despertando a girasoles, gallos y lejanas sirenas. Me imagino allí, oliendo a pan recién hecho, atisbando cómo el devenir de un nuevo día comienza a despuntar, con la mente en modo "silencio" y los sentidos despiertos para seguir experimentando el regalo de ser en tierras lejanas y llenas de pura vida. A pocos pasos, el relinche del frisón más tempranero nos da los buenos días. Y tus manos, todavía calientes del calor de las sábanas, se aferran a las mías mientras un suspiro de paz y armonía sale de tu boca recién besada. Amanece la vida y florecen los deseos. Y hoy, igual que ayer y mañana, sólo tenemos que preocuparnos de quitarnos los relojes y disfrutar a paso lento de un nuevo día del futuro que acabó siendo.

Y es que Sucede Que Hoy el humo del té me transportó a otros cielos...

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La ciudad sin ti


Caminar sin ti por la ciudad se convierte en el monótono devenir de unos pasos sin rumbo y una mente perdida en tu recuerdo, incapaz de centrar la atención en otra cosa que no sea la desazón por tu ausencia. Las calles no son más que una sucesión de nombres sin significado, ni vida. La gente, sumida en sus pensamientos, divaga ajena a mi deseo de llevarte al lado, de la mano, navegando entre baldosas que parecen encenderse a cada paso que doy indicando el camino de regreso a ti. El tráfico, ruidoso y molesto, añade banda sonora a la escena y me invita a imaginarme cruzando contigo la puerta de una cafetería para aislarnos de la jungla de asfalto y motores, pero todavía nos separan algunas horas y demasiados kilómetros. Te busco entre la gente, en sus miradas, en sus pasos, como tratando de atisbar un reflejo de ti, un caminar parecido, una melena corta moviéndose al ritmo del paso alegre. Pero no te encuentro. Ni a ti, ni a nada ni a nadie que pueda borrar de mi mente lo que estarías diciendo justo al pasar delante de ese escaparate, o al lado de aquel carrito con dos recién nacidos, o simplemente comentando el look desmesurado y atrevido de la juventud de hoy en día, recordándonos que, sin quererlo, nos hacemos cada vez más viejos. Juntos, pero viejos. Y sin apenas ser consciente, sumido en tu recuerdo y en el eco de las voces interiores con acento sureño, por fin atisbo de lejos la estación que marca el punto de partida del viaje que ha de llevarme de vuelta a casa. De regreso a ti. Y como si de pronto todo cobrase significado, mis pasos se aceleran de sentirse cada vez más cerca y en silencio te grito que ya llego, a sabiendas de que en algún punto del universo, mi quejido eufórico reverbera hasta llenar tu subconsciente de esperanza y alegría ante mi inminente llegada. Porque cuando tú no estás a mi lado, incluso la ciudad más vibrante se apaga, hasta que un tren acorta poco a poco la distancia y nos reúne de nuevo entre las sábanas. Juntos. Unidos. Inseparables. Inmensamente tuyo. Infinitamente mía.

Y es que Sucede Que Hoy, caminé sin ti por una ciudad lejana...

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Amanece Madrid y es enero


Las calles de Madrid todavía huelen a mojado después de otra madrugada más lloviendo como si no hubiese mañana. Las farolas, todavía encendidas ante la ausencia de un sol que estira las horas de descanso por estas latitudes, iluminan mis pasos por unas calles cada vez menos ajenas. Empiezo a conocer los árboles, a reconocer semáforos, el ruido del tráfico tempranero y hasta el revuelo de las primeras palomas que salen de su cobijo tras el aguacero. Y mientras camino enfundado en mi abrigo, atravesando el frío de un enero cualquiera en Madrid, añoro el calor de tu cuerpo bajo las sábanas. Qué duro se me antoja a diario abandonar el sueño y salir a que un viento gélido golpee mis mejillas, sabiendo que apenas instantes atrás tu cuerpo me brindaba el bienestar absoluto en forma de calor y abrazo matutino. Pero más dura aún es la idea de saber que durante las próximas horas notaré a cada segundo tu ausencia, imaginando tu mañana, extrañando tus besos, recordando tu sonrisa y deseando el reencuentro. Y mientras pienso a diario en este ritual de amor, ausencia y frío hasta en los huesos, se me acorta el tiempo de trayecto de camino a un nuevo día luchando por un sueño, ahora que el de despertar a tu lado cada mañana ya no tengo que soñarlo.

Y es que Sucede Que Hoy dejé volar las ganas...

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Refugio de Arena y Sal

Por las noches mi mente no descansa. Se siente prisionera del recuerdo de un paraíso. Ese que nos dio cobijo durante horas que parecieron siglos. Cierro los ojos y veo un manto turquesa. Me huelen a mar las sábanas; me sabe a sal la almohada y viceversa. Escucho el sonido de las chicharras en plena madrugada y siento el agua envolviendo mis tobillos con tanta pasión como con la que me rodeaban tus brazos en aquel primer baño de besos y sonrisas en Cala Saona. Y revivo la libertad que nos brindó durante horas la isla que todo lo transforma. Viajo una y otra vez a la arena de tus piernas y me quedo a vivir contigo escondidos en la cueva de tu alma. Y disfruto del sonido de las olas rompiendo en tu silueta de sirena esculpida a golpe de esfuerzo y constancia. Bendita la hora en que nos perdimos por aquel lugar de pinos y estampas mediterráneas. Porque encontré el paraíso en tu sombra y prometí volver de vez en cuando a pasar contigo unas horas. Las justas para conectar de nuevo con la magia y hacer de aquellas playas el destino de nuestras memorias.

Y es que Sucede Que Hoy descubrí un paraíso contigo...

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Con Tinta De La Que No Se Va

pareja en aeropuertoPrometo llevarte a todos los aeropuertos que ahora no podemos permitirnos pisar. Pasar noches en vela en hoteles de ciudades que siempre quisimos visitar. Y desayunar juntos en la cama mirando el amanecer por la ventana mientras los primeros rayos de sol perfilan las siluetas de las antenas en los tejados de la capital. Prometo llevarte a tus tierras y ser el turista más ávido de aventuras e historias que jamás haya recorrido el país donde dicen que las estrellas casi se pueden tocar. Recorrer contigo la terminal del aeropuerto llenos de nervios, ganas y respeto por el largo trayecto hasta llegar a un lugar donde de pronto dejemos el invierno atrás. Y despegar de noche sabiendo que nos despertará el piloto anunciando sol en el día nuevo que comienza a despuntar. Y mirarnos sonriendo a sabiendas de todo lo que está a punto de comenzar. Y bajar del avión y sentir que el olor del los aires buenos nos invade al caminar. Cambiar el abrigo por la malla, las botas por sandalias y las bufandas por tus faldas de color primaveral. Echar atrás el tiempo y volver a disfrutar de un diciembre rodeados de sol, arena y mar. Sólo deja que el destino cumpla todo lo previsto antes de que anuncie que esta fecha señalada está próxima a llegar. Que no importa si no es hoy, ni es mañana, lo escrito, escrito está. Y mis promesas las firmo con tinta de la que mancha y no se va.

Y es que Sucede Que Hoy prometo que ese día llegará...

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Amanece Madrid

Recorro las calles de un Madrid al que le cae con peso el frío en estas fechas en las que ya se empiezan a ver las luces de navidad por las calles. La ciudad comienza poco a poco a despertar mientras me adentro en ella y cada vez son más las persianas que anuncian los buenos días con sus sonidos desgarrados. El humo de un café caliente asciende desde el vaso que sujeto con mi mano amoratada por el helor y se cuela por mi nariz hasta templarme el ánimo y la temperatura interna. Contemplo los rostros de la gente desconocida con la que me tropiezo en cada calle y me doy cuenta de que todas las ciudades del mundo deben ser similares cuando amanecen; mismos ciudadanos apresurados por llegar al trabajo o volver de él después de toda una noche, los que van igualmente apresurados pero rumbo a la escuela con los hijos, o los infelices a los que su paso acelerado y nervioso delata una noche furtiva en la que se les ha hecho demasiado tarde. Son lo que más corren. Conforme pasan los minutos, los semáforos, que hasta hace apenas una hora sólo servían para teñir de colores el agua de los charcos, van cobrando más sentido a medida que el asfalto empieza a poblarse de vehículos. Algunos teléfonos móviles comienzan a sonar por las aceras. Comienza un nuevo día. Otro más como el de ayer. Y el de mañana. Para algunos.

Y es que Sucede Que Hoy viajo a Madrid...

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Bruselas

En Bruselas...


Y es que Sucede Que Hoy viajo a Bruselas...
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Regreso A La Ciudad

Los edificios acristalados me dan la bienvenida a mi regreso a la ciudad. Asfalto, semáforos, vallas de publicidad. La gente en las aceras, el murmullo incesante de los coches al pasar. Escaparates con carteles de rebajas anunciando gangas a punto de finalizar. Un calor aplastante que me devuelve a la realidad del verano lejos del frío nocturno que tuve que soportar. Calles repletas de familias, parejas, singles y algún que otro animal. Unos paseando, otros detenidos esperando para cruzar; algunos haciendo footing, la mayoría dejando la tarde pasar. Camino admirado mirando hacia los edificios como si jamás hubiese visto nada igual. Paredes altas con ventanas tapadas por cortinas que no dejan ver lo que está ocurriendo detrás. Tiendas abiertas y lugares interesantes por los que transitar. Luces de colores, carteles con nombres en inglés, fuentes que adornan plazas y palmeras que se elevan por encima de balcones abiertos de par en par. Camino y entre las esquinas intuyo de nuevo el olor característico a historia, azahar, pólvora y mar. Nada como volver a casa cuando sientes que lo tuyo es la vida de ciudad. Que por más que siempre viene bien un retiro al mundo natural, hay quien nace con espíritu rural y otros que sólo valemos para habitar en urbes de calles asfaltadas, vidas anónimas, progreso y aires de capital.

Y es que Sucede Que Hoy regresé al fin a la ciudad...

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Dans Le Palais Bulle

Entre burbujas de fino hormigón, luces de colores, música y alcohol -demasiado alcohol-, cientos de personas bailan y hablan de promesas de futuro, sueños y caminos recorridos o por recorrer. El idioma no es obstáculo cuando en los ojos luce el brillo de la emoción. Un lugar de cuento, diseñado por y para la locura, la fantasía, los sueños y delirios de sus habitantes -aunque sólo lo sean por unas horas y gracias a una pulsera naranja de procedencia sospechosa que acredita su dudosa, pero real al fin y al cabo, presencia en la lista de los elegidos-. Cuestión de privilegios; como todo, como siempre. Y contra ellos, los descarados, como en este caso yo. Y en medio de aquel oasis de ocres y verdes sobre un mar azul, el lujo se respira entre carteles de "se mira pero no se toca" y "mírame porque nunca me tendrás". Un lugar donde las curvas se encuentran por doquier, ya sean en su versión de cemento o en la de carne y piel. Una estética cuidada, sublime, de formas sinuosas y trazados imposibles. A las espaldas, una colina poblada de árboles y plantas de todos los colores y fragancias; al frente un mar abierto teñido de luna y veleros anclados a la espera del sol siguiente. Y entre ambos el retiro de un grande de la moda que abrió las puertas de su palacio a unos pocos acostumbrados y a otros muchos fascinados como toda primera vez. Contagiado por la magia del lugar y embriagado por la noche y el deseo de no llegar a despertar, exprimo al máximo la oportunidad y recorro sus pasillos por si jamás los volviera a pisar.

Y es que Sucede Que Hoy estuve en casa de Pierre Cardin en Cannes...

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Cannes

La Costa Azul francesa me espera. Pasaré los próximos siete días en Cannes, asistiendo al mejor festival de Publicidad del mundo. Seminarios, talleres, charlas, conferencias...pero también playas, sol, turismo, amigos... Y todo esto en mitad de exámenes. Pero qué se le va a hacer. Las oportunidades o las aprovechas tú, o alguien lo hará por ti. Además todo sabe mejor cuando es a consecuencia de un éxito personal. La recompensa al buen trabajo y al esfuerzo. Intentaré escribir desde allí, a pesar del poco tiempo libre del que dispondré. Gracias a todos los que todavía entráis cada noche, o cada día, en busca de nuevas historias. Y que siga la magia de las letras...

Y es que Sucede Que Hoy viajo a Cannes...

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San Sebastián

Viajo al norte dispuesto a encontrarlo no tanto sobre los mapas, como sí en mi interior. Recuperarlo, volver a ser lo que la velocidad del tiempo me ha impedido en los últimos meses. San Sebastián me espera llena de publicidad y lluvia -parece que el único sol que veré será el del logotipo del Festival-, pero con los brazos abiertos dispuesta a convertirse en el retiro perfecto para pasar los próximos cuatro días. Desconexión, nuevas relaciones sociales, paraíso de silencio y soledad pretendida. Un respiro de aire puro a la orilla de La Concha. Una ciudad desconocida, en un ambiente que cada día empieza a serlo menos, rodeado de buenos trabajos y con el hada de la inspiración volando alrededor de mi cabeza. Apertura de mente y sentidos a través de un viaje físico de 600km y otro interno de muchos más. A la caza de la paz, del crecimiento. Recorrer lugares por los que mis pies todavía no han dejado huella e ir completando mi particular empeño por pisar todas las aceras posibles del planeta, en un viaje sin fronteras que me lleve de norte a sur, de este a oeste, de continente a continente. Continuo en mi empeño. Mañana será otro punto más a marcar con una chincheta en el mapa y eso es motivo suficiente para sentir satisfacción. Los caminos existen para ser recorridos. Dame mundo que yo lo devoro.

Y es que Sucede Que Hoy me marcho a San Sebastián...

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Shakespeare & Co.

El sonido del agua penetraba sigiloso por la ventana aquella noche de verano en la que Whitman despertó desasosegado de un sueño intermitente que no le dejaba descansar. Acompañado por la luz blanca de la luna que brillaba por encima de la majestuosa Notre Dame, fiel compañera nocturna en los incontables desvelos de quienes habitaban en aquel lugar mágico, Whitman abandonó su viejo colchón y avanzó algunos pasos, lento caminar de anciano, hacia la habitación en la que cada domingo por la tarde reunía a gente de todo el mundo y les invitaba a una taza de té, mientras conversaban en un ambiente bohemio y literario rodeado de volúmenes polvorientos y fotografías en blanco y negro colgando de unas paredes descascarilladas. Atravesó la cocina y la sala ahora sólo ocupada por uno de los inquilinos anónimos que dormía plácidamente enfundado en su saco de dormir rojo, sobre un sofá que horas más tarde serviría de estantería para nuevos libros. Cruzó la puerta que daba al rellano y se asomó a la ventana a contemplar la noche parisina. Una joven pareja paseaba a orillas del Sena cogidos de la manos hacia lo que seguramente sería el broche de oro a una velada de amor. Whitman recordó su juventud y reconoció sus pasos en los de aquel joven ardiente de deseos que sentía como se acercaba el momento de la desnudez. Y mientras contemplaba el reflejo de la luna sobre las aguas calmadas del río escuchó un sonido a su espalda. Pensó en su gato negro, pero se equivocaba. Al girarse comprobó que, sentado en las escaleras, con su Moleskine sobre las rodillas, un joven de apariencia latina le sonreía mientras sostenía su estilográfica en la mano derecha. "Esta vista me inspira"- dijo. George Whitman sonrió, se acercó hasta el joven y le dijo: "Pequeño ángel, que nadie se atreva nunca a tratar de apagar la luz que emerge pura de tu alma". Después de pronunciar estas palabras, pasó su arrugada mano entre los rizos oscuros de aquel joven plagado de sueños, y se retiró de nuevo a su alcoba, en un rincón de aquella pequeña biblioteca de Alejandría parisina.

Y es que Sucede Que Hoy regresé al universo Shakespeare&Co...

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Te Regalaré El Cielo

-Te regalaré el cielo el día en el que un arco iris intenso atraviese con sus colores vivos los tejados de la ciudad -le había dicho una noche lejana, la primera vez que visitaron París, mientras cenaban deslizándose suavemente por el río Sena. Y lo había dicho confiado en que tal día llegaría, como tantas veces lo había dibujado en sueños. -Te rodearé por detrás con mis brazos, apoyaré mi barbilla en tu hombro y juntos miraremos al horizonte teñido de colores pastel, mientras te susurre al oído la canción que siempre nos unió. ¿Te acuerdas? You are the reason why, my love, my life, my everything. You are the reason why I believe in God, I believe in love, I believe in peace. Y lo pondré a tu nombre porque sólo tú serás dueña digna para un paraíso como aquel. Un reino a la medida de tu perfección. Y habitarás en él en los días de verano cuando la distancia nos separe y encontremos entre nubes el rincón para sentir de nuevo nuestros besos. Será como ser los dueños de todo lo que nos rodea, enfrascados en una realidad eterna en la que podremos encender de nuevo las cenizas de un amor que nunca llegó a apagarse. Como una escalera directa al olimpo cósmico subiremos por el arco iris hasta atravesar la cortina de vapor y observaremos desde las alturas el mundo que dejamos atrás aquella noche en la que te juré mi amor, mientras las velas iluminaban el mantel rojo de la mesa abordo del bateau silencioso una noche primaveral en París. "Te regalaré el cielo el día en el que un arco iris intenso atraviese con sus colores vivos los tejados de la ciudad", te dije. Mira el cielo hoy. ¿Lo ves? Es tuyo.

Y es que Sucede Que Hoy recordé el arco iris de París...

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Tormenta en Montmartre

Si ha de matarme un rayo
que sea en esta bohemia colina,
pues es más digna la muerte,
que una vida sin las calles
de Montmartre recorridas.


Y es que Sucede Que Hoy llovió pero no importaba...

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And The Winner Is...


And the winner is...
SI!!! HEMOS GANADO!!


Y es que Sucede Que Hoy viajo a París a la gran final...
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Los Tejados De París

Recuerdo los tejados de París como una antigua fotografía desgastada por el tiempo. Las cúpulas azuladas por la luz y la niebla crepusculares, las buhardillas coronadas por pináculos apuntando hacia un cielo que lucía más espléndido todavía sobre aquella ciudad, las primeras luces tras las cortinas de las ventanas. La noche caía lentamente sobre Montmartre y a lo lejos se divisaba entre la espesura difuminada la esbelta figura de la Torre Eiffel, como emergiendo de un mar de asfalto y hormigón, a la espera de vestirse de gala con su traje dorado de cada noche. A mis espaldas, blanca y colosal, la Basílica del Sacré Coeur ejercía su poder de anfitriona de aquel espacio abarrotado. Las escaleras parecían las gradas de un teatro clásico atestado de gente. Unos descansaban, otros charlaban, los había que incluso cantaban, pero antes o después todos ellos callaban y suspiraban al dirigir su vista al frente y admirar la belleza de un lugar que realmente atrapaba. Un hechizo que se respiraba en las paredes de las casas, en las calles, en el eco de su nombre susurrado por una voz femenina. París comenzaba a brillar por delante de mí, y mientras la bruma conquistaba calle a calle la ciudad, el embrujo de su magia me terminó de enamorar.

Y es que Sucede Que Hoy recordé aquella tarde en París...

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De Los Que Ya No Quedan

Escondido entre montañas peladas y abrigado por un viento frío en estas fechas duerme olvidado un pueblo de los que ya prácticamente no quedan. Por sus calles de tierra y poco asfalto trazadas sobre un plano sencillo de perpendiculares y paralelas se respira un aire puro recién venido de las gélidas cimas de Sierra Morrena. El agua discurre fría como un beso con la boca sucia de otros labios dibujando meandros imposibles. Una aldea en la que todavía se escuchan nombres como Leoncio, Cesareo, Magdalena o Ambrosio. Un lugar en el que cada cual es conocido por su nombre y por una lista interminable de motes ya sea con simples diminutivos o, los que corren peor suerte, con auténticos juegos de palabras ingeniosos caricaturizando discapacidades o rasgos físicos notorios. Un lugar en el que los huevos todavía se recogen a diario y se sirven frescos. Donde si la panadería está cerrada y tienes una necesidad imprevista y de última hora para tu caldo, su cándido dueño acude a tu casa a avisarte de que puede abrirte especialmente el negocio para saciar tu falta. Un poblacho de los tradicionales, de esos con ancianos sentados al sol esperando a la muerte y niños montados en bicicletas sin cubiertas en las ruedas. Un burgo del de buenos días a pimera hora, buenas tardes a su tiempo y buenas noches siempre a las mismas personas, en el mismo lugar, con el mismo gesto y sabiendo que al día siguiente será de la misma forma. Un destino cíclico. Una burla al tiempo. Porque allí pasa despacio la vida, pero pasa, como pasa en cualquier lugar, porque si algo hay inevitable en este mundo es que la noche acabe con el día, la primavera con el invierno, o el mes de junio con el de mayo. Pero hay lugares en los que sólo te das cuenta de que el universo sigue en su expansión y el mundo dando vueltas sin sentido, cuando observas que los viejos acaban la tarde varios metros más allá de donde la empezaron, movidos por la gracia de los rayos de sol avanzando sin demora.

Y es que Sucede Que Hoy pasé tres días en Aldeaquemada...

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