Un Amor Lacrado en Sobres Olvidados



Y después de mucho tiempo sin volver por aquellas tierras, una buena mañana se decidió a hacerlo movido por el extraño sueño de la noche anterior. Algo así como una revelación onírica, un misterio manifestado en la larga y cálida oscuridad. Se acercó hasta la estación, obcecado con la idea de que las imágenes deformadas que retenía en su mente desde que la primera luz del alba le sacó de sus fantasías, no eran sino un reflejo de lo que había de esperarle horas después al llegar a su destino.

Cogió el primer tren con parada en aquella pequeña aldea en la que pasó su juventud, hasta el momento en que decidió partir en busca de un futuro más prometedor. Él era un joven de ideas inquietas, de mente abierta y poco arraigo campestre. Siempre soñó con un futuro entre calles repletas de coches y altos edificios de cristal.
Después de poco menos de tres horas de recorrido, llegó a la estación casi en ruinas de la que un día fue su aldea. La recordaba diferente, más noble, más viva, como cuando iba él con sus amigos a contar cuántos vagones llevaba cada tren de la tarde, mientras apostaban sus cromos sentados en el andén, sin más preocupación que la de salir victoriosos de la apuesta. Sin embargo ahora sus preocupaciones no eran las mismas y aquel era un lugar inerte, derruido, silencioso y abandonado en el olvido. Sólo un tren matutino y otro a media tarde recorrían aquellas vías por entonces. Se preguntó a qué jugaban los niños de la aldea. Se preguntó incluso si quedaban niños en la aldea.

Anduvo por las calles desoladas de aquella villa que ahora le parecía tan diminuta y de la que en cambio no recordaba conocer sus límites durante la niñez. Aquel paisaje no se asemejaba en nada a lo que su memoria le había estado dibujando cada vez que los recuerdos acechaban su mente. Donde antes hubo vida y luz, ahora el polvo y los escombros se encargaban de cubrirlo. Intuyendo el camino por la fisonomía de unas calles que poco se parecían a las de su recuerdo, al fin encontró su antiguo hogar. Allí permanecía frente al mar, acusado de querer ganarle la batalla al tiempo y penado con más ahínco por tal despropósito. Una estructura endeble, una puerta rasgada y una inscripción bajo la balconada en la que figuraba el año de construcción de la vivienda y el antes honorable apellido de una familia perseguida por la catástrofe. Al leerlo recordó cómo gustaba de hacerse llamar así entre sus amigos y de qué manera resonaba aquel nombre en boca de su madre cada vez que les llamaba a viva voz desde el balcón hasta la playa para hacerles ir a comer. En cambio ahora hacía ya mucho tiempo que no escuchaba aquella voz.

Y como si alguien estuviera velando por aquel propósito, de pronto recordó su sueño. Se acercó hasta la puerta y la abrió de un empujón. En aquel instante, sin tiempo ni ganas de alzar la mirada por no sufrir con la vista de un lugar abandonado, y en un intento por no variar el recuerdo que guardaba de aquel sitio, observó que el suelo del otro lado de la puerta estaba repleto de sobres lacrados en los que siempre figuraba el mismo remite. Fue leer su nombre y un evocador susurro le devolvió el timbre melodioso del que fuera su primer amor. Fue un verano; aquel que recordaba diferente a los demás; aquel en el que conoció unos sentimientos que nunca más se volverían a repetir. Y recordó que el día de su partida no quiso despedirse, creyendo que su viaje sería corto y pronto volvería a estar con ella. Y recordó también que siempre quiso hacerle llegar una nota con su nueva dirección, pero nunca tuvo el valor ni la esperanza de que aquella joven que le hizo descubrir los placeres terrenales, se acordara ya por aquel entonces del niño que un día marchó sin despedirse.

Y es que Sucede Que Hoy me arrepentiría de no haberlo hecho...

5 comentarios :

Vyr | 00:25

Muy interesante lugar... he pasado aqui al menos 40 minutos, conociendolo... me ha encantando sobremanera... estaré aqui nuevamente.

Vyr.

Pablo Martín Lozano | 00:31

Hola Vyr, en ese caso, gracias por tus palabras y por tu tiempo. Espero que no haya sido una pérdida. Serás igualmente bienvenida en cada ocasión. Un placer recibir gente de México.
Saludos.

Anónimo | 22:23

Espero no tener q despedirme nunk y tampoco ser olvidada.............oe

Anónimo | 21:13

Grande Pablo. No puedo más que elogiarte por lo que escribes. No te lo había dicho nunca, pero entro siempre a leer lo que pones, es genial. Sabes que te admiro, a mucha gente le gustaria tener un primo como tú. Sigue así, que yo seguiré visitándote en tu rincón.
Un abrazo.
Álvaro

Pablo Martín Lozano | 21:19

Falsa Anónima: Encantado de volver a verte por aquí. Tranquila que si cambio alguna vez de dirección tú serías de las primeras en saberlo.
Un beso. Oe.

Álvaro, gracias por escribir! Me alegro de que te guste y de que entres a menudo, es de agradecer. El resto de comentario...ya será para menos!Jeje.
Un abrazo.