Todo llega y todo pasa


Volvamos a jugar a las palabras. Hagamos que los silencios se ruboricen ante el arrebato de las sílabas saliendo disparadas como balas de nuestros corazones. Que la fuerza de la vida nos impregne con su magia y nos haga recordar que somos el resultado de una serie de casualidades infinitas perfectamente ordenadas. Y que la impaciencia del ahora no nos oculte la sabiduría de un destino que todavía llama cada noche a nuestra puerta ofreciendo el mismo trato desde que juramos nuestra fe ciega. La felicidad a cambio del esfuerzo, de la entrega, de la confianza mutua, plena y eterna, de la pasión vertida en cada instante que nos llegue en forma de experiencia, mientras dejamos al tiempo seguir forjando nuestra senda. Y entretanto, nosotros, a vivir sabiendo que el futuro que soñamos nos espera. A exprimir los días como si el mañana no existiera. A cambiar el mundo y demostrar que no es mejor el que antes llega, sino el que sabe posponer la gloria efímera para gozar después del triunfo sosegado cuando la dicha anuncie que ha llegado el fin de toda espera. Y entonces, como si todo cobrase sentido de la nada, como si una sola y última pieza desenmascarase lo que tanto tiempo había permanecido oculto, comprenderemos que somos uno, que ya estábamos allí cuando empezamos a soñar nuestro futuro, que el ayer y el mañana convergen en un solo punto llamado presente y a ese lo tuvimos delante, conscientes o no, en cada paso que dimos. Y echaremos la vista atrás y, a lo lejos, perdidas entre la neblina, veremos a nuestras almas sonriéndonos en silencio y a distancia, como quien obvia las palabras consciente de que todo llega y todo pasa.


Y es que Sucede Que Hoy me reencontré con mi idilio de reflexiones, pensamientos y palabras...