Otros cielos


El humo que sale de la taza de té que tengo delante hace que mi mirada se pierda siguiendo su rastro mientras asciende pegado al cristal por el que se atisba la ciudad amaneciendo del otro lado a las puertas de agosto. La gente viene y va con las prisas matutinas y las caras todavía hinchadas por esa costumbre tan nuestra de trasnochar más de lo debido. El aire extrañamente fresco para la fecha y para mi piel que se cuela cada vez que la puerta automática se abre con la llegada de un nuevo cliente, me hace recordar que estoy lejos, en otra ciudad que no es la cálida y húmeda que suele contemplar mis amaneceres a diario. En el ambiente se respira el inconfundible olor a café recién hecho y tostadas, e inevitablemente me transporta a esa tan anhelada escena en la que sólo el verde de las colinas, el malva del cielo y el canto de los pájaros más madrugadores tiñen de color y vida el desayuno pausado con la mirada perdida en el horizonte. Ese horizonte inalcanzable y bajo por el que un sol cada vez más intenso va asomando, reflejando sobre el rocío de las extensas praderas y despertando a girasoles, gallos y lejanas sirenas. Me imagino allí, oliendo a pan recién hecho, atisbando cómo el devenir de un nuevo día comienza a despuntar, con la mente en modo "silencio" y los sentidos despiertos para seguir experimentando el regalo de ser en tierras lejanas y llenas de pura vida. A pocos pasos, el relinche del frisón más tempranero nos da los buenos días. Y tus manos, todavía calientes del calor de las sábanas, se aferran a las mías mientras un suspiro de paz y armonía sale de tu boca recién besada. Amanece la vida y florecen los deseos. Y hoy, igual que ayer y mañana, sólo tenemos que preocuparnos de quitarnos los relojes y disfrutar a paso lento de un nuevo día del futuro que acabó siendo.

Y es que Sucede Que Hoy el humo del té me transportó a otros cielos...