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Sólo soy cuando estás a mi lado


He recorrido calles y avenidas con las que muchos sólo han alcanzado a soñar. Pero no estabas tú. He visitado edificios y museos, restaurantes y teatros, parques teñidos de invierno y rincones que han visto a millones de personas pasar emocionados. Pero no estaba tú. Ni las luces de neón, ni el entramado cuadriculado de asfalto. Ni las torres interminables, ni los taxis amarillos o los escaparates perfectamente decorados. Nada ha podido sobreponerse al peso de tu ausencia a cada rato. Mi sueño americano no existe sin ti a mi lado. He buscado tu abrazo en cada noche en ese colchón de tamaño sobrehumano. He imaginado tus pasos acompasados, tu risa ante lo extraño, tu acento narrando el devenir de los días de aire congelado. Pero no estabas tú. Ni tu abrazo entregado. Sin embargo, ahora miro a través de la ventanilla del avión, sabiendo que me esperas del otro lado, cargada de sueños, inquietudes y unas ganas locas de caer fundidos en un instante largo, labio con labio, piel con piel, mano con mano. Y con el firmamento como aliado, mirando desafiante como quien sabe que todo está predestinado, dejo correr el torrente de letras, sentimientos y recuerdos fotografiados, con el único fin de hacerte saber que hace tiempo descubrí que sólo soy cuando estás a mi lado.

Y es que sucede que hoy, ayer y siempre, sólo soy cuando estás a mi lado...

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Presente de cuerpo ausente


Anoche, a pesar de que los kilómetros que nos separaban se podían contar en miles, llegué a pensarte con tanta intensidad, que logré engañar a mi soledad haciéndole creer que tus piernas se entrelazaban con las mías. Conseguí hacerle creer a mi piel que el calor que sentía era gracias al roce de la tuya, a pesar de que el otro lado de la cama permanecía frío y con las sábanas lisas. Estabas allí al lado. Invisible. Silenciosa. Presente de cuerpo ausente. Y mientras la madrugada avanzaba y el silencio de las calles adivinaba lo intempestivo de las horas, abracé a tu ausencia y acerqué mi cara al recuerdo de tu cuello hasta quedarme dormido, sabiendo que con la llegada del alba y los primeros rayos de luz entrando por la ventana, podríamos empezar a contar las horas que faltaban para volver a estar juntos. Y ahora sí. Visibles. Ruidosos. Presentes y de cuerpo entregado.

Y es que Sucede que Hoy tuve que inventarte para no sufrir tu ausencia...

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Tristeza es que no llegues


Al otro lado de aquellos grandes ventanales, el día transcurría como cualquier otro. La partitura monótona de despegues y aterrizajes con intervalos precisos hacía las veces de pantalla de cine para los pasajeros que, ansiosos por emprender su viaje, esperaban impacientes la llamada para embarcar.
Justo al lado de uno de esos comercios absurdos que pueblan los aeropuertos y en los que puedes encontrar desde un perfume para agradar a tu compañero improvisado de vuelo, como una botella de vodka por si tienes pánico a las alturas, Claudia -como supe que se llamaba tras leer el nombre en el vaso de cartón humeante que desprendía olor a café recién hecho- reflejaba de todo menos esa mezcla de alegría y nerviosismo que se dibuja en el rostro de todo aquel que deambula por una sala de espera de un aeropuerto, consciente de que está a punto de emprender una aventura hacia lo desconocido. Pero no, su gesto no era de esos. Su mirada, apagada, presagiaba más bien la melancolía de una despedida repentina, una bienvenida interrumpida, o la victoria de un destino del que siempre pensó que podría escapar y finalmente había terminado por comprender que no sería así por esta vez.
No tendría más de veintisiete o veintiocho años, pelo largo y oscuro, cuidado y suelto, cayendo libre por hombros y espalda. Por su aspecto, habría dicho que era abogada, o que se dedicaba al mundo de las finanzas en alguna gran empresa, tal vez asesorando sobre dónde invertir mejor el dinero a otros para lograr un futuro próspero y repleto de dicha, aún a sabiendas de que el suyo cada vez más parecía alejarse de algo siquiera similar a ello. A su lado, un bolso de piel de color negro descansaba sobre un abrigo beige y se tambaleaba cada vez que alguien pasaba por su lado y lo rozaba, como si el interior estuviese tan inestable como la mente de su dueña, que por momentos parecía hundirse más y más en un estado de profunda desazón mientras atisbaba de lejos el cartel de "suspendido" en la pantalla que anunciaba el estado de los vuelos que aquella mañana habrían de llegar a la terminal.
A un lado de la mesa, el café, olvidado, se enfriaba a toda velocidad a juzgar por el fino hilo de humo, apenas perceptible ahora, que dejaba escapar. Y por más que Claudia mirara una y otra vez la pantalla de su teléfono móvil, parecía que los peores presagios empezaban a cumplirse, como una profecía maléfica que se cebaba con ella. No pasaban más de veinte o treinta segundos entre un intento de llamada y otro, pero del otro lado no debía sonar nada más que esa voz automática y fingida que inmediatamente produce que nuestros cuerpos se pongan en estado de alerta, ante lo extraño que se ha vuelto que del otro lado de la línea nadie responda cuando hacemos una llamada. Como si uno empezara a estar en problemas cuando su teléfono móvil devuelve un "apagado o fuera de cobertura", por más que tal vez, el propietario, simplemente se encuentre disfrutando de una relajada y placentera jornada de relax en un spa subterráneo, o dejándose seducir por el paisaje de cuento que se muestra ante sí, en una cabaña en lo alto de la montaña. Sin embargo, el ser humano ha terminado por convertirse más bien en un fabuloso creador de finales agónicos y espeluznantes, cuando esa persona a la que llamas no contesta. Y en uno de esos finales trágicos debía estar pensando la mente de Claudia, a juzgar por la profunda preocupación que irradiaban sus ojos. Tal vez llevaba esperando mucho tiempo a que llegara esa mañana para empezar una nueva vida, o quién sabe si el supuesto pasajero o pasajera de aquel vuelo, ahora suspendido, sería la pieza clave para retomar un camino abandonado tiempo atrás por algún capricho del destino. Aunque lo único cierto ahora, parecía ser que ni el inicio de algo nuevo, ni el reinicio de algo pasado, podrían suceder mientras ese "suspendido" continuase parpadeando en rojo en la pantalla.
Llena de esa mezcla de rabia y pena que se siente cuando los planes terminan por no ser los que uno llevaba tanto tiempo anticipando, Claudia dio un último sorbo al café ya frío, y cogió de un tirón el bolso y el abrigo, mientras se alejaba de la mesa sobre la que descansaba, recién olvidado, el teléfono móvil al lado del vaso de cartón y la servilleta llena del carmín rojo que debía haber marcado unos labios ausentes. En ese momento, y mientras cruzaba la puerta automática de cristal de aquella cafetería, una joven de aspecto nórdico que había estado pendiente de todo cuánto acontecía en aquella mesa -incluido el olvido final- corrió hacia Claudia para advertirle de su despiste y hacerle entrega del teléfono. Agradecida -aunque incapaz de hacerlo reflejar en su rostro hundido en la tristeza-, Claudia volvió sobre sus pasos y agarró con una mezcla de alivio y rabia el teléfono cuando, de pronto, y tratando de darse la vuelta para volver a salir del local, chocó de frente con un joven alto y sonriente que acaba de entrar por la puerta como quien sabe que acaba de encontrar lo que tanto tiempo llevaba buscando. Sin ganas de levantar la vista del suelo y volver a tener que fingir una sonrisa de disculpa, Claudia trató de susurrar un "lo siento", cuando el joven recién llegado llevó a toda velocidad su mano hasta la barbilla de Claudia y la levantó lleno de pasión, haciendo que sus miradas se cruzaran en un segundo eterno que devolvió la vida a los ojos de aquella joven abogada o asesora de finanzas, de pelo largo y cuidado, que llevaba un bolso de piel y un abrigo beige que ahora descansaba en el suelo, ante el arrebato de alegría que acababa de sentir, al escuchar que el causante de su pena, había decidido cambiar su vuelo por uno anterior, fruto de un presagio durante la noche anterior, mientras trataba de conciliar el sueño, desvelado ante la proximidad de un encuentro que llevaba años esperando.

Y es que Sucede Que Hoy imaginé historias de aeropuerto...

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Otros cielos


El humo que sale de la taza de té que tengo delante hace que mi mirada se pierda siguiendo su rastro mientras asciende pegado al cristal por el que se atisba la ciudad amaneciendo del otro lado a las puertas de agosto. La gente viene y va con las prisas matutinas y las caras todavía hinchadas por esa costumbre tan nuestra de trasnochar más de lo debido. El aire extrañamente fresco para la fecha y para mi piel que se cuela cada vez que la puerta automática se abre con la llegada de un nuevo cliente, me hace recordar que estoy lejos, en otra ciudad que no es la cálida y húmeda que suele contemplar mis amaneceres a diario. En el ambiente se respira el inconfundible olor a café recién hecho y tostadas, e inevitablemente me transporta a esa tan anhelada escena en la que sólo el verde de las colinas, el malva del cielo y el canto de los pájaros más madrugadores tiñen de color y vida el desayuno pausado con la mirada perdida en el horizonte. Ese horizonte inalcanzable y bajo por el que un sol cada vez más intenso va asomando, reflejando sobre el rocío de las extensas praderas y despertando a girasoles, gallos y lejanas sirenas. Me imagino allí, oliendo a pan recién hecho, atisbando cómo el devenir de un nuevo día comienza a despuntar, con la mente en modo "silencio" y los sentidos despiertos para seguir experimentando el regalo de ser en tierras lejanas y llenas de pura vida. A pocos pasos, el relinche del frisón más tempranero nos da los buenos días. Y tus manos, todavía calientes del calor de las sábanas, se aferran a las mías mientras un suspiro de paz y armonía sale de tu boca recién besada. Amanece la vida y florecen los deseos. Y hoy, igual que ayer y mañana, sólo tenemos que preocuparnos de quitarnos los relojes y disfrutar a paso lento de un nuevo día del futuro que acabó siendo.

Y es que Sucede Que Hoy el humo del té me transportó a otros cielos...

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La ciudad sin ti


Caminar sin ti por la ciudad se convierte en el monótono devenir de unos pasos sin rumbo y una mente perdida en tu recuerdo, incapaz de centrar la atención en otra cosa que no sea la desazón por tu ausencia. Las calles no son más que una sucesión de nombres sin significado, ni vida. La gente, sumida en sus pensamientos, divaga ajena a mi deseo de llevarte al lado, de la mano, navegando entre baldosas que parecen encenderse a cada paso que doy indicando el camino de regreso a ti. El tráfico, ruidoso y molesto, añade banda sonora a la escena y me invita a imaginarme cruzando contigo la puerta de una cafetería para aislarnos de la jungla de asfalto y motores, pero todavía nos separan algunas horas y demasiados kilómetros. Te busco entre la gente, en sus miradas, en sus pasos, como tratando de atisbar un reflejo de ti, un caminar parecido, una melena corta moviéndose al ritmo del paso alegre. Pero no te encuentro. Ni a ti, ni a nada ni a nadie que pueda borrar de mi mente lo que estarías diciendo justo al pasar delante de ese escaparate, o al lado de aquel carrito con dos recién nacidos, o simplemente comentando el look desmesurado y atrevido de la juventud de hoy en día, recordándonos que, sin quererlo, nos hacemos cada vez más viejos. Juntos, pero viejos. Y sin apenas ser consciente, sumido en tu recuerdo y en el eco de las voces interiores con acento sureño, por fin atisbo de lejos la estación que marca el punto de partida del viaje que ha de llevarme de vuelta a casa. De regreso a ti. Y como si de pronto todo cobrase significado, mis pasos se aceleran de sentirse cada vez más cerca y en silencio te grito que ya llego, a sabiendas de que en algún punto del universo, mi quejido eufórico reverbera hasta llenar tu subconsciente de esperanza y alegría ante mi inminente llegada. Porque cuando tú no estás a mi lado, incluso la ciudad más vibrante se apaga, hasta que un tren acorta poco a poco la distancia y nos reúne de nuevo entre las sábanas. Juntos. Unidos. Inseparables. Inmensamente tuyo. Infinitamente mía.

Y es que Sucede Que Hoy, caminé sin ti por una ciudad lejana...

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Todo llega y todo pasa


Volvamos a jugar a las palabras. Hagamos que los silencios se ruboricen ante el arrebato de las sílabas saliendo disparadas como balas de nuestros corazones. Que la fuerza de la vida nos impregne con su magia y nos haga recordar que somos el resultado de una serie de casualidades infinitas perfectamente ordenadas. Y que la impaciencia del ahora no nos oculte la sabiduría de un destino que todavía llama cada noche a nuestra puerta ofreciendo el mismo trato desde que juramos nuestra fe ciega. La felicidad a cambio del esfuerzo, de la entrega, de la confianza mutua, plena y eterna, de la pasión vertida en cada instante que nos llegue en forma de experiencia, mientras dejamos al tiempo seguir forjando nuestra senda. Y entretanto, nosotros, a vivir sabiendo que el futuro que soñamos nos espera. A exprimir los días como si el mañana no existiera. A cambiar el mundo y demostrar que no es mejor el que antes llega, sino el que sabe posponer la gloria efímera para gozar después del triunfo sosegado cuando la dicha anuncie que ha llegado el fin de toda espera. Y entonces, como si todo cobrase sentido de la nada, como si una sola y última pieza desenmascarase lo que tanto tiempo había permanecido oculto, comprenderemos que somos uno, que ya estábamos allí cuando empezamos a soñar nuestro futuro, que el ayer y el mañana convergen en un solo punto llamado presente y a ese lo tuvimos delante, conscientes o no, en cada paso que dimos. Y echaremos la vista atrás y, a lo lejos, perdidas entre la neblina, veremos a nuestras almas sonriéndonos en silencio y a distancia, como quien obvia las palabras consciente de que todo llega y todo pasa.


Y es que Sucede Que Hoy me reencontré con mi idilio de reflexiones, pensamientos y palabras...

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Tu risa de madrugada


Y de pronto, en mitad de la noche, suspiras como dejando salir de tu boca el último hilo de sueño profundo. Como si la madrugada escapara de tu pecho atravesando el interior de tu cuerpo hasta dejarse caer por el filo de tus labios. Y sonríes mientras te vas girando envuelta entre las sábanas que a ratos estorban y a ratos buscas con fervor. Entonces dejas escapar una carcajada dulce a media voz, como si en la inconsciencia del sueño que se aleja volvieras a sentir que apenas a unos centímetros me encuentro yo observándote respirar. Y en ese momento tu brazo me busca y tus pies escalan los míos en un baile milimétricamente ejecutado que nos devuelve al estado de conexión original, piel con piel, abrazados a la la luz de la luna. Tu cara, teñida de paz, mantiene una sonrisa sostenida mientras poco a poco tu respiración se va acompasando de nuevo hasta alcanzar el ritmo profundo y sosegado que te devuelve a lo más profundo de tu subconsciente. Y es entonces cuando siento que ha llegado el momento de cerrar los ojos, sabiendo que eres tú. Sabiendo que sigues feliz al lado. Sabiendo que una noche más, tu risa de madrugada revela que todo sigue igual, que en unas horas tu susurro, tus caricias y tus besos volverán a ser la esencia del mejor despertar.

Y es que Sucede Que Hoy fue una de esas noches...

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Cuando yo significa nosotros


Hace tiempo que perdí el yo y me vi sumergido en un nosotros continuo. Años que veo la vida con tus ojos y toco la primavera a través de tus manos. Siglos oculto en tus recuerdos y milenios esperando ver llegar el momento. Ese momento de tenerte enfrente y perder el habla al comprender que por fin ha llegado el día de dejar de estar, para empezar a ser en ti. De dejar de querer para comenzar a vivir. De olvidar el anhelo del futuro para sentir la fuerza de un presente por primera vez más intenso que aquel por-venir que acabó viniendo. Y entre pronombres confusos y adverbios fuera de lugar y tiempo, he llegado a comprender que tal vez el lenguaje no fue creado para referirse a la soledad. Como si las palabras terminaran encontrando el sentido unas con otras sólo cuando tú empiezas una frase y yo la termino. Como si el mundo no existiese más que tal y como lo vemos cuando tus pupilas y las mías se encuentran en mitad de un instante suspendido y la imagen que formamos en nuestras retinas es consecuencia de la suma de nuestras perspectivas. O como si la ciudad fuese muda y sólo resonasen los tequiero que nos susurramos cada noche antes de dar el día por concluido. Hace tiempo que perdí el yo y me vi sumergido en un nosotros continuo. Y no importa si termino por no saber hablar o acabo por ser un incomprendido; entre nosotros siempre podremos entendernos dejando que interceda el sonido de nuestros latidos.

Y es que Sucede Que Hoy yo significa nosotros...

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Sin saberlo te esperaba


¿Te acuerdas? El sol bañaba tu piel salada y dorada como consecuencia de los días largos de verano. Por aquel entonces, la Navidad todavía no era sinónimo de frío y con su entrada dabas por finalizado el curso. Las horas se estiraban y vivir era más sencillo, más humano y más intenso que en las tristes y tempranas noches del invierno. Pero cuando el sol se iba y te quedabas a solas con el mar frente a tus ojos, entonces no lo sabías pero era mi susurro el que pasaba acariciándote sigiloso el pelo. Era mi voz desde tan lejos la que confundías con el ruido de las olas iluminadas por la luna y su reflejo, diciéndote "no sé dónde estarás ahora, pero sea dónde sea, yo aquí te espero". Porque aunque por entonces era aún secreto, ya soñaba con tenerte al lado y dormir cada noche abrazado fuerte a tu cuerpo. Ya estallaba en mí el deseo de ser el único que te hiciese ver colores nuevos bajo este otro cielo. Porque a pesar de la distancia ya era tuyo el latido de mi pecho, aunque si he de ser sincero confieso que tampoco yo sabía entonces a quién lanzaba mis palabras en la noche con los ojos puestos en el firmamento. Pero me bastó aquella primera tarde, años después, para saber que eras la dueña de mis plegarias y mis ruegos. La que durante tantas noches había sido inspiradora de mis sueños. Lo vi en tu piel dorada y en tu sabor a sal de tierras lejanas, confirmando que a pesar del tiempo y la distancia, sin saberlo te esperaba.

Y es que Sucede Que Hoy creí colarme en tu pasado...
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Contigo al fin del mundo


Si llegara el fin del mundo, querría que me sorprendiese en un abrazo contigo. Que las trompetas del desastre sonaran mientras tus brazos rodean mi cuerpo. Que el viento levantado vaticinando la hora del juicio final hiciese bailar a tu pelo sobre mi rostro, acariciándome la piel y deslizando por mi frente hasta cubrir mis ojos para no ver lo que está ocurriendo afuera. Si llegase el fin del mundo, querría que me sorprendiese con tus labios regalándome el último beso posados sobre los míos; cálidos, húmedos, llenos de amor y vida, como queriendo aferrarse a un último recuerdo dulce y eterno. Y solos, con el estruendo del cielo abriéndose ante nosotros, decirte que te amo y que toda mi vida valió la pena gracias a ti. Que partir es doloroso, pero menos que si jamás hubiese tenido la oportunidad de compartir mis días contigo y ser feliz. Y aunque llegue mi hora me iré sabiendo que hay vida antes de la muerte cuando se tiene cerca a alguien que cada día te hace sonreír. Alguien que te mira, te acaricia y te hace sentir que nada importa más que estar en ese instante allí. Alguien que con sólo una palabra es capaz de encoger tu pecho y hacerte estremecer al no poder reprimir tanta felicidad por el propio porvenir. Si llegara el fin del mundo, querría que me sorprendiese estando bien pegado a ti, abrazados, entregados a la pasión del último beso y justo después de haberte dicho que jamás imaginé un momento mejor para partir.

Y es que Sucede Que Hoy temí la llegada del fin del mundo por no verte...


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Amanece Madrid y es enero


Las calles de Madrid todavía huelen a mojado después de otra madrugada más lloviendo como si no hubiese mañana. Las farolas, todavía encendidas ante la ausencia de un sol que estira las horas de descanso por estas latitudes, iluminan mis pasos por unas calles cada vez menos ajenas. Empiezo a conocer los árboles, a reconocer semáforos, el ruido del tráfico tempranero y hasta el revuelo de las primeras palomas que salen de su cobijo tras el aguacero. Y mientras camino enfundado en mi abrigo, atravesando el frío de un enero cualquiera en Madrid, añoro el calor de tu cuerpo bajo las sábanas. Qué duro se me antoja a diario abandonar el sueño y salir a que un viento gélido golpee mis mejillas, sabiendo que apenas instantes atrás tu cuerpo me brindaba el bienestar absoluto en forma de calor y abrazo matutino. Pero más dura aún es la idea de saber que durante las próximas horas notaré a cada segundo tu ausencia, imaginando tu mañana, extrañando tus besos, recordando tu sonrisa y deseando el reencuentro. Y mientras pienso a diario en este ritual de amor, ausencia y frío hasta en los huesos, se me acorta el tiempo de trayecto de camino a un nuevo día luchando por un sueño, ahora que el de despertar a tu lado cada mañana ya no tengo que soñarlo.

Y es que Sucede Que Hoy dejé volar las ganas...

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Primavera entre mis sábanas

Hoy, al fin, llegó la primavera. Lo vi en tus ojos, temprano, nada más amanecer a tu lado. Lo supe porque tu abrazo me trajo el calor templado que sólo se siente en esta época. Por eso, y porque el te quiero salió más dulce que nunca de tus labios. Quizás porque te lo robé entre besos matutinos tras una larga noche, quizás porque nos reconocemos bendecidos y benditos en este amor que traspasa fronteras y estaciones. Anoche, en tu regazo, algo me hacía vaticinar que la de hoy sería una mañana distinta, colorida, sonora y alegre, primaveral. Y ha sido suficiente el primer rayo de sol atravesando la ventana para saber que se habían cumplido mis presagios. Estabas allí, tan tuya que eras mía. Y del olor a flores que nacían pasamos al del pan recién tostado compartiendo desayuno y sentimiento; el sentimiento de sabernos hechos el uno para el otro a cada momento y en especial en estos. Y mientras la mañana transcurría entre sol y azahares me he ido dando cuenta de que no hay estación más bella que esta que la sangre altera. La que dicen que trae sabia nueva a la tierra y llena de colores ventanas, parques y jardineras. Porque el amor que siento por ella es tan grande como el que te profeso, silencioso, diario, profundamente pleno y entregado, mientras llegan las hojas nuevas y a mí se me escurre el tiempo entre tus manos de algodones como los que ahora vuelan.

Y es que Sucede Que Hoy trajiste la primavera a mi cama...

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Dejaremos un poco para el resto

Trato de recordar qué se celebra hoy y mi mente, a pesar de prestar toda la atención a la fecha marcada en rojo en el calendario, no logra saber porqué un corazón rodea al 14 de febrero. Busco entre los anaqueles de mi memoria los motivos, las razones que me llevaron a señalar este día y sin embargo no encuentro sino vacío. Y entre la desesperación de quien busca y no encuentra, de quien sabe pero no recuerda, pasan las horas y por más que me distraiga, los ojos siempre van a parar al calendario que descansa sobre el escritorio, distante, persecutorio, amenzando con quedarse estancado en esa fecha por más que pasen los días. Y al borde de la desesperación máxima, justo cuando la idea de acabar con esta desazón arrancando la hoja del mes de febrero se postula como vencedora en mi mente, de pronto, como una revelación divina, un pensamiento con aires de causa se cuela por mi esquiva memoria ofreciéndome el motivo de aquel corazón rojo, apagando las cenizas de la desesperación. 14 de febrero, día de los no enamorados, de aquellos que se valen de una fecha para demostrar su amor. De los que necesitan que les recuerden que sienten algo por una persona. De los que requieren de un aviso para volver a sentirse enamorados. Día de todos, menos nuestro. Afortunadamente, tenemos el resto de los 364 días para demostrarnos este amor de pasión desgarradora y sentimiento vivo. Esta suerte de droga bendita con la que fuimos bendecidos hace tiempo, tanto, que no recuerdo a qué vida pertenece.

Y es que Sucede Que Hoy dejaremos un poco para el resto...

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Nos faltará de todo, menos amor

Hoy, entre haces de luz que se colaban por debajo de tus gafas de sol, he visto la preocupación en tu mirada. El brillo habitual de tus ojos estaba adormecido, como enturbiado por la desazón ante las nuevas y malas noticias. De lejos he visto tu alma, agazapada al fondo de unas pupilas grisáceas, temblorosa, desubicada. Y entre lágrimas perdidas he encontrado una espina que no debiera estar clavada. Porque podrá faltarnos un viaje, pero seremos felices jugando con la mente a hacer escapadas. Podrá faltarnos la dicha, pero inventaremos maneras de sonreír a la vida en cada luna nueva. No será ampulosa la dieta, pero nos bastará el cariño para llenar de ilusiones la nevera. Y si alguna vez lo que escasea son palabras, estaré tranquilo sabiendo que contigo me basta para entenderme una mirada. Así que deja que tus ojos recobren el color de la esperanza. Permite que tu pecho se abra oxigenado hacia la fe en nuestras armas. Que los dos sabemos que la vida nos tiene reservado un gran mañana. Haz del tiempo tu coartada y experimenta la emoción de saber que detrás de cada pena hay siempre una alegría esperando a ser encontrada. Búscala con ímpetu y verás que los haces de luz que antes se colaban por debajo de tus gafas, se tornan rayos de alegría coloridos como el arcoíris cuando el cielo escampa.

Y es que Sucede Que Hoy encontré grisácea tu mirada...

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Las Palabras más Utilizadas en SucedeQueHoy

Y es que Sucede Que Hoy quise sentir las palabras...
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Felices Fiestas


Y que el 2011 llegue con un poquito más de tiempo para poder escribir.

Y es que Sucede Que Hoy os deseo a todos Felices Fiestas...


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Cuando Estalla Vigorosa el Alba


No me importa el otoño si despierto a tu lado. Ni que el cielo se encapote, o lluevan piedras contra el suelo siempre que mi edredón termine por enredarse entre tu cuerpo. Que mis labios amanezcan entre los rizos de tu pelo. Afuera, el gris pinta de melancolía la mañana. Adentro, entre paredes, el arco iris ilumina toda la estancia y se refleja en tus pupilas todavía dilatadas. Tu sonrisa se convierte en el mejor desayuno dándome energía para toda la jornada. Qué bonita eres cuando estalla vigorosa el alba. Y te miro y sonrío y agradezco tu presencia a la vida y a las hadas. No hay palabras más sinceras que afirmar que tu presencia es como vivir en una primavera sostenida y dilatada. Que el otoño debió inventarlo un herido de amor con la espina aún clavada.

Y es que Sucede Que Hoy tu presencia fue mi luz en la mañana...

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Refugio de Arena y Sal

Por las noches mi mente no descansa. Se siente prisionera del recuerdo de un paraíso. Ese que nos dio cobijo durante horas que parecieron siglos. Cierro los ojos y veo un manto turquesa. Me huelen a mar las sábanas; me sabe a sal la almohada y viceversa. Escucho el sonido de las chicharras en plena madrugada y siento el agua envolviendo mis tobillos con tanta pasión como con la que me rodeaban tus brazos en aquel primer baño de besos y sonrisas en Cala Saona. Y revivo la libertad que nos brindó durante horas la isla que todo lo transforma. Viajo una y otra vez a la arena de tus piernas y me quedo a vivir contigo escondidos en la cueva de tu alma. Y disfruto del sonido de las olas rompiendo en tu silueta de sirena esculpida a golpe de esfuerzo y constancia. Bendita la hora en que nos perdimos por aquel lugar de pinos y estampas mediterráneas. Porque encontré el paraíso en tu sombra y prometí volver de vez en cuando a pasar contigo unas horas. Las justas para conectar de nuevo con la magia y hacer de aquellas playas el destino de nuestras memorias.

Y es que Sucede Que Hoy descubrí un paraíso contigo...

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Se Me Pega La Luna a La Piel

El calor se me pega al cuerpo casi tanto como tu recuerdo a mi retina. La madrugada no avanza y mientras chorritones de verano resbalan por mi cuerpo imagino una ducha de agua helada cayéndome desde el techo. El aire de la habitación es cada vez menos respirable. Me abrasan las sábanas y la piel. Por la ventana un cielo amarillento asoma a cada minuto con más claridad y los sonidos de la noche poco a poco van apagándose. El mercurio debe rozar los treinta. Apenas son las cuatro de la madrugada. Tal vez las cinco. Ya perdí la cuenta de las ovejas y los segundos que han transcurrido desde que mis ojos se han negado a permanecer cerrados. Amanece mi cuerpo y afuera, impasible, la madrugada avanza espesa. Mis entrañas se hacen agua. Y me viene a la memoria aquello de "siento que me licuo mientras tus manos acarician mi piel ardiente en estas noches calurosas de un verano inesperadamente pleno". Y de nuevo, como entonces, siento convertirme en charco si me muevo. Trato de enfrentarme al sueño hasta que, cansado de luchar, acabo rindiéndome al desvelo. La duda asalta mi cerebro en mitad de todo este revuelo. ¿Tan difícil es tener los días del verano y las noches del invierno?

Y es que Sucede Que Hoy la luna se me pegó a la piel...
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Olor a Recuerdo

Llueve a treinta grados y el olor a tarde húmeda me hace recordar la vez en que la lluvia nos sorprendió sin preaviso sentados bajo aquel árbol centenario. Fue una de esas tardes que sólo se viven una vez y la intensidad del pensamiento hace que queden grabadas a fuego en la memoria, justo en el rincón de las experiencias que saben a vida. Los colores, los sonidos, las sensaciones, los olores... Recuerdo todo, incluidos tus besos y tu risa entregada. La forma en la que te mantenías sentada en mis rodillas, cara a cara, a un beso de distancia. Y cómo el aire levantaba hojas, vergüenzas y esperanzas. La gente corría espantada mientras entre tú y yo reinaba la calma. Y sólo nuestros corazones latían al ritmo de la estampida generalizada. No por miedo, sorpresa o pocas ganas de sentir la piel mojada, sino de saberse entregados a una causa que por entonces apenas comenzaba. Aunuqe si lo pienso, lo bonito es que ahora que ha pasado el tiempo lo siguen haciendo con más entrega, devoción y garra. Desde entonces muchas lluvias han mojado el mismo suelo y ninguna sin embargo ha logrado evocar la emoción de saber que aquel sería por siempre un instante eterno. Por suerte queda la virtud del recuerdo; cerrar los ojos, viajar atrás y revivir a diario, ingenuo, la magia de aquel encuentro.


Y es que Sucede Que Hoy el olor me transportó...

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