Viena A Bordo Del Tranvía

Al otro lado del cristal empañado del tranvía el cielo descargaba con rabia su ira sobre una Viena empapada en cuestión de minutos. La humedad traspasaba la vieja chapa de aquel tranvía cargado de historia que circulaba por el centro de la ciudad en un recorrido circular sin fin. Las gotas resbalaban por el vidrio de las ventanas dibujando trayectorias imposibles a fuerza de un viento arremolinado que soplaba intenso en el exterior. Sentado en uno de los asientos de madera vieja del vagón recordaba todas y cada una de las emociones que las diferentes ciudades visitadas me habían transmitido, repasando la felicidad derrochada en dos semanas de viajes, trenes, hostales y estaciones. Entretanto, el traqueteo y el sonido de la lluvia me acompañaban en aquella tarde en la que Viena se escondió de la voracidad de mis pasos y las ganas de mundo insaciables de mis ojos. La gente corría despavorida bajo la lluvia repentina y los coches levantaban el agua de los charcos a su paso, bautizando sin compasión a los desprotegidos de las aceras. Y como el gris del cielo agrietado por los truenos, los días se agotaban en un calendario que no quiso detener el transcurso de sus hojas efímeras. Atrás quedaban las anécdotas y los secretos escondidos en los rincones de las ciudades, a la espera de un retorno a bordo de dos trenes que nos hiciese poner el broche final a una experiencia única mostrándonos de nuevo la bella París. Y fue en aquella ciudad donde dejé olvidado un suspiro lanzado al presenciar el espectáculo de lluvia a través del cristal, jurando que volvería a recuperar el suspiro entregado y admirar de nuevo sus edificios y su historia sin el reflejo del cristal de aquel tranvía mediando entre los dos.

Y es que Sucede Que Hoy recordé Viena a bordo del tranvía...