Una Postal Firmada

Abrió el buzón y encontró una postal con la imagen de aquel lugar que tiempo atrás había visitado. Mientras esperaba el ascensor, contempló durante unos instantes aquella estampa y en seguida pensó en la persona que firmaba aquella cartulina cargada de recuerdos. Por un momento esbozó su cara en la mente y sonrió tímidamente sin ser dueño de su gesto.

Viajó con los ojos cerrados hasta aquel lugar del que había partido hacía años y creyó encontrarse en aquella cafetería, sentado junto a la ventana, conversando con ella al otro lado de la mesa mientras el humo del café dibujaba extrañas formas en el aire. El ruido de las puertas del ascensor abriéndose bruscamente le devolvió a la realidad. Subió a casa sin darle la vuelta a la postal, en un intento por mantener la intriga sobre el contenido del mensaje, y se sentó de golpe en el sofá, sin apenas quitarse el abrigo, ansioso por leer aquellas líneas. Contempló una vez más la imagen y después de unos segundos se decidió a leer el dorso. Efectivamente era ella escribiéndole desde aquella ciudad donde se conocieron y donde pasaron los dos días más intensos de sus vidas. Allí donde una habitación de hotel con vistas a uno de los monumentos más bellos del lugar fue todo lo que alcanzó a visitar en su corta estancia. Allí donde comprendió el significado real de la palabra romance escrita con mayúsculas. Y empezó a leer por donde no se debe y sin embargo siempre se cae, por aquella despedida que rezaba un te espero, tachado por la marca de unos labios impregnados en carmín. Eran los de ella, todavía recordaba su forma después de haberlos probado en un eterno frenesí de roce con los suyos. Otra sonrisa anónima se esbozó en su cara sin poder remediarlo y empezó por el principio. Allí decía que desde el día en que se fue, la ciudad había perdido su encanto y su estancia en ella transcurría entre largas noches de melancolía y tardes enteras en el banco frente a la estación esperando su regreso. Aseguraba haber intentado romper su billete de vuelta, pero el susurro de la noche y el cansancio de unos cuerpos enredados le entregaron demasiado pronto al sueño. A la mañana siguiente, él ya estaba de regreso y no había querido despertarla por ahorrarle la dolorosa despedida.

Sin dudarlo ni un momento, cogió el teléfono y reservó billetes para la mañana siguiente. No había tiempo que perder, sólo mucho que recuperar desde aquel día en que las obligaciones le impidieron disfrutar del verdadero interés de su alma.

Y es que Sucede Que Hoy espero el día en que llegue...

7 comentarios :

Anónimo | 13:09

Hola.

Anónimo | 13:10

Hola.

yo mismo | 15:53

Me algrea el que otra vez pueda estrenar el comentario a este relato.

Sí eso suele pasar. y es que a todos nos gusta más una carta en el buzón que un e-mail en el ordenador. Y cuánto más si es de esa persona con la que esperas re-encontrarte, o aquella persona con la que te topaste.

Esa descripción de la cafeteria suena a esas cafeterias de París llenas de encanto y magia en las que siempre sucede algo que nadie piensa en que pueda suceder.

Hoy no he tenido contestación tuya, ni en le último comentario, ni en el e-mail. si es porque estás descansando, lo admito. Todo buen cerebro, necesita su mejor reposo.

Este es el sitio donde siempre sucede algo que pensabas que nunca sucede. Gracias Señor literato. Todo un señor.

Un saludo.

Joan Miquel Viadé | 18:23

desde aquel día en que las obligaciones le impidieron disfrutar del verdadero interés de su alma desde aquel día en que las obligaciones le impidieron disfrutar del verdadero interés de su alma desde aquel día en que las obligaciones le impidieron disfrutar del verdadero interés de su alma.
¿Lograré quitarme esta frase de la cabeza?

Pablo Martín Lozano | 21:36

"Anónimo": Hola a ti también. Desconozco totalmente quién eres! En cualquier caso, bienvenido/a.

"YO mismo": Y yo de leer tu comentario. Esa cafetería de la que hablo puede ser parisina, si así te gusta, como veneciana para quien así lo vea o londinense, cada uno tiene la suya. Siento la no-contestación, ando muy liado con la vuelta a clase y trabajos. En cuanto tenga un hueco contesto y lo siento. Un saludo.

"Joan Miquel": Siento, si debo hacerlo, haber introducido esa frase en tu cabeza. La escribí porque me nació sola. ¿Por qué será? En fin, jeje. Me siento incapaz de aconsejarte, lo siento.
Un abrazo.

Anónimo | 00:01

Sucede que hoy mi bici pinchó, aquella que me trajo un rayito de luz no hace demasiado tiempo. Tengo la sensación de que mi mundo se ha vuelto a quedar a oscuras.

Independientemente de la bici, anoche me llegó una "postal" en la que alguien me pedía que regresara... Es duro decir que no cuando lo que realmente te apetece es coger el primer tren de vuelta...

Lo siento, tengo un dia triste. Ojalá pudiera escribirte algo más alegre.

Hoy ni siquiera tengo claro qué es lo que quiero que llegue...

Gracias por hacerme compañía una noche más aunque sea desde la lejanía.

Mil besos.

Encarni.

Pablo Martín Lozano | 00:14

Conozco un taller buenísimo donde arreglan esos pinchazos. Creo recordar que se llama TIEMPO y está en la calle ESPERANZA de cualquier ciudad. Dicen que viene bien. Y creo que había otro de la misma cadena que estaba en la calle PRIMAVERA esquina con SOL.
Espero que te sirva.
Encantado de la compañía.
Besos y ánimo.