Felices Fiestas

Y que el 2011 llegue con un poquito más de tiempo para poder escribir.
Y es que Sucede Que Hoy os deseo a todos Felices Fiestas...
Y ES QUE CADA DÍA SUCEDE ALGO EN NUESTRAS VIDAS DIGNO DE SER OBJETO DE REFLEXIÓN


Por las noches mi mente no descansa. Se siente prisionera del recuerdo de un paraíso. Ese que nos dio cobijo durante horas que parecieron siglos. Cierro los ojos y veo un manto turquesa. Me huelen a mar las sábanas; me sabe a sal la almohada y viceversa. Escucho el sonido de las chicharras en plena madrugada y siento el agua envolviendo mis tobillos con tanta pasión como con la que me rodeaban tus brazos en aquel primer baño de besos y sonrisas en Cala Saona. Y revivo la libertad que nos brindó durante horas la isla que todo lo transforma. Viajo una y otra vez a la arena de tus piernas y me quedo a vivir contigo escondidos en la cueva de tu alma. Y disfruto del sonido de las olas rompiendo en tu silueta de sirena esculpida a golpe de esfuerzo y constancia. Bendita la hora en que nos perdimos por aquel lugar de pinos y estampas mediterráneas. Porque encontré el paraíso en tu sombra y prometí volver de vez en cuando a pasar contigo unas horas. Las justas para conectar de nuevo con la magia y hacer de aquellas playas el destino de nuestras memorias.
El calor se me pega al cuerpo casi tanto como tu recuerdo a mi retina. La madrugada no avanza y mientras chorritones de verano resbalan por mi cuerpo imagino una ducha de agua helada cayéndome desde el techo. El aire de la habitación es cada vez menos respirable. Me abrasan las sábanas y la piel. Por la ventana un cielo amarillento asoma a cada minuto con más claridad y los sonidos de la noche poco a poco van apagándose. El mercurio debe rozar los treinta. Apenas son las cuatro de la madrugada. Tal vez las cinco. Ya perdí la cuenta de las ovejas y los segundos que han transcurrido desde que mis ojos se han negado a permanecer cerrados. Amanece mi cuerpo y afuera, impasible, la madrugada avanza espesa. Mis entrañas se hacen agua. Y me viene a la memoria aquello de "siento que me licuo mientras tus manos acarician mi piel ardiente en estas noches calurosas de un verano inesperadamente pleno". Y de nuevo, como entonces, siento convertirme en charco si me muevo. Trato de enfrentarme al sueño hasta que, cansado de luchar, acabo rindiéndome al desvelo. La duda asalta mi cerebro en mitad de todo este revuelo. ¿Tan difícil es tener los días del verano y las noches del invierno?
Llueve a treinta grados y el olor a tarde húmeda me hace recordar la vez en que la lluvia nos sorprendió sin preaviso sentados bajo aquel árbol centenario. Fue una de esas tardes que sólo se viven una vez y la intensidad del pensamiento hace que queden grabadas a fuego en la memoria, justo en el rincón de las experiencias que saben a vida. Los colores, los sonidos, las sensaciones, los olores... Recuerdo todo, incluidos tus besos y tu risa entregada. La forma en la que te mantenías sentada en mis rodillas, cara a cara, a un beso de distancia. Y cómo el aire levantaba hojas, vergüenzas y esperanzas. La gente corría espantada mientras entre tú y yo reinaba la calma. Y sólo nuestros corazones latían al ritmo de la estampida generalizada. No por miedo, sorpresa o pocas ganas de sentir la piel mojada, sino de saberse entregados a una causa que por entonces apenas comenzaba. Aunuqe si lo pienso, lo bonito es que ahora que ha pasado el tiempo lo siguen haciendo con más entrega, devoción y garra. Desde entonces muchas lluvias han mojado el mismo suelo y ninguna sin embargo ha logrado evocar la emoción de saber que aquel sería por siempre un instante eterno. Por suerte queda la virtud del recuerdo; cerrar los ojos, viajar atrás y revivir a diario, ingenuo, la magia de aquel encuentro.
Me giré y te vi. Allí estabas, sonriendo con esa cara de pícara incrédula que se te pone cuando no quieres demostrar tu risa, aunque tus labios siempre acaben por arquearse. Y te vi tan tuya como siempre, pero tan mía como nunca. Fue como sentir que detrás de aquellos ojos se encontraba mi futuro. Como si tras aquella sonrisa habitara la mía de por vida. Y sonreí como quien acaba de darse cuenta de que es feliz. Como el que siente la necesidad de agradecer lo que está viviendo. Y las paredes de la habitación respiraron armonía. De pronto la luz, el sonido, el aroma, los colores, el aire... ya nada era lo mismo. Seguramente en algún lugar del planeta, a cientos, a miles o a escasos kilómetros de la escena estaba ocurriendo algo que había desencadenado este instante de alineación de almas perfecta. Quizás el frío absurdo, quizás la lluvia veraniega. Tal vez la posición de la luna o el hecho de que no hubiese sentido tus besos durante largas y pesadas horas perdido en una ciudad que todavía no era la nuestra. Pero fue suficiente girarme y ver tu foto, esa en la que sales con cara de pícara incrédula, la que se te pone cuando no quieres demostrar tu risa, aunque tus labios siempre acaben por arquearse, para sentir que detrás de aquella mirada, detrás de aquel papel, habitaba un sentimiento que hacía que se me retorciera el alma. Y sonreí, casi sin querer, sin darme cuenta de que mis labios comenzaban a arquearse. Como tú. Tan mío como siempre, tan tuyo como nunca.
Reencontrarme con tus ojos es como hallar un oasis de agua dulce en mitad del desierto en que se convierten los días en los que no te siento. Te miro como tratando de ver en tus pupilas el motivo de tus silencios y me encuentro con que en ellas ya no reconozco el brillo de otro tiempo. Pero el instante en que vuelve a ti la luz y de nuevo te entreveo no se paga con dinero. Es como volver a ver salir el sol tras un largo ciclón turbulento. Se derrumba el muro de hielo y nuestras auras vuelven a fusionarse en un mar de colores ardientes como el fuego. La energía vuelve a fluir entre nuestros cuerpos. Y del fondo de tus labios, comienzan a asomar brotes de sonrisa tímida relajando la tensión de tu gesto. Es como si la primavera de pronto entrara con fuerza en tu pecho. Floreces, te abres y el polen de tu amor vuelve a mezclarse con el aire que envuelve mis silencios. Y entonces, cuando me atrevo a volver a mirarte sin miedo de encontrarme con algo que no quiero, mi corazón se agita acelerado por las ganas de robarte un beso eterno. Uno de esos que sólo salen cuando, después de algún tiempo de distanciamiento físico o etéreo, dos almas se encuentran de nuevo dispuestas a dejar atrás el sabor de los contratiempos.
- Puedes seguir huyendo el resto de tus días, pero nunca conseguirás escapar del amor. Aquella sentencia le había acompañado durante toda su vida como un estigma en forma de recuerdo persecutorio que se reproducía internamente sin remedio. Y sin comprensión. Porque por más que trataba de analizar aquel conjunto de palabras que le recordaban a algún epitafio que seguramente jamás existió, nunca hasta ahora le había encontrado sentido. Y sin embargo ahí estaba, resonando en su interior con fuerza cada vez que se vanagloriaba de su ajetreada vida profesional de agenda repleta de cambios de última hora. Un día, mucho tiempo atrás, él también se había repetido una y otra vez el famoso "nunca más"; la gran mentira que todo despechado pronuncia, como único remedio para cerrar heridas y autoconvencerse de que jamás volverá a sufrir del corazón. Infartos del amor, como lo llamaba él. Sin embargo, aquella sentencia cobró todo el sentido cuando, aparentemente de manera fortuita, su maleta chocó con la de aquella mujer en la sala de embarque del aeropuerto. Y de pronto el aferrado "nunca más" fue trasformándose en un "y si...", un "quizás", un "algún día tenía que llegar". Y mientras se miraban intensamente ajenos a todo lo demás, como si el mundo entero hubiese dejado de girar, de su boca se desprendió un susurro que no pudo frenar. "Al final no conseguiste escapar".
Cuando llueve, lluevo. Las horas se escapan sin poder aprovechar el tiempo. Las sonrisas se esconden y dormitan hasta ver salir el sol de nuevo. Se apagan las ciudades. Se encienden los recuerdos. Melancolías grises salen de su agujero. La realidad recuerda a la de un mal sueño. Habito dentro de un televisor en blanco y negro. ¿Por qué nadie me dijo que hoy me quedara durmiendo? Pero de pronto suena el teléfono y en la pantalla se muestra tu foto sonriendo. Y entiendo que a pesar de la lluvia, en algún lugar del mundo hay una flor que está naciendo. Un abrazo que está sellando un reencuentro. Unos niños que están dándose el primer beso. Cuando llueve, lluevo...y el cielo no escampa hasta que no te veo.
Prometo llevarte a todos los aeropuertos que ahora no podemos permitirnos pisar. Pasar noches en vela en hoteles de ciudades que siempre quisimos visitar. Y desayunar juntos en la cama mirando el amanecer por la ventana mientras los primeros rayos de sol perfilan las siluetas de las antenas en los tejados de la capital. Prometo llevarte a tus tierras y ser el turista más ávido de aventuras e historias que jamás haya recorrido el país donde dicen que las estrellas casi se pueden tocar. Recorrer contigo la terminal del aeropuerto llenos de nervios, ganas y respeto por el largo trayecto hasta llegar a un lugar donde de pronto dejemos el invierno atrás. Y despegar de noche sabiendo que nos despertará el piloto anunciando sol en el día nuevo que comienza a despuntar. Y mirarnos sonriendo a sabiendas de todo lo que está a punto de comenzar. Y bajar del avión y sentir que el olor del los aires buenos nos invade al caminar. Cambiar el abrigo por la malla, las botas por sandalias y las bufandas por tus faldas de color primaveral. Echar atrás el tiempo y volver a disfrutar de un diciembre rodeados de sol, arena y mar. Sólo deja que el destino cumpla todo lo previsto antes de que anuncie que esta fecha señalada está próxima a llegar. Que no importa si no es hoy, ni es mañana, lo escrito, escrito está. Y mis promesas las firmo con tinta de la que mancha y no se va.
El sol apenas comienza a asomar por entre las calles de casas con persianas bajadas y rocío en los coches, mientras divago enfundado en mi abrigo luchando contra el frío y el sueño. Camino lento, pensativo, admirando los reflejos de la luz en los tejados mientras sostengo en una mano la correa del perro y en la otra el teléfono móvil en cuya pantalla se alternan los titulares del día. El asfalto todavía rezuma madrugada. Mi piel, todavía tu olor. La mañana despunta por el horizonte algo encapotado y entretanto yo husmeo el olor a café y tostadas recién hechas que sale de la ventana de alguna casa cercana. Me gustan los sábados en los que madrugar significa despertar a tu lado. Y conforme mis pasos consumen acera y mi westie continúa saludando a sus amigos del barrio, imagino esa misma mañana paseando por otras calles lejanas. El mismo sol reflejando ahora en las cristaleras de edificios interminables. El mismo olor a café colándose por mi nariz pero subiendo esta vez del vaso de cartón que sostengo en la misma mano en la que ahora llevo el teléfono. Y en la otra, la tuya enfundada en guantes de cuero y entrelazada a la mía con fuerza. A lo lejos, el vapor saliendo a contraluz por las alcantarillas y los primeros sonidos de persianas inaugurando una nueva jornada. Una pareja con la noche todavía pegada a sus abrigos bajando de un taxi amarillo. Y un horizonte de frondosos árboles de un verde intenso esperando a darnos sombra en el paseo matutino del fin de semana por Central Park. Amanece New York en mi mente, pero mi perro me tira de la correa con sus ojos clavados en los míos esperando a que le siga. No sé cuánto llevo parado.




Hay días en los que la luz brilla de una forma diferente, mágica, y su reflejo en el paisaje urbano hace parecer que todo es más bonito. Hasta el atasco de las 19:30 cuando el centro de la ciudad se viste de claxon en cada esquina, con calles repletas de coches ansiosos por llegar a casa. Hoy es uno de esos días. Desde que hace apenas unas horas el primer rayo de sol se ha atrevido a atravesar la opaca y densa pared de nubes negras amenazantes, la luz se puede respirar de otra manera. Los coches, los edificios, el rojo de los semáforos... Todo parece estar sacado de un cuadro. Y ahora que las primeras gotas de lluvia se entremezclan con el apacible sonido del viento girando desafiante, todavía es mayor el espectáculo. Un juego de agua, sonidos y luces que vienen a hacer más llevadero este lunes insulso. En cualquier momento el cielo va a romperse en mil pedazos. Y yo pensando que nunca llueve a gusto de todos. Y yo anhelando que esta luz iluminase ahora mismo tu rostro.
Huele a calles mojadas. A tormenta de verano. A noche larga sin ti. Un viento revoltoso tuerce las esquinas de la ciudad mientras la extraña luz que precede a la lluvia tiñe de naranja y malva la tarde. Será que te extraño. O que ya se me hacen eternas las horas sin tu voz. Tal vez es que me siento exiliado de tus abrazos. Que la piel de mis labios reclama a gritos tus besos amenazando con desprenderse del precipicio de mi boca. La calle que veo a través del cristal cerrado de la ventana muestra el paisaje desolador de un diez de agosto cualquiera en Madrid. Las únicas almas que se dejan ver son las que habitan apenadas entre las paredes de esta casa que ya no soporta mi presencia y me lo demuestra haciendo resonar sus suelos a cada paso que doy. Parece que se retuerza de dolor, o que lance sus quejas invitándome a salir de aquí con la intención de no volver a pisarla nunca más. Ahora que empezaba a familiarizarme con los sonidos extraños, con las luces encendidas en mitad de la noche por una mano invisible, con las voces en la habitación desocupada de al lado, con los despertares repentinos en mitad de la madrugada... Pero me iré antes de que la lluvia que ahora parece no poder contenerse abandone esta ciudad. Y lo haré sin mirar atrás, como lo haría el que, convencido de ser dueño de su vida, abandona una etapa dispuesto a iniciar otra con todo el ímpetu del que puede valerse. Huele a calles mojadas. A tormenta de verano. A noche larga sin ti. Huele a despedida cercana... y yo no tengo nada más que decir.
Desde la escalera donde siempre te hablé podía tocar las estrellas. Sentado, noche tras noche, miraba al cielo mientras las palabras se perdían en el viento caluroso de la noche. Te buscaba en las ramas de los árboles y en las piedras del jardín que guardará para siempre el eco de mis llamadas. Te buscaba, y lo único que encontraba era tu voz del otro lado del teléfono y las líneas de tu rostro dibujado en la tierra por mis manos. Y mientras hablábamos, sonidos nocturnos llenaban el espacio. Desde la escalera donde siempre te hablé podía imaginar el futuro. Sentado, noche tras noche, tejía los sueños del mañana mientras escuchaba tu voz diciendo vuelve ya que necesito morder tus labios. Y entonces el viento chocaba en mi cara robándome el beso que en cuestión de minutos mecía en tus manos. Después yo agudizaba el olfato creyendo captar tu perfume escondido entre las flores dormidas de mi lado. Desde la escalera donde siempre te hablé podía fingir mi estado. Hacerte ver que estaba bien a pesar de querer cerrar los ojos y despertar acostado con mi cuerpo envuelto en tus brazos. Con tu pelo enredado en mis dedos. Con la suave luz de la mañana desvelando el revuelo de sábanas, amor y desenfreno.
El viento de poniente ardía haciendo sonar su quejido acalorado en la tarde aparentemente tranquila en aquel rincón de la ciudad. Los coches iban y venían deslizándose por un asfalto que rezumaba caucho y vapor. Los termómetros, que marcaban máximas como no se recordaban, aplastaban el ánimo de los peatones incapaces de agitar a más velocidad los periódicos, carpetas o papeles que hacían las de abanicos. Y en el cielo, mientras tanto, un sol de justicia dejaba claro quién mandaba en esa galaxia. Los relojes no marcarían mucho más de las cinco de la tarde cuando, al salir de la oficina y con la cara recién golpeada por el calor, descubrí a una pareja oculta detrás de un árbol entregada a la dulzura de un beso vespertino a dos pasos del portal. Tal vez se despedían después de una tarde de aventuras, o puede que aquel no fuese sino el primero de los muchos otros besos que todavía estaban por llegar. Allí abrazados, como creyendo ser invisibles tras el tronco herido y reseco, aquellos amantes se fundían, más de amor que de calor, levantando envidias en los de su alrededor; hombres trajeados y mujeres de falda larga y alto tacón, que ahora caminaban con prisa de vuelta a casa, empujados por las ganas irreprimibles de enloquecer a besos en los brazos del dueño o dueña de su amor.
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