Presente de cuerpo ausente


Anoche, a pesar de que los kilómetros que nos separaban se podían contar en miles, llegué a pensarte con tanta intensidad, que logré engañar a mi soledad haciéndole creer que tus piernas se entrelazaban con las mías. Conseguí hacerle creer a mi piel que el calor que sentía era gracias al roce de la tuya, a pesar de que el otro lado de la cama permanecía frío y con las sábanas lisas. Estabas allí al lado. Invisible. Silenciosa. Presente de cuerpo ausente. Y mientras la madrugada avanzaba y el silencio de las calles adivinaba lo intempestivo de las horas, abracé a tu ausencia y acerqué mi cara al recuerdo de tu cuello hasta quedarme dormido, sabiendo que con la llegada del alba y los primeros rayos de luz entrando por la ventana, podríamos empezar a contar las horas que faltaban para volver a estar juntos. Y ahora sí. Visibles. Ruidosos. Presentes y de cuerpo entregado.

Y es que Sucede que Hoy tuve que inventarte para no sufrir tu ausencia...