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Regreso A Los Orígenes

Volví la vista atrás y recordé mis orígenes. Mi ciudad, mi calle, mi casa. Hacía mucho tiempo que no pisaba la que durante toda mi juventud había sido mi caja de sueños y vivencias. La ciudad de la luz, del sol, del mar, de las flores. Y decidí volver porque uno se siente de nuevo cerca de sus inicios conforme el final va asomando cada vez su rostro más cerca. Así que emprendí un viaje hacia el pasado, hacia el principio de una vida por la que siempre estuve agradecido. Viajé solo, sin maleta siquiera, dispuesto a perderme en un paseo errático por las calles que jamás habían llegado a borrarse del todo de mi memoria pese a la distancia. Recorrí las aceras en las que tantas veces había impregnado mis huellas; visité lugares que recordaba tal y como los vi de nuevo; respiré ese aire húmedo y salado de mi ciudad y me recordé transitando por lugares que ahora ya no estaban donde entonces. Nada como el reencuentro con el hogar que dejó de serlo tanto tiempo atrás. Y me acerqué caminando hasta la casa que me vio nacer y crecer y vi ante mis ojos un edificio que en mi memoria estaba más cuidado. Ahora parecía que no tenía vida; que el tiempo se había apoderado de sus paredes, aunque todavía pude identificar el balcón en el último piso. Tuve la tentación de llamar a la puerta, subir y acabar entrando sin más pretensión que revivir el sonido de mis pasos por aquellos pasillos, pero entendí que los retornos no deben nunca superar la delgada línea que separa la nostalgia del dolor. Así que continué mi viaje y fui en busca del mar. Aquella playa que tradicionalmente había estado a las espaldas de la ciudad y ahora lucía como portal de entrada y bienvenida. Respiré la inconfundible brisa de mi tierra y lamenté no haberla visitado más a menudo durante todos los años en que estuve separado de ella. Mi cuerpo entero se revitalizaba con aquella luz, con aquellos aires autóctonos. Y en un instante de lucidez comprendí que deseaba pasar mis últimos años de vida allí, en mi ciudad, en la que siempre fue mi tierra, con el olor a pólvora y a naranja en el ambiente, con la brisa húmeda pegada a la piel y con el brillo especial entrando cada mañana por mi ventana frente al mar.

Y es que Sucede Que Hoy imaginé un regreso a los orígenes...

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Estaba Porque Estabas

Fue desde que intuí tus pasos acercándose inevitablemente desde el fondo del pasillo, cuando comencé a percibir tu perfume de lejos y entendí que ya iba a ser imposible escapar de tu hechizo. Minutos antes te había buscado entre las muchas nucas que podía ver desde el fondo de la sala repleta de gente y finalmente había dado con la que sin duda era la tuya. Aquella melena lisa y clara me resultó familiar y reconocible al instante. Y desde entonces la charla que estaba siguiendo dejó de tener sentido porque tú se lo robaste. Ahora sólo me importaba observarte desde atrás, con los ojos entornados del espía y el extraño placer de ver sin ser visto del más sutil de los voyeur. Pese a la distancia que me separaba de ti empecé entonces a percibirte cerca; tu olor, tu respiración, tu aura mágica. Palpé el aire que removías al apartarte el pelo de la cara o simplemente mientras movías tus manos para escribir. Me apoderé de ti porque desde el instante en que te advertí entre la multitud sólo fuiste para mí. Sustraje hasta el último gramo de tu alma para hacerlo mío mientras durara el encuentro. Y mi presencia allí cobró todo el sentido que hasta entonces no había tenido. Estaba porque estabas. Y cuando mi cuerpo te sabe en algún lugar, me arrastra con una fuerza invisible hasta allí para provocar el choque con tus ojos. Y sucedió. Y lo hizo envuelto en la magia de un reencuentro inesperado, pero certero. Después palabras, miradas, despedida acelerada y esquiva por evitar caer en el pensamiento de que dejaba de verte hasta no sabía cuándo. Y entonces el hechizo, el embrujo. Un encantamiento del que todavía no he despertado y del que espero no hacerlo al menos de momento. Te reservo la noche en mi memoria. Un hueco imaginario entre mis sábanas que sé que no ocuparás. Pero hace tiempo que aprendí a soñar. A soñar contigo. Y descubrí que todo era cuestión de creer y esperar.

Y es que Sucede Que Hoy resurgió el hechizo con tu mirada...

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De Reminiscencia Oblicua

Escribo cada día en un calendario que se traga mis palabras y al amanecer se vuelve inmaculado. Tan blanco como ayer; con tantas cosas que decir sabiendo que vivirán mientras el reloj no marque las doce. Pero con las campanadas llega de nuevo el papel borrado, como mi memoria. O lo que un día lo fue y de la que no quedan más que jirones. Recuerdo que gozó de salud la que hoy se ríe de mí minuto a minuto. Me siento abocado a una pérdida gradual del preciado bien de la memoria. Una vida sin nostalgia. Una nueva vida cada veinticuatro horas. Renaciendo cada amanecer. Porque pocas son las cosas que merecen una butaca eterna en el palco de nuestra memoria. Muchas se cuelan y no hacen sino ocupar un lugar demasiado preciado y escaso. Y entretanto, el olvido, que no es más que una bonita forma de estar muerto cuando todavía respiras. Un olvido burlón y sarcástico que lleva las de ganar porque sabe que inevitablemente llegará la medianoche. Y convivo con la certeza de saberme curiosamente recordado por mi olvido. Y olvido los recuerdos que un día juré no olvidar. Y recuerdo olvidos repentinos cuando ya los daba por muertos. Son relámpagos de luz en una vida de sombras y fantasmas. Y ante la impertinencia de mi reminiscencia oblicua no puedo sino reír. La locura del cuerdo. O la cordura del loco. O la locura del genio que viene a ser el compendio de lo anterior. Una vida de lapsus latente, de lagunas. Pero sonrío porque he aprendido a sobrellevarlo a base de papel. Porque he aprendido a desatarme de las riendas de la memoria y de la soga asfixiante de los recuerdos persecutorios. Y sonrío, sobre todo, porque veinticuatro ya me parecen muchas horas en las que vivir sin errar, como para tener que sumarlas cada día. Me quedo con la sensación de que la brisa matutina me traerá una nueva hoja en blanco y de que, al fin y al cabo, siempre existirá el papel, la tinta y las fotografías para recordarme lo que el tiempo borre de mi cabeza.

Y es que Sucede Que Hoy acepté el destino de mi insuficiencia...

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Abrazos De Bienvenida

Hoy entendí que no existe peor lugar para el que añora sentir en su propia piel un abrazo que la sala de llegadas de un aeropuerto. Fábrica de reencuentros efusivos. Y me di cuenta porque hoy yo mismo añoré uno de tus abrazos. Tal vez el primero, que vino con sorpresa. A mi alrededor el amor brotaba con cada nuevo aviso por megafonía de la llegada de un vuelo. No importaba la procedencia. El lenguaje del abrazo y la sonrisa es internacional. Como si los corazones se buscaran en el pecho del otro las ropas se unían apretando con fuerza mientras los brazos rodeaban con avaricia la espalda del recién llegado. Y pocas veces esos abrazos quedaban huérfanos de besos. Todavía sin despegarse de su impetuoso contacto los labios se fusionaban y al fin besaban a quien tantas veces habían besado soñando durante el tiempo fuera. Y yo me encontré con que no tenía tus brazos para entrelazarlos con los míos, ni tampoco tus labios para acariciarlos con los míos. No tenía tu sonrisa enfrente evidenciando la alegría del reencuentro y sin embargo sí tenía esas mismas ganas de volver a verte. Encontrarte de nuevo después del viaje que emprendiste sin necesidad de poner tierra de por medio. Jamás estuviste a más de tres kilómetros de mí en todo este tiempo y la sensación era de veinte mil. Y sin conexión aérea. Así que como no pude encontrar en tu cuerpo el calor del abrazo, ni en tu boca el sabor del beso, me conformé con estremecerme y envidiar a tantas parejas que sí lo hacían frente a mí a cada minuto. Entonces cerraba los ojos e imaginaba esa misma escena con otros protagonistas. Y la tarde pasó más rápida y se me hizo el trabajo más llevadero...

Y es que Sucede Que Hoy me sacié de abrazos de bienvenida...

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Sala De Espera

- ¿Y a qué hora dice usted que estaba citado?
- Diez y media. Pero ya llevan casi cincuenta minutos de retraso en los turnos.
- Yo debo ser la siguiente a usted. Así que estamos parecidos. Compañía en la espera no nos faltará.
- Cada día está peor esto de la Seguridad Social.
- Desde luego. Hace unos días mi hija vino con mi nieto que se lastimó jugando en la escuela y se les hizo de noche aquí dentro. Y el niño sin merendar que estaba. Es precioso, ¿sabe? Se llama Luis, como mi marido, que en paz descanse, y tiene siete años. - ¿Usted tiene nietos?
- No, no. Sólo un hijo. Soltero. Y aunque no me crea ahora a la vejez es cuando más echo en falta a alguien correteando a mi lado. Una criaturilla. Ochenta y dos años y sin nietos. Pero ahora ya vivo de regalo, como digo yo.
- ¿Ochenta y dos años tiene?
- Ni uno más, ni uno menos. ¿Y usted? (Si no es atreverme demasiado).
- Setenta y nueve hago este mes. Pero usted se mantiene mejor que yo.
- Calle, mujer. Está hecha una rosa. Yo empecé a envejecer al minuto de nacer, como todos, y el tiempo no ha tenido compasión nunca conmigo. Soy como un tronco noble en la hoguera; por fuera me mantengo como puedo, pero por dentro estoy consumido. Si no no estaría aquí. Los pulmones, ¿sabe? Es grave. Se lo noto al doctor en cada visita, aunque siempre me dice sonriendo que estoy mucho mejor. No quiere amargarme los últimos días en el calendario.
- Lo siento, hijo. Seguro que no es para tanto. Aunque lo mío tampoco es poca cosa. Desde que me caí de la bañera hace seis meses todo están siendo problemas. La cadera, las rodillas, el pecho y, ahora, el corazón me avisa de su caducidad. ¡Mire!. Su turno. Al final no ha sido tanta la espera. Suerte.
- Gracias, a ver con qué me miente la ciencia hoy.

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- ¿Cómo le ha ido? ¿Está mejor? No trae buena cara. ¿Qué le ha dicho el doctor?
- Una semana. Máximo diez días. Hoy se ha olvidado el disfraz en casa.
- Cuánto lo lamento. La vida es una mentira. ¿Puedo ayudarle en algo?
- No, descuide. Llevaba tiempo preparándome para este día. A todos nos llega la hora. Ojalá tenga más suerte que yo y le sea todo leve.
- ¿De verdad que no quiere que haga nada por usted?
- De verdad, gracias. Aunque...espere... Sí. Haga algo. Me ha dicho que usted era la siguiente a mí en el turno, ¿verdad?
- Sí, eso creo.
- Pues intente con la dulzura que me ha demostrado a mí aliviar al pobre doctor, porque tampoco para él debe haber sido sencillo conocer esta noticia. Es mi hijo.

Y es que Sucede Que Hoy vi la vejez de cerca en un hospital...
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Huellas En La Arena

Cientos de pisadas se dibujan en la arena trazando caminos sin principio ni final. Huellas anónimas de pasos errantes en busca de respuestas frente a la inspiradora brisa del mar. Rutas vacilantes que las olas se encargan de borrar más cerca o más allá. Pasos perdidos; decisiones sin vuelta atrás. La arena fina arde como el fuego bajo mis pies, pero quema más el desasosiego; la certeza de saber que no es agua lo que suena sino un océano de lágrimas y sal.

Y es que Sucede Que Hoy no sé decir más...

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Fiebre

El mercurio del termómetro asciende al mismo vertiginoso ritmo al que descienden mis fuerzas y mis ganas para ponerme en pie. Deliro entre sábanas revueltas y empapadas en sudores fríos que recorren mi cuerpo de principio a fin. La lluvia golpea el cristal recordándome que la vida sigue al otro lado. Sin embargo yo siento que la mía se ha parado por momentos y vivo absorto en un paréntesis del que sólo me alivian momentáneamente las pastillas efervescentes. Mi mente inventa situaciones imposibles que la calentura se encarga de presentarme como reales y viajo a submundos de barro que me agobian con imágenes de las que no puedo escapar. Espirales de mil brazos que me atrapan y tiran de mí con fuerza hacia el centro de una locura pasajera. Entretanto, mi cuerpo, débil y abatido por las horas de cama y sofá, se resiente del paso de una enfermedad que siempre llega sin avisar. Raro invierno el que pasa sin su inesperada visita. Mi rostro demacrado no se reconoce frente al espejo y a pesar de ser el mismo parece que la química no le sienta bien. Y en mitad de la noche, que pronto se hace día en la vigilia interrumpida por breves trances de un sueño aparentemete fugaz, los delirios febriles me transportan hasta encuentros imprevistos que entremezclan en la fantasía conversaciones reales con otras más deseadas que auténticas, diluyendo sin esfuerzo la poca cordura que me queda. De pronto ya no sé quién soy, quién eres, quién eras. Y cuando parece que me acerco al final del enigma, suena la alarma advirtiéndome de que ya es hora de tomar la dosis.

Y es que Sucede Que Hoy la fiebre pudo conmigo...

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Amor Descosido

El aire de la noche de un sábado más golpeaba mi rostro durante el paseo hacia el coche. Caminaba solo, con las manos en los bolsillos de la chaqueta y a paso lento. Disfrutaba de la soledad de las calles y el sonido de mis pasos retumbando en las aceras. Sin poder evitarlo mi mente te trajo junto a mí y recordé aquellas caminatas eternas de tu mano recorriendo apasionados los rincones céntricos entre callejones. No sabía el motivo pero el capricho de la noche quiso que me acordara de nuestros besos en las esquinas, de los abrazos en las esperas de los semáforos, de las sonrisas escondidas entre las conversaciones o los suspiros frente a los escaparates de las tiendas de muebles construyendo un futuro imaginario a nuestra medida. Por aquel entonces nuestras vidas todavía discurrían por el mismo sendero marcando incluso el ritmo con andares acompasados. Las luces de un coche de policía pasando a toda velocidad por mi lado me sacaron de aquel pensamiento y volví a enfrentarme a los pasos en solitario bajo una media luna perdida en lo alto del techo infinito. Pero fue suficiente pasar por la puerta de la cafetería en la que tantas tardes pasamos juntos y cuyas paredes fueron testigo de tantos y tantos besos y promesas para traerte de nuevo. Los empleados recogían los restos de una jornada más y apilaban las sillas sobre las mesas. Y sin poder evitarlo, dirigí la mirada hacia la mesa que solíamos ocupar y me di cuenta de que aquella era la única que no tenía las sillas encima. Seguramente porque nuestras improntas seguían estando y los recuerdos eran tan vivos que incluso los camareros creían seguir viéndonos allí tanto tiempo después. Nuestras almas seguían perdidas en la última conversación que había comenzado a ser eterna desde el momento en el que abandonamos el lugar físicamente por última vez. Y allí seguíamos amándonos como en la vida real ya no hacíamos. Retales de un amor que descosió un corazón dejándole jirones eternos.

Y es que Sucede Que Hoy vi la que fuera nuestra mesa...

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Otro Día De Enamorados

A lo lejos, mientras el sol desciende incesable en el horizonte anaranjado, dos palomas juegan a la seducción con pequeños pasos en falso sobre el tendido eléctrico. Sus plumas, teñidas de violeta por la luz crepuscular, se alinean sin arrugas ofreciendo sus mejores galas. Perfumada de esencias del jazmín que rozó con sus alas durante el último vuelo, la hembra se aleja lentamente a sabiendas del rastro que deja tras de sí. El coqueteo se prolonga y, presumida, escucha con orgullo y soberbia el canto grave que su pretendiente le dedica sin quitarle ojo. Son como poemas de amor recitados en otro idioma. Desde lejos, mis ojos no son capaces de apartar la mirada de aquel par de tortolitos que dan más muestras de amor que de puro instinto natural. Y mientras me pierdo en el cauteloso juego de altanería y entrega, recuerdo que hoy es el día de los enamorados y río por la incongruencia. Como si el amor fuera cosa de un día. Como si el enamorado no sintiera que cada día es su día porque se sabe feliz y apasionado. Como si el amor, a fin de cuentas, no fuese como el despertar de la primavera; silencioso y lento, pero incontenible. Y entonces envidio a los enamorados casi como a la pareja de tórtolas que entretanto siguen con su alegre y recíproco deleite. Un cortejo del que surgen galanteos como estrellas que van cubriendo poco a poco el cielo. La noche se acerca propicia para el golpe definitivo del amor. El buche del palomo parece rebentar de fervor. Ella lentamente cede a sus encantos y, temerosa como la primera vez, saca pecho y extiende sus alas entregándose en cuerpo y alma al hechizo de su pareja. La magia del amor vino en forma de crepúsculo sobre el tendido.

Y es que Sucede Que Hoy es San Valentín...¿y?...

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Amor Secreto, Secretos De Amor

Un sobre lacrado de esperanzas y escondido en un rincón de una casa ajena oculta en sus entrañas los conjuros de meiga que la vida y los libros le han enseñado a lo largo de su todavía corta andadura. Secretos de amor, o por amor, o incluso secretos de un amor secreto, que dibujan ilusiones aun sin colorear con la incertidumbre de no saber a ciencia cierta si el tiempo hará que los colores fluyan suaves sobre el papel ahora tintado de negro pluma, violeta sueño, blanco sonrisa y verde lágrima. Líneas que cobijan en silencio los alaridos de un sentimiento ahogado en tinta por no ser el momento de soltarlo al viento a fuerza de una voz sacada del más profundo océano de su garganta. Una declaración de amor oculta debajo de las sábanas, o tal vez en el fondo del último cajón, o debajo de la alfombra. Una nota reveladora, tan enigmática como inspiradora, eternamente fugaz, como el suspiro que provoca saber acerca de ella. Apenas notas que reflejan todo un remolino de sensaciones y pensamientos demasiado intensos como para perderlos por una mala pasada de la memoria. Palabras clave que arrastran otras miles tras de sí, en un intento de perpetuar el recuerdo de unos días en los que el estímulo del amor vibró febril en lo más íntimo de su ser. Entretelas que envuelven con la transparencia del lino la esencia arcana de una historia zarandeada por la contrariedad de un viento demasiado gélido. Y sólo el destino sabe si entre sus cartas aparece el momento en el que ese sobre se abrirá dejando en libertad los sueños que quedaron prisioneros en el interior el día en que se cerró. Y sólo el destino sabe si esas palabras trascenderán o se marcharán con el viento y nada más. Porque en el diccionario del amor no aparece recogida la palabra predicción y porque el tiempo, siempre justo, siempre atento, es quien hace cumplir sueños y pinta o no de colores el universo.

Y es que Sucede Que Hoy me ocultan un secreto...

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De Los Que Ya No Quedan

Escondido entre montañas peladas y abrigado por un viento frío en estas fechas duerme olvidado un pueblo de los que ya prácticamente no quedan. Por sus calles de tierra y poco asfalto trazadas sobre un plano sencillo de perpendiculares y paralelas se respira un aire puro recién venido de las gélidas cimas de Sierra Morrena. El agua discurre fría como un beso con la boca sucia de otros labios dibujando meandros imposibles. Una aldea en la que todavía se escuchan nombres como Leoncio, Cesareo, Magdalena o Ambrosio. Un lugar en el que cada cual es conocido por su nombre y por una lista interminable de motes ya sea con simples diminutivos o, los que corren peor suerte, con auténticos juegos de palabras ingeniosos caricaturizando discapacidades o rasgos físicos notorios. Un lugar en el que los huevos todavía se recogen a diario y se sirven frescos. Donde si la panadería está cerrada y tienes una necesidad imprevista y de última hora para tu caldo, su cándido dueño acude a tu casa a avisarte de que puede abrirte especialmente el negocio para saciar tu falta. Un poblacho de los tradicionales, de esos con ancianos sentados al sol esperando a la muerte y niños montados en bicicletas sin cubiertas en las ruedas. Un burgo del de buenos días a pimera hora, buenas tardes a su tiempo y buenas noches siempre a las mismas personas, en el mismo lugar, con el mismo gesto y sabiendo que al día siguiente será de la misma forma. Un destino cíclico. Una burla al tiempo. Porque allí pasa despacio la vida, pero pasa, como pasa en cualquier lugar, porque si algo hay inevitable en este mundo es que la noche acabe con el día, la primavera con el invierno, o el mes de junio con el de mayo. Pero hay lugares en los que sólo te das cuenta de que el universo sigue en su expansión y el mundo dando vueltas sin sentido, cuando observas que los viejos acaban la tarde varios metros más allá de donde la empezaron, movidos por la gracia de los rayos de sol avanzando sin demora.

Y es que Sucede Que Hoy pasé tres días en Aldeaquemada...

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Amores, Al Fin Y Al Cabo

Amores de novela, de cuento o de tragedia, pero amores al fin y al cabo. Amores de esos que consumen toda una vida por imposibles. Amores fugaces, efímeros, estacionales o de sólo un beso. Amores eternos de los que no bastan ni una vida entera para merecerlos. Amores injustos, lejanos, imposibles, seniles de primera o de segunda mano. Amores de adornos, de lujos, de champán y de etiqueta. Amores de grietas, portales, cuartuchos de contadores o esquinas de ciudades viejas. Amores. Todos. Porque una vida sin amor es como un lienzo sin color. Pero a saber amar nadie enseña, posiblemente porque nadie puede, seguramente porque nadie sabe. Porque amor es el primer beso y también la mano en el hombro de tu amigo decaído. El hervidero de sangre en tu pecho compartiendo cama y el abrazo a tus padres. Decir te quiero mirando a los ojos o regalar una simple sonrisa a un desconocido al pasar. Y aunque es el propio amor el que te colma de felicidad hasta verla rebosar, nadie nunca debería olvidar que el otoño siempre llega y el marchito viento de sus noches viene dispuesto a hacerlo tambalear. Que si no se cuida con esmero puede llegar alguien que te lo quiera arrebatar. Lucha, pero también aprende el valor de llorar. Llora, pero jamás te embarques en una travesía de lágrimas que no desemboquen en el mar. Y si con algo debes quedarte al pasar es con la idea de que hagas lo que hagas con tu vida, recuerda siempre que no hay razón más evidente y clara de tu existencia que la hermosa sensación de amar.

Y es que Sucede Que Hoy leí El Amor En Los Tiempos Del Cólera...

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Una Vida Mecanografiada

Después de casi una hora hojeando las novedades de la librería extrañamente abarrotada de debajo de su casa, y harto de no encontrar ningún volumen que calmara su curiosidad, Stephen tomó una consideración: volvería de vacío y escribiría él mismo una novela. Un libro para todo aquel que en algún momento tuviese la extraña sensación de no encontrar lo que buscaba entre los anaqueles de cualquier librería y terminara al fin por caer rendido ante el poder evocador de su prosa. Así que de vuelta a casa, paró en el kiosko que frecuentaba cada mañana para ojear las portadas de las principales cabeceras antes de ir a trabajar y compró un recambio de tina para su vieja pluma y un paquete de folios reciclados, porque Stephen era de los que prefería el contraste que ofrecían estas hojas con el negro mecanografiado de su Olivetti de herencia. Y manos a la obra. Decidió que aquella novela no podía narrar otra historia más que la de un hombre que, después de casi una hora hojeando las novedades en una librería extrañamente abarrotada y harto de no encontrar ningún volumen que calmara su curiosidad, tomaba la decisión de volverse a casa de vacío y escribía su propia novela. Al personaje le pondría un nombre extranjero, por aquello de que los nombres foráneos quedan mejor en las novelas y el argumento encontraría sentido al establecerse como una ayuda para todo aquel que en algún momento tuviese la extraña sensación de no encontrar lo que buscaba entre los anaqueles de cualquier librería y terminara al fin por caer rendido ante el poder evocador de la prosa con la que estaría escrita aquella novela. Después de un par de páginas, cayó en la cuenta de que se había comprado un recambio de tinta para su pluma aun sabiendo que escribiría a máquina. Y no es que la compra no fuese necesaria, porque el que tenía debía estar tan coagulado como el tarro de mermelada de fresa que había residido en su nevera durante más de diez años hasta que una plaga de hormigas había acabado con él apenas tres días atrás, sino que podría parecer absurda si ya sabía que ni siquiera iba a tomarse la molestia de cambiar un tubo por otro en su Montblanc falsa. Así que para solucionarlo, decidió que el personaje de su novela escribiría su propia novela con pluma, para quitarse el peso del sinsentido de la compra de su cabeza. Y mientras el borrador iba adquiriendo páginas y forma, Stephen tuvo la extraña sensación de que estaba escribiendo su propia biografía narrando hechos que sucedían apenas minutos después de que quedaran plasmados en las hojas de papel reciclado. Fue entonces cuando se dio cuenta de las posibilidades que aquel extraño fenómeno le ofrecía y durante el resto del capítulo se lanzó a la invención de un amor inesperado que nacía una tarde cualquiera, después de casi una hora hojeando las novedades en una librería extrañamente abarrotada en la que, por casualidad, se encontraba a quien después de muchos años seguiría siendo el amor de su vida.

Y es que Sucede Que Hoy inventé dibujando círculos...

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Derribo De Esperanza

Despojándose de toda la ropa, desnudo ante el frío de las noches de febrero, se entregó en cuerpo y alma a la reconquista de una amistad perdida por la inestabilidad de un corazón en duda y un sentimiento preso. Armado con la palabra y la pausa de quien ya no espera sino un poco de comprensión fue derribando golpe a golpe el hasta entonces infranqueable muro de silencio y frialdad que se había levantado entre los dos. Palabra a palabra, latido a latido, la argamasa compacta y fuerte que unía los ladrillos de temor que conformaban el paredón se fue desprendiendo con la suavidad con la que el viento levanta la arena, y la luz comenzó poco a poco a traspasar con su calor hacia el otro lado. Tenía la certeza de que con aquella conversación buscaba tender un puente hacia una nueva realidad con sabor añejo, pero olores renovados y puros. Que retomar la partida en el momento anterior al último movimiento en falso únicamente pasaba por lanzar un ataque que abriera brecha en la tapia, para sonreír de nuevo sabiendo que del otro lado iba a existir reciprocidad. Y existió. Y sucedió que aquella efímera sonrisa se transformó en otra permanente. Que desde el otro lado del muro todo continuaba exactamente igual que la noche anterior al amanecer amurallado. Que todo había sido como un ciclón de dudas y miedos que había arrasado a su paso los días de todo un mes del calendario. Pero al fin el temporal había cesado y de nuevo el sol se abría paso. Desde entonces el aire volvía a ser ligero y ya no espeso y gélido como antaño. Las barreras de la indecisión se habían levantado. El libre intercambio de palabras y sentimientos se repuso sin los aranceles de duda que el absurdo había interpuesto un día por creer que en la vida sólo existen los extremos.

Y es que Sucede Que Hoy me alegré de recuperarte auténtica...

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Cuestión De Recuerdos

Como sombra en la noche me acechó tu recuerdo con la certeza de que mi imagen se estaba reproduciendo en aquel mismo instante en tu cabeza, como consecuencia de la llamada de mi alma y mi memoria. El temblor de antaño agitando mis manos ante tu nombre se olvidó de actuar en el momento del recuerdo y, por esta vez, fueron la calma y la templanza las que coronaron el ambiente de un sosiego impertinente. Por momentos volví hasta algunas de las tantas tardes y más noches con las que engañé a mi corazón haciéndole creer que era uno de los pocos afortunados en saborear para siempre el primer y único amor eterno. Todavía entonces no sabía que eterno es una palabra que sólo existe en el imaginario colectivo. Tal vez es que el viento me decía etéreo y yo siempre entendí eterno. O no sé qué. Una verdad sin remedio de la que tuve que darme cuenta pasado el tiempo y degustada la desazón de los días grises en soledad. Y entre pregunta y pregunta, recuerdo tras recuerdo; y entre recuerdo y recuerdo, un sincero y más elocuente silencio. Sin embargo fue intenso el momento en el que traté de recordar una muestra de tu amor por mí y un desliz de la memoria me negó reencontrarme con aquella sensación. Yo sabía que en algún día remoto existió, pero que pude comprobar con el recuerdo borroso que tu cariño había muerto mucho antes de tu adiós. Que vivía amarrado al suspiro del engaño y la traición, aun sabiendo que te amaba sin remedio y con pasión, mientras tú acabaste por hacerlo sin entrega y por compasión.

Y es que Sucede Que Hoy recordé que te recordé anoche...

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Quiero Ser

Quiero ser la gota de lluvia que resbala sin darle importancia por tu mejilla. El rayo de sol que se refleja en el arco iris de tu mirada sin dar valor a su atrevimiento. El aire que te roza sin permiso y se revuelve animoso por debajo de tu ropa. El sueño que se te escapa sonriendo en la noche estrellada. La tierra que pisas caminando y absorbe tus pasos con desmérito. La luz de la vela que cada año recibe impasible tu soplido de vida en los aniversarios. El mosquito nocturno sin dueño que se embriaga de tu sangre dulce a escondidas. El borde del vaso en el que bebes tiñendo de rojo carmín el cristal. El espejo en el que te miras cada mañana para ser el primero en ver tu rostro día tras día. La funda de tu almohada que recoge inalterable el roce de tus labios sin saber que son besos robados. La música que atraviesa sin complicación tus oídos y osa a cambiarte el ánimo y estremecerte. La última página del libro que lees para esperar tu llegada ansiosa y atenta. El sonido de tu despertador para velar noches enteras a tu lado y ser el primero en darte los buenos días. El peine con el que adornas tu pelo para perderme sin miedo en el laberinto de tu melena. Las sábanas de tu cama para rozar suavemente tu piel. Quiero ser la gota de lluvia que ahora ya resbala por tu cuello, para seguir el descenso y recorrer tu cuerpo entero mientras imagino que soy todo lo que tocas y tú tocas sin saber que soy yo el que se te acerca.

Y es que Sucede Que Hoy escribí lo que quería ser y mientras fui...

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Miniatura De Vida

-Florentino, se ha de llamar Florentino, como el ilustre personaje del más ilustre todavía escritor colombiano. Y con Florentino se quedó a pesar de no ser humano el cuerpo de aquel árbol que sin embargo rebosaba vida pese a su calvicie estacional. Desde aquel día, el pequeño bonsái quedó bautizado y se le concedió el mejor convite con horas de agua y sol sobre el muro del balcón más alto de la casa. Y después de la resaca y los excesos ocupó el que debiera ser su lugar salvo en los días festivos y en las ocasiones especiales; justo sobre el alféizar de la ventana de la habitación del dueño, para que en las noches de luna llena se proyectara su sombra engrandecida sobre la cortina. Durante el día, la diminuta criatura respiraba los aires puros que descendían de las montañas lejanas y brindaba con los rayos de sol hasta culminar una fotosíntesis de la que el resto de plantas del entorno sentían una envidia poco sana. Se decía de él que era dado a los abusos de vida y a las borracheras de clorofila y que aprovechaba las mañanas de música clásica de su amo para hacer bailar sus raíces por debajo de la tierra de la maceta. Y fue tal vez por eso que creció fuerte y sano, con hojas enanas de un verde intenso y vivo, mimado por las caricias y los versos que le recitaba su dueño en las noches en las que ni uno ni otro podían dormir, arrastrados por la marea de sus musas retomadas del olvido por los descuidos de la memoria.

Y es que Sucede Que Hoy me regalaron un bonsái...

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Entrañas Glaciales

Fue suficiente el frío de un adiós para hacerle saber que su corazón se había congelado a base de infortunios y dolores en el amor. Que no era el mismo de antaño; aquel que latía con fuerza y su calor se proyectaba hacia el exterior en forma de caricias y atenciones de las que ahora sólo quedaba el recuerdo. Las sombras de lo que un tiempo fue y se marchó vagaban sin dueño por el lejano reino de unos sentimientos que, desde entonces, jamás habían vuelto a entregarse de la manera en que lo hicieron cuando sus te quiero iban dirigidos todavía a él. Ahora, sin embargo, la escarcha colgaba de sus entrañas glaciales y los únicos atisbos de cariño y dedicación se esfumaban al instante de generarse en su pensamiento. De todo su bagaje sólo conservó la pasión que acostumbraba a derrochar en cada gesto de amor, pero incluso la magia y la entrega habían decidido abandonarlo el mismo día en que derramó la última lágrima por su primer dolor de amor. Ni siquiera sus manos eran capaces de rememorar la manera en la que se deslizaban por la piel de otro cuerpo; ni su voz podía recordar si debía hablar o no después de un beso; ni sus ojos se acordaban ya de cerrarse al sentir otros labios en contacto con los suyos. Su corazón ardiente y entregado en otros tiempos se había convertido en un órgano aséptico. Y fue cuando intentó llorar y descubrió que las lágrimas se habían exiliado de sus lagrimales cuando comprendió que necesitaba una cura de amor. Un impulso de fervor afectuoso como el que la primavera regalaba cada mes de marzo. Un encuentro sanador que le devolviese la ilusión por recuperar del desván de su pecho los sentimientos despojados a fuerza de dolor y desamor.

Y es que Sucede Que Hoy encontró sólo frío en su interior...

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Antesala Del Final

Hacía días que el ruido de las explosiones se escuchaba casi más próximo que los propios latidos de su corazón maltrecho. El paisaje que podía verse a través de la ventana sin cristal del salón de lo que un día fue su hogar era desolador. Sólo escombros, sacos de arena formando trincheras desiertas, casquillos de bala como colillas por el suelo de las aceras plagadas de socavones y lo poco que quedaba de los edificios de los alrededores. Entregado a la ruina del destino amargo de sus últimos días, el anciano Ernst esperaba a la muerte recostado en el interior de la bañera, con la única fotografía de su esposa que había podido salvar apoyada sobre el pecho. Y mientras permanecía inmóvil con los ojos cerrados abandonado a su hora, recordó el inicio de un amor del que ya sólo quedaba el recuerdo, la fotografía y el pesar por la pérdida de su amada esposa. Su memoria viajó hasta los tiempos de paz, en su pueblo natal, en el día en que el dios del que ahora desconfiaba le quiso regalar la visión de aquella joven atravesando el camino de tierra montada en su bicicleta. Creyó sentir los mismos rayos de sol que aquella mañana le habían dorado la piel sentado a las puertas de su casa a la espera del regreso de su musa. Y sucedió el regreso y de nuevo la admiración, la sonrisa ingenua, el rubor en sus mejillas, el latido intenso de un corazón que comenzaba a despertar a los encantos del amor. Pero de pronto, una fuerte explosión le sacó de aquel sueño en la vigilia y se conmovió al comprobar que todo lo que podía escuchar era un pitido intenso y agudo que le atravesaba de lado a lado el cráneo. Por lo demás, el silencio absoluto, antesala del final. Un hilo de sangre comenzó a descender lento, ardiente y espeso de sus tímpanos desbordados por el estruendo. Lo que Ernst no sabía era que aquella sangre habría de confundirse con la que sólo segundos después anegaría la bañera entera y las calles de toda una ciudad entregada al fracaso por el delirio de un ser abominable.

Y es que Sucede Que Hoy los ecos de la guerra me visitaron...

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En La Espera Del Semáforo

La niebla espesa caía sobre la ciudad de noche cubriendo los techos de los coches de una brillante capa de humedad reveladora de dibujos invisibles en los cristales. El semáforo de la esquina de tu casa se puso en rojo justo antes de mi paso, no sé ya si por azar o porque hasta aquel cruce mi inconsciente había jugado con la velocidad para cuadrar mi llegada con el cambio de color. Mientras esperaba, comprobé que las flores seguían vivas en tu balcón a pesar del frío de las noches en soledad y al mirarlas recordé su olor tan real como la mañana en la que me regalaron su perfume por primera vez después del amor. Y con la mirada perdida en lo alto tratando de intuir tu cama a través de la ventana imaginé que llegabas con tu coche, dispuesta a guardarlo en el garaje cuyo acceso bloqueaba el mío. Dibujé en mi mente cada escena de aquella película que sólo estaba sucediendo en mi imaginación, movida por el impulso de encontrarte un día sin más en aquella misma esquina. Tú llegabas, el semáforo cambiaba, arrancábamos los dos, tú sin darte cuenta todavía de mi presencia, tu intermitente hacia el garaje, el mío hacia el lado opuesto para aparcar en doble fila de cualquier manera y correr hacia tu coche dispuesto a subir a tu lado sin preguntar. Y calmar tu susto con un beso que te hiciese reconocerme en la penumbra de la farola fundida, mientras la plataforma del ascensor del párking descendía lentamente en un viaje hasta los subsuelos de la pasión. Y sin mediar palabra, mirar de cerca de nuevo el reflejo de mis ojos en los tuyos, palpar tu rostro recordando el tacto de tu piel en mis dedos y marcharme sellando tu adiós silencioso con un último beso. Pero aquel cortometraje quedó grabado para siempre sólo en mi cabeza. Fuera de ella, el semáforo cambió a verde y por el retrovisor de mi coche lo único que se veía era la soledad de una calle vacía y neblinosa.

Y es que Sucede Que Hoy te recordé en la espera del semáforo...

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Con La Voz Entrecortada

Sucede. Sucede que. Sucede que hoy. Sucede que hoy busqué. Sucede que hoy busqué la. Sucede que hoy busqué la manera. Sucede que hoy busqué la manera de. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte frente. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte frente a. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte frente a frente. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte frente a frente y. Sucede que hoy busqué la manera de encontrar a solas para tenerte frente a frente y poder. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte frente a frente y poder decirte. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte frente a frente y poder decirte que. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte frente a frente y poder decirte que ya. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte frente a frente y poder decirte que ya tenía. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte frente a frente y poder decirte que ya tenía ganas. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte frente a frente y poder decirte que ya tenía ganas de. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte frente a frente y poder decirte que ya tenía ganas de volver. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte frente a frente y poder decirte que ya tenía ganas de volver a. Sucede que hoy busqué la manera de encontrarte a solas para tenerte frente a frente y poder decirte que ya tenía ganas de volver a verte.

Y es que Sucede Que Hoy lo intenté pero se entrecortó mi voz...
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Viena A Bordo Del Tranvía

Al otro lado del cristal empañado del tranvía el cielo descargaba con rabia su ira sobre una Viena empapada en cuestión de minutos. La humedad traspasaba la vieja chapa de aquel tranvía cargado de historia que circulaba por el centro de la ciudad en un recorrido circular sin fin. Las gotas resbalaban por el vidrio de las ventanas dibujando trayectorias imposibles a fuerza de un viento arremolinado que soplaba intenso en el exterior. Sentado en uno de los asientos de madera vieja del vagón recordaba todas y cada una de las emociones que las diferentes ciudades visitadas me habían transmitido, repasando la felicidad derrochada en dos semanas de viajes, trenes, hostales y estaciones. Entretanto, el traqueteo y el sonido de la lluvia me acompañaban en aquella tarde en la que Viena se escondió de la voracidad de mis pasos y las ganas de mundo insaciables de mis ojos. La gente corría despavorida bajo la lluvia repentina y los coches levantaban el agua de los charcos a su paso, bautizando sin compasión a los desprotegidos de las aceras. Y como el gris del cielo agrietado por los truenos, los días se agotaban en un calendario que no quiso detener el transcurso de sus hojas efímeras. Atrás quedaban las anécdotas y los secretos escondidos en los rincones de las ciudades, a la espera de un retorno a bordo de dos trenes que nos hiciese poner el broche final a una experiencia única mostrándonos de nuevo la bella París. Y fue en aquella ciudad donde dejé olvidado un suspiro lanzado al presenciar el espectáculo de lluvia a través del cristal, jurando que volvería a recuperar el suspiro entregado y admirar de nuevo sus edificios y su historia sin el reflejo del cristal de aquel tranvía mediando entre los dos.

Y es que Sucede Que Hoy recordé Viena a bordo del tranvía...

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Tu Voz Entre El Tráfico

Y sin más aviso que el cambio repentino del semáforo, tu voz resonó con un eco tan cercano que mi piel comenzó a erizarse incluso antes de que llegara a procesar el sonido de aquella tonalidad familiar. La gente deambulaba ajena por las aceras siempre transitadas de tu barrio en aquella hora en la que bastó escuchar un grito con mi nombre para saber que habías sido tú la dueña del clamor. Hacía más de un año que no escuchaba tu melodiosa voz en la realidad y, no sé si por el largo tiempo en el que me acostumbré a ella, o por el hecho de recordarla y sentirla en mi oído en más de una, dos y mil noches, volver a escucharla incluso entre el bramido del tráfico en la ciudad me trajo al instante tu recuerdo. La tarde avanzaba en la misma dirección de mi marcha, con la oscuridad pisándome los talones y el rumor de aquel alarido inesperado me acompañó en el camino de regreso a casa. En mi mente, miles de imágenes se hacinaban pasando como los frames a cámara lenta de una película empolvada por el tiempo y el olvido forzado de la memoria. Y aunque nunca tuve ni tendré la certeza de que aquella voz que vino a clavarse en mis oídos una tarde de las muchas en las que ya te había olvidado fuese la tuya, nunca nadie me podrá arrebatar la sensación que recorrió mi cuerpo durante el fugaz segundo del reencuentro con las palabras adornadas por tus labios ya enterrados.

Y es que Sucede Que Hoy creí escuchar tu voz de nuevo...

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Arbeit Macht Frei

Fue el día en el que Itzhak decidió no seguir cavando el túnel cuando el resto de los que formaban la división del crematorio entendieron que no podían escapar al destino de pasar el resto de sus vidas entre las alambradas y los barracones del campo de concentración. Hasta ese momento, día tras día, el grupo de presos destinado a mantener los hornos al rojo vivo cavaban con las palas del carbón y sus propias manos un túnel oculto tras el muro del último horno. Un horno que había dejado de ser útil desde que el general de las SS al mando se enteró por el registro de que entre las llamas de esas paredes se había desintegrado su mejor amigo de la infancia, capturado por orden suya meses atrás sin ni siquiera mirar el nombre del inquilino de aquel piso de mala muerte. Le bastaba la cruz dorada de seis puntas que colgaba de su cuello para perder el derecho a todo, incluso a identificarse. Pero Itzhak, afligido por la falta de aliento y los pulmones repletos de ceniza, no pudo sino entregarse a la derrota y aceptar un porvenir del que la única escapatoria pasaba por la victoria de un ejército del que no formaba parte. Atrás quedarían las largas jornadas en las que aprovechaban los momentos de descanso de la guardia para avanzar algunos metros, ocultando la tierra extraída entre las montañas de cenizas de los que habían corrido peor suerte que ellos. Pero más atrás todavía quedaban las tantas ocasiones en las que Itzhak se había planteado entregarse él mismo a la voracidad de las llamas en uno de los muchos momentos que tuvo para hacerlo, sin llegar nunca a culminarlo, más por un hilo casi invisible de esperanza de que todo aquel infierno terminara pronto, que por falta de valor o decisión. Sin embargo llegó el día en el que faltó a su turno porque entendió que a pesar de lograr el utópico plan del túnel secreto, seguramente al otro lado del mismo estaría esperándoles la guadaña de la muerte bajo cualquier forma, ya que la vida la habían perdido mucho tiempo atrás; justo el mismo día en el que atravesaron aquella puerta enorme de hierro en la que se podía leer la sentencia "Arbeit Macht Frei".

Y es que Sucede Que Hoy volví a Berlín mentalmente...

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Ensoñación

Un día soñé que pensaba que soñar era seguir pensando en la inconsciencia de un sueño pensativo o de un pensamiento soñador. Que durante la liturgia de las horas durmientes no cesaba en mis labores de pesquisas con las dudas y los enigmas que en la vigilia habían quedado sin responder. ¿Era o sentía? ¿Creía estar viviendo o vivía? ¿Soñaba estar despierto o despertaba envuelto en sueños? Y fue durante el tiempo entre sábanas que entendí aquellos versos que decían que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son. Pues soñando que pensaba me acercaba al conocimiento de que pensar es sólo un sueño que persiguen los filósofos que, durante toda su vida, sólo han aprendido que la sabiduría se alcanza en otra vida a la que se se llega después de exprimir la que nos dan. Que no importa si setenta o setecientos, estos años sólo sirven para practicar. Para experimentar y ser conscientes de que no es ahora cuando debemos despertar y que el camino es largo, pero se hace al caminar. Y entre sueños vagos y pensamientos vaporosos olvidé contar el tiempo que hacía que no soñaba, que no pensaba. Y olvidé que fue durmiendo la última vez en la que creí estar despierto, pues no volví a sentir en vida lo que pude percibir en aquel sueño. Pero fue justo al despertar que entendí el significado de aquellos sueños y pensando que vivía respiré olvidando que hacía años que estaba muerto.

Y es que Sucede Que Hoy soñé y pensé y también viceversa...

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Recordando Un Primer Encuentro

Volver a pisar aquel mismo suelo le transportó sin remedio hasta la primera noche que la vida le regaló su presencia. Recordó el temblor de sus manos agitadas por el frío y el nerviosismo del encuentro inminente; la respiración jadeante y profunda al ver cómo se acercaba el momento; el pulso acelerado de un corazón emocionado por la cita. El ambiente espesaba con la niebla prenavideña y en el cielo una luna reluciente sostenía la luz tenue que iluminaba la escena. En el reloj los minutos pasaban tan lentos que por momentos creía ver cómo las manecillas se burlaban retrocediendo en la esfera plana. Disimulando, mirando un escaparate iluminado, esperaba su llegada nervioso. En realidad, aunque eso nunca lo reconocería, lo que miraba a través del cristal del escaparate era su propio reflejo, pasando revista meticulosamente a cada centímetro de su cuerpo para causar una buena impresión. Desde la bufanda, hasta los cordones, pasando por la caída prevista, aunque disimulada, de los pantalones que finalmente había elegido después de desechar otros tres. La gente, entretanto, iba y venía a sus espaldas inmersa en conversaciones pasajeras de las que sólo flotaban palabras sueltas tras sus pasos fugaces. Sin embargo era el sonido de esos pasos inconfundibles de mujer los que más se le clavaban ante la duda de si eran los de ella o no. La espera se prolongaba y por cada minuto que pasaba sin producirse el encuentro, su palpitar aumentaba el ritmo de tal manera, que de no haber sido invierno y andar enfundado contra el frío, el corazón parecería salir desbocado de su pecho. Y de pronto, justo por el lugar por el que menos pensaba que iba a aparecer, silenciosa, sin pasos sonoros, sin perfumes delatores ni avisos lejanos, apareció sonriente por la puerta de atrás saludando alegre con un "hola" que ocultaba un nerviosismo latente en su voz.

Y es que Sucede Que Hoy recordé el primer encuentro...

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El Caprichoso Viaje De La Enfermedad

En su cara se reflejaba el indomable y caprichoso viaje de la enfermedad. La tristeza de su rostro, gris y apagado como una flor mustia en otoño, mostraba el desencanto ante una vida que había decidido perder la batalla de la salud. En su mirada se intuía el pesar por las horas lentas y anodinas apoltronada en su contra en una cama empapada en lágrimas silenciosas derramadas en la soledad de las noches. Y en sus palabras reverberaba un eco profundo de esperanza ante el infortunio que le había tocado vivir porque así estaba escrito en su destino. Pero esa esperanza caía en saco roto ante las caras de los doctores y sus frases a medio terminar, ocultando una información que ninguno de ellos se sentía capaz de dar. Entretanto, sus movimientos torpes y lentos chocaban con la sensatez de unas palabras que salían tímidas de unos labios ensuciados por la inquebrantable seña del sufrimiento y la enfermedad. Su piel, fría y del color de las sábanas, dejaba entrever el sinuoso curso de unas venas por las que corría una sangre gélida y turbia impregnada en cortisona. Pero la incertidumbre de su diagnóstico le provocaba más dolor que todas las agujas que colgaban de su brazo repleto de goteros. La ciencia estaba tardando más de lo normal en esclarecer la causa de su estado, mientras ella poco a poco se consumía acurrucada entre recuerdos de tiempos mejores. Y allí, acostada junto a la ventana observaba cómo pasaba el invierno sin esperarla, mientras su cuerpo endeble y afligido se removía sobre el colchón para no entregarse a las llagas de la inactividad. Sin embargo saldría de aquella y lo vi en sus ojos mientras disfrutaba del pequeño placer de un paquete de pipas peladas al tiempo que su mente anhelaba caminar como la gente que se veía en las aceras de la avenida donde, por desgracia, se hospedaba temporalmente.

Y es que Sucede Que Hoy la observé en su cama del Hospital...

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Las Raíces Del Amor

Y el quejido del amor le sobrevino con tal fuerza que un sentimiento tan absurdo como aquel llegó para instalarse y reinar en su alma. Pero la espera se hizo tan larga que sus piernas enraizaron con la tierra húmeda y oscura que se abría bajo sus pies, aprisionando a un corazón que se negaba al derrotismo. Como tallos enrevesados ascendían por su cuerpo los delirios de un cariño no correspondido, mientras el veneno de la incertidumbre se le inoculaba con la suavidad con la que la abeja desprendía el polen de la flor cada primavera. Y ni el viento ni la lluvia fueron capaces de desarmar aquel nudo de infortunios que la desdicha le había presentado en los tiempos en los que hablar de entrega y pasión era sólo un juego de premoniciones y futuros lejanos e inciertos. La confusión le golpeaba duro cada noche acabando con la sensación de paz y esperanza con la que cada mañana se enfrentaba al nuevo día. Y allí, enraizado al suelo en mitad de la mísera nada, su cuerpo permaneció durante años hasta tal punto, que los niños del lugar jugaban a hacerle rabiar para ver si salía corriendo tras ellos, ajenos al impedimento próximo al vudú que le obstaculizaba para poder dar un paso y terminar con la mofa. La misma inmovilidad que le invadió el día en que por primera vez sintió sus manos acariciándole, le atormentaba ahora agravada por el peso de la desazón de saberse tan distante en su memoria. Y con la llegada de la hojarasca una tarde violeta acariciando un crepúsculo otoñal, una carta escrita sobre un papel viejo y arrugado lanzado al aire desde un punto lo suficientemente lejano como para que en el camino se hubiese impregnado del aroma del tiempo, le llegó a la cara empujada por la fuerza del aire y, como quien se desprende de una máscara, la apartó para leerla. Sólo entonces volvió a sonreír y con un leve chasquido las raíces retorcidas de sus piernas se desprendieron devolviéndole la libertad para echar a correr en busca de un amor que se marchó con la misma improvisación con la que tiempo atrás había llegado...

Y es que Sucede Que Hoy me identifiqué con Florentino Ariza...

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Historia De Una Moleskine

Aquel tesoro en forma de cuaderno había recorrido tanto mundo que cada una de sus páginas desprendía el olor de un país. Páginas repletas de historias, dibujos, sensaciones, sentimientos, descripciones y notas que le habían sobrevenido en sus numerosos viajes. París, Amsterdam, Berlín, Praga, Viena, Roma, Florencia, Venecia, Londres... Grandes genios de todas las ramas artísticas contaban con una de ellas para plasmar sus esquemas, argumentos, ideas, bocetos o versos fugaces en las tardes de café. De Van Gogh a Picasso, de Hemingway a Chatwin o Sartre, durante siglos los más preciados cuadernos de los grandes artistas y pensadores siempre había tenido un mismo nombre: Moleskine. Y yo, ahora, armado con una de ellas, me dispongo a recorrer el mundo y continuar mi eterno viaje por tierras lejanas en las que respirar nuevos aires inspiradores de historias, de imágenes, de experiencias; sensaciones, vivencias...Y en la travesía me acompañará mi cuaderno de tapas de piel y hojas amarillentas, hasta que sus páginas se cubran con sinuosos ríos de tinta que den forma a mis pensamientos. Y en la primera página escribiré el nombre, pero no la dirección. Por si alguna vez se pierde y encuentra nuevo dueño, sepa a quien perteneció, pero no cómo hacérsela llegar. Porque el viaje de la cultura no tiene límite y compartirla puede ser un regalo. Y en ese momento sentiré que he perdido parte de mí. Que existe alguien en el mundo que es poseedor de lo más preciado de mi intimidad. Pero entonces entenderé que la aventura del cuaderno seguirá su curso sin mí y sus páginas seguirán cubriéndose de otras tintas hasta que el tiempo o el olvido acabe con ellas, o el destino haga que me reencuentre con ella un día, perdida en algún país.

Y es que Sucede Que Hoy me acordé de mi Moleskine...

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Flotando A La Deriva

Como un leño a la deriva impulsado por el oleaje de tu marea hasta que llegue el día de quedar varado en la playa de tu boca. Flotando en la superficie de un mar turbio de sentimientos cálidos enfriados a fuerza de distancia y silencio. Vagando sin rumbo a nado hasta desistir y entregarme sumiso a la corriente. Empapando mi espalda con el agua gélida que desprende el iceberg de tu temporalidad tozuda pero necesaria, mientras mi rostro mira al cielo y contempla taciturno la luna. Surcando sin norte ni brújula los océanos de tu mirada azul ausente. Arrastrándome sin fuerzas en la dirección opuesta a la costa que se expande en el desfiladero de tu pecho. Recorriendo millas sin sentido con la incertidumbre de si me acercan o me alejan más de ti. Y aunque las fuerzas no han flaqueado por momentos sube la marea y siento el agua al cuello. Gana en intensidad el oleaje y me empuja como a una lágrima en el recorrido infinito del torbellino bravo y feroz hacia las profundidades de la oscuridad absoluta. Y cuando estoy a punto de sucumbir ante el despiadado embate del mar, una luz se apodera de mi cuerpo y me empuja hacia la superficie. Una luz que esclarece las dudas y me ayuda a comprenderlo todo. Que la marea, tal y como sube, baja. Que las tormentas amainan y el mar también se viste de calma. Que detrás de las nubes nunca deja de brillar el sol. Que dejar correr el tiempo es positivo y productivo. Que de no hacerlo el disfrute sería efímero. Porque para lanzarse al mar primero hay que reparar las grietas del bote y restaurar la ilusión por volver a ver el reflejo de la luna con su estela blanca. Y la distancia me permite ahora valorar la situación sin el torpe impedimento del desasosiego, siempre tan tempranero e inoportuno. Y entiendo que el mar nunca dejará de ser azul, como yo nunca dejaré de admirar el azul del mar en tus ojos.

Y es que Sucede Que Hoy llegué al fondo y lo valoré...

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Silencio De Labios Sellados

Cuenta la leyenda que fue de tanto escribir por lo que se quedó sin habla. Que de las horas que pasaba encerrado en su alcoba frente al papel en blanco fue que poco a poco perdió el don de la palabra. Él que siempre había sido tan eminente en el discurso, tan meloso en el complicado arte de la seducción, a través de los sonidos que emanaban de sus labios. Y sin que nadie pudiera hacer nada por evitarlo acabó sentenciado al silencio de las hojas muertas; al castigo de la más aterradora mudez. Y cuentan las malas lenguas que fue por un amor prohibido su cambio de actitud ante la vida. Que adoptó desgarrado el silencio de la pluma y el tintero tras los días grises de un sentimiento robado. Que transformó lágrimas en palabras que corrían por el papel enlazando sollozos sordos ahogados en tinta negra. Que jugó a enmudecer poco a poco incapaz de hacerle frente al sufrimiento de un alma carente de cordura. Y se dice que nunca más salió de su buhardilla y el único mundo que vio fue el que imaginaba página tras página plasmando historias idílicas de lo que pudo ser y nunca fue. Que escribía tantos relatos que al final de cada día los tenía que romper y en la noche, atormentado, presa de un amargo sentimiento los volvía a recomponer. Pero lo que no cuenta nadie porque nadie lo ha podido nunca saber es que su silencio era voluntario, un capricho, un deber. Porque un día se juró no volver a utilizar su voz mas que para decir te quiero a la que un día marchó con la esperanza de volver. Porque sabía que sólo el beso de aquellos mismos labios le podía devolver el habla de la misma manera que un día le había hecho enmudecer.

Y es que Sucede Que Hoy encontré la medicina para la mudez...

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Cabalgando A Lomos De La Esperanza

Cabalgando a lomos de la esperanza atravieso campos yermos por tierras lejanas. Traspaso las fronteras de la dignidad en una expedición que me encamina hacia el remoto reino de la sonrisa. Viajo sin demora en busca de un preciado tesoro que se oculta en los bosques espesos de la distante dicha. La armadura pesa y lo hace hasta dejarme exhausto. Pero me niego a desprenderme del metal en el que un día se reflejó su rostro y en el que se posaron cálidas sus manos. Y aunque en el camino no pueda sino más que mirar a lo lejos el horizonte y entregar mis lágrimas por el viento gélido y veloz que me viene a rozar los ojos, sé que con mi llegada y el descubrimiento de la fortuna sólo habrá lugar para la felicidad. Será momento de que en el prado florezcan fuertes los girasoles, de que el río retumbe con la bravura de sus corrientes impetuosas, de que los búhos hagan resonar febril su canto nocturno. Entonces volveré recorriendo el mismo camino de vuelta hasta llegar de nuevo a mi castillo. Ese que hoy parece derrumbarse por las noches soltando sus quejidos de madera vieja y carcomida por el paso de un tiempo lento y caprichoso. Y proclamaré al cielo la victoria del corazón en una batalla en la que la única sangre derramada fue la que salió de la yema de mis dedos para lacrar el sobre en el que anunciaba mi regreso victorioso. Porque en la contienda del amor no es la sangre la que cuenta sino las lágrimas derramadas con dolor. Pero entonces sólo habrá tiempo para el abrazo y la emoción; para mirar de cerca sus ojos y recordar el camino que me trajo de vuelta hasta escuchar en susurro los tequiero de su voz.

Y es que Sucede Que Hoy comprendí que el viaje del caballero es largo...

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Cosecha De Dudas

Sentado sobre el muro del balcón contemplaba el atardecer que caía por detrás de la última fila de casas que alcanzaba mi vista. El sol, cansado de una jornada en la que había tenido que luchar para hacer llegar sus rayos entre la gruesa capa de nubes opacas, se retiraba exhausto hacia nuevas tierras a probar suerte. Mientras pasaba el tiempo con la mirada perdida en el horizonte, las nubes adquirían la forma de signos de interrogación. Y pronto llegó la noche colándose silenciosa por encima de la ciudad y con ella los millones de luceros que le acompañaban en su travesía por el cielo que cubría de negro el infinito techo de mi balcón. Y de la misma manera que durante la claridad violeta del atardecer las nubes habían adquirido esa forma singular, ahora eran las estrellas las que se agrupaban en constelaciones con la misma fisonomía. Interrogaciones brillantes que copaban el firmamento de dudas, de preguntas sin respuesta, como fiel reflejo de una mente sembrada con la misma semilla. Sólo existía la posibilidad de esperar al tiempo de la recolecta y comprobar entonces si la cosecha finalmente valía la pena. Pero para que los frutos de la tierra nacieran con la fuerza de la naturaleza en sus entrañas era necesaria la lluvia que regara los campos y no permitiera que la siembra marchitara reseca en un terreno agrietado. Un goteo de agua y esperanza que mantuviera viva la savia a la espera de una decisión madura que hiciera caer los frutos, buenos o malos. Pero ese regalo en forma de riego se hacía de rogar y entretanto el invierno no cesaba en su empuje helando los primeros tallos que con tanta devoción y salud habían comenzado a brotar apenas unas semanas atrás.

Y es que Sucede Que Hoy ni siquiera chispea...

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Bendita Paciencia

Bendita paciencia que habitas oculta en el reino de la prudencia y la perfección. Que pasas de puntillas por mi vida sin tiempo para que aprenda la lección. Y entretanto mi mente vuela demasiado lejos y sólo encuentra desesperación. Una vida acelerada incapaz de un día sin acción. Y vaya desazón. Creer que puedes sobrellevarlo y equivocarte en la primera ocasión, al dejar hablar al pecho y dar de lado a la razón. Un impulso desatinado que se lleva por delante todo intento de control. Y qué le voy a hacer si nunca fui experto en frialdades ni moderación. Si yo siempre fui de instinto, de emociones y pasión. Sin embargo son tiempos en los que ser comedido es sinónimo de correcta actuación; quien sabe si incluso llegue a serlo de mayor aceptación. Pero qué complicado me resulta a veces guardar los tempos y no caer en la búsqueda de una determinación. Y es por esto que ruego a quien me entienda, me conceda su perdón. Que es por causa del silencio el que las palabras se agolpen y salgan disparadas en cualquier dirección. Que aunque cueste y salte el nervio, nunca es tarde para aprender y sólo es cuestión de dedicación. Así que empiezo la partida sabiendo ahora que no existe manual de instrucción. Que el único requisito es no correr más que el tiempo y echar el freno al empuje del corazón. Que a pesar de que decaiga por momentos la ilusión, siempre es mejor la prudencia que una dura amonestación. Bendita paciencia que habitas oculta en el reino de la prudencia y la perfección, despréndete del polvo y ven a situarte a los mandos de este corazón. Que sin ti no encuentro el rumbo y siempre equivoco la ocasión; que nadie vino a prevenirme de lo difícil que era todo esto del amor. Y perdón.

Y es que Sucede Que Hoy faltó paciencia, faltó prudencia...

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Sinsentidos Sentidos En Lo Más Profundo

Me contengo con la incertidumbre de si debo o no debo. Que si puedo ser visto o mi imagen sólo causa desconsuelo. Si es preciso este silencio o es el fruto de una espiral de la que salir sería tan sencillo que da miedo. Que si mi ausencia es positiva o sólo la consecuencia de un hasta nunca oculto detrás de un hasta dentro de un tiempo. Y ojalá todo fuese tan fácil como seguir a los sentimientos. Como detener el tiempo durante un instante y dejarte llevar por las indicaciones de tu pecho. Sensaciones incontrolables que resuelven el enigma sin tropiezos, pues es el conocimiento que viene de dentro el que viaja de la mano de la verdad y el acierto. Que no es cuestión de más sufrimiento. Que la mente en estos casos es traidora y sus dudas son palabras huecas y sin argumento. Que ser feliz no cuesta tanto ni es tan negro. Basta con fluir y dejar correr la sangre ardiendo. Con no frenar instintos y dejar volar un sentimiento. Y que las únicas barreras sean las de no llegar nunca al arrepentimiento, pero no las de no querer que todo suceda porque jugamos a ser esclavos del tiempo. Y ¿qué es el tiempo?. A veces una bonita forma de desperdiciar la vida, a veces un medicamento, pero nunca un impedimento. Y luchando en la batalla me mantengo; la de no saber si decir algo por si molesto, o cogerle de la mano y preguntarle ¿de verdad no sientes esto?. El problema es que me niego. Que no entiendo. Que si busco la respuesta, me pierdo. Que si hago oídos sordos, me desespero. Y fingiendo que transcurre se apiada de mí el silencio; ese que me impongo a pesar de querer gritar al viento. Y quisiera poder decir mucho más que todo esto. Pero tal vez no debo. Pero tal vez no puedo. O tal vez es que no me atrevo.

Y es que Sucede Que Hoy se suscitan tantas dudas...

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Deseos Sobre La Vía Del Tren

Como cada vez que salía un día gris o los turbios sentimientos de su corazón rasgado le acechaban, Zeo se adentró silencioso en el bosque meditando, al tiempo que se dejaba impregnar por el cariño y el calor que la naturaleza le brindaba a cada paso. Ese afecto, esa comprensión de madre, era la única que nunca le fallaba. Y caminaba solo, dejando tras de sí las finas huellas de un cuerpo que se deslizaba por la tierra sin dejar caer su peso. Era liviano, casi gaseoso. Siempre que viajaba a aquel lugar parecía dejarse hasta el cuerpo en casa; sin piel, sin más músculos que el corazón apesadumbrado; sin recuerdos, sin equipaje, solos su mente y un latido tenue y apagado. Y entre árboles y plantas de todos los verdes imaginables, como impulsado por una fuerza invisible que siempre le empujaba hasta el mismo lugar, Zeo llegó hasta un viejo puente de madera que cruzaba de parte a parte un corte en la montaña por el que discurrían infinitamente rectas las vías de un tren imaginario. Tal vez no existía aquel paisaje; tal vez no existían aquellas vías, ni él mismo, ni ese dolor que le acompañaba cada vez que volvía a aquel lugar. Quizá todo era fruto de su imaginación; un sueño; el argumento de un libro olvidado... Pero Zoe se sentía real. Tan real como la tristeza que le invadía el pecho. Y allí, sentado con las piernas colgando del puente, esperaba a que el tren pasara para arrojar una flor y pedir un deseo. Un deseo que, aunque disfrazado cada vez de palabras distintas, siempre venía a pedir lo mismo. Porque si similares eran las circunstancias que le hacían viajar hasta allí a pesar del tiempo, también lo era su anhelo más profundo en cada ocasión; encontrar la felicidad. Y así, a base de pétalos lanzados al aire al compás del traqueteo del tren, Zeo suspiraba divagando entre pensamientos y sentimientos que trataba de entender, desechar o interiorizar, según la flor cayese del derecho o del revés.

Y es que Sucede Que Hoy deseé lo mismo de siempre...

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Como Si Nunca Más...

La fina lluvia disfrazada a ratos en pequeños copos de nieve golpeaba el cristal de la pequeña librería parisina en la que me encontraba. Fuera, soportando el frío enfundadas en abrigos largos y bufandas, las parejas paseaban ajenas al devenir constante de lluvia; París se pasea mejor mojado. Entretanto, perdido entre montañas de libros apilados en las que lo mismo encontrabas un tratado de Cicerón que el último ejemplar del autor de moda, devoraba las contracubiertas en busca de algún título desconocido que me entretuviese en las frías noches navideñas. No buscaba nada en concreto; ni temática, ni autor, ni estilo. Había decidido dejarme llevar por la atracción de la sinopsis. Agotadas las columnas del principio de la tienda, caminé en dirección al fondo, al último rincón donde posiblemente se encontraban los volúmenes descatalogados; aquellos imposibles de colocar en un mercado cada vez más empujado por el apellido de best-seller. Allí, desordenados, un buen número de libros envueltos en una fina capa de polvo y aromatizados por el perfume añejo del papel desgastado, descansaban olvidados, lejos de los ojos de la gente. Rebusqué con esmero y entusiasmo en busca de alguna joya vintage cuando, de pronto, del interior de uno de aquellos tomos una hoja manuscrita resbaló hasta posarse suavemente en el suelo. Me agaché para recogerla y comencé a leerla.
"Desde hoy viviré cada segundo a tu lado como si fuera el último; como si nunca más fuera a existir otro momento, otro abrazo, otro beso; como si el regalo de haberte conocido caducara cada día al caer el sol y no supiera si al amanecer respirarías; como si en cada instante que paso contigo se me fuera consumiendo el tiempo en un reloj de arena. Y no seré yo quien te busque en las horas, quien persiga tus manos, quien conquiste tu tiempo. Y sin embargo sí seré el que te sueñe cada noche, el que suspire por tenerte y el que no sonría hasta no volver a verte. Te echaré de menos con el corazón mientras la razón me diga que, aunque duela, esto es lo mejor..."
Y después de haber leído la pequeña cuartilla, la introduje de nuevo entre las hojas del libro del que se había desprendido y me lo llevé. El hecho de que hubiese llamado mi atención de aquella manera me hizo augurar que disfrutaría con su lectura.

Y es que Sucede Que Hoy ese libro tiene título y protagonistas...

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Noche Sin Luna(s)

Los ecos lejanos de un piano resuenan de fondo llenando el espacio que delimitan las cuatro paredes de mi habitación. La luz anaranjada de la lámpara de sal ambienta una atmósfera cargada por el humo de la última barra de incienso. La tarde pasa lenta y el teléfono no suena. Agoto las horas buscando quehaceres que no culminar, a la espera de noticias, de propuestas que me hagan desconectar. Pero no llegan. El desasosiego se va apoderando cada vez más de un lugar que sueña con tenerte y arroparte entre las sábanas de la cama que lo preside. Parece que el viento del nuevo año ha borrado las huellas del camino que nos guiaba hasta reunirnos cada noche y vagamos en busca el uno del otro sin hallar el modo de encontrarnos. Y aunque son sólo horas las que hace que no nos vemos, mi mente, desubicada y trasnochada, cree y siente que ya son días enteros los que se cuentan sin tus besos. Días, horas o segundos que se tornan suficientes como para querer salir corriendo a abrazarte; como para notar que me falta algo y no aguanto sin verte. La falta de costumbre enturbia la tarde y el no saber de ti me lleva de vuelta a parajes ya olvidados que reapareciendo vienen a demostrar que entre los dos hay algo más que un sentimiento ahogado en silencios. Miro el reloj y las manecillas ya han dado dos vueltas completas. Me asomo a la ventana y las nubes opacas ocultan la luna. Entonces lo entiendo todo.

Y es que Sucede Que Hoy te eché de menos...

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