Sinsentidos Sentidos En Lo Más Profundo
Y es que Sucede Que Hoy se suscitan tantas dudas...
Y ES QUE CADA DÍA SUCEDE ALGO EN NUESTRAS VIDAS DIGNO DE SER OBJETO DE REFLEXIÓN
Como cada vez que salía un día gris o los turbios sentimientos de su corazón rasgado le acechaban, Zeo se adentró silencioso en el bosque meditando, al tiempo que se dejaba impregnar por el cariño y el calor que la naturaleza le brindaba a cada paso. Ese afecto, esa comprensión de madre, era la única que nunca le fallaba. Y caminaba solo, dejando tras de sí las finas huellas de un cuerpo que se deslizaba por la tierra sin dejar caer su peso. Era liviano, casi gaseoso. Siempre que viajaba a aquel lugar parecía dejarse hasta el cuerpo en casa; sin piel, sin más músculos que el corazón apesadumbrado; sin recuerdos, sin equipaje, solos su mente y un latido tenue y apagado. Y entre árboles y plantas de todos los verdes imaginables, como impulsado por una fuerza invisible que siempre le empujaba hasta el mismo lugar, Zeo llegó hasta un viejo puente de madera que cruzaba de parte a parte un corte en la montaña por el que discurrían infinitamente rectas las vías de un tren imaginario. Tal vez no existía aquel paisaje; tal vez no existían aquellas vías, ni él mismo, ni ese dolor que le acompañaba cada vez que volvía a aquel lugar. Quizá todo era fruto de su imaginación; un sueño; el argumento de un libro olvidado... Pero Zoe se sentía real. Tan real como la tristeza que le invadía el pecho. Y allí, sentado con las piernas colgando del puente, esperaba a que el tren pasara para arrojar una flor y pedir un deseo. Un deseo que, aunque disfrazado cada vez de palabras distintas, siempre venía a pedir lo mismo. Porque si similares eran las circunstancias que le hacían viajar hasta allí a pesar del tiempo, también lo era su anhelo más profundo en cada ocasión; encontrar la felicidad. Y así, a base de pétalos lanzados al aire al compás del traqueteo del tren, Zeo suspiraba divagando entre pensamientos y sentimientos que trataba de entender, desechar o interiorizar, según la flor cayese del derecho o del revés.
La fina lluvia disfrazada a ratos en pequeños copos de nieve golpeaba el cristal de la pequeña librería parisina en la que me encontraba. Fuera, soportando el frío enfundadas en abrigos largos y bufandas, las parejas paseaban ajenas al devenir constante de lluvia; París se pasea mejor mojado. Entretanto, perdido entre montañas de libros apilados en las que lo mismo encontrabas un tratado de Cicerón que el último ejemplar del autor de moda, devoraba las contracubiertas en busca de algún título desconocido que me entretuviese en las frías noches navideñas. No buscaba nada en concreto; ni temática, ni autor, ni estilo. Había decidido dejarme llevar por la atracción de la sinopsis. Agotadas las columnas del principio de la tienda, caminé en dirección al fondo, al último rincón donde posiblemente se encontraban los volúmenes descatalogados; aquellos imposibles de colocar en un mercado cada vez más empujado por el apellido de best-seller. Allí, desordenados, un buen número de libros envueltos en una fina capa de polvo y aromatizados por el perfume añejo del papel desgastado, descansaban olvidados, lejos de los ojos de la gente. Rebusqué con esmero y entusiasmo en busca de alguna joya vintage cuando, de pronto, del interior de uno de aquellos tomos una hoja manuscrita resbaló hasta posarse suavemente en el suelo. Me agaché para recogerla y comencé a leerla."Desde hoy viviré cada segundo a tu lado como si fuera el último; como si nunca más fuera a existir otro momento, otro abrazo, otro beso; como si el regalo de haberte conocido caducara cada día al caer el sol y no supiera si al amanecer respirarías; como si en cada instante que paso contigo se me fuera consumiendo el tiempo en un reloj de arena. Y no seré yo quien te busque en las horas, quien persiga tus manos, quien conquiste tu tiempo. Y sin embargo sí seré el que te sueñe cada noche, el que suspire por tenerte y el que no sonría hasta no volver a verte. Te echaré de menos con el corazón mientras la razón me diga que, aunque duela, esto es lo mejor..."Y después de haber leído la pequeña cuartilla, la introduje de nuevo entre las hojas del libro del que se había desprendido y me lo llevé. El hecho de que hubiese llamado mi atención de aquella manera me hizo augurar que disfrutaría con su lectura.
Los ecos lejanos de un piano resuenan de fondo llenando el espacio que delimitan las cuatro paredes de mi habitación. La luz anaranjada de la lámpara de sal ambienta una atmósfera cargada por el humo de la última barra de incienso. La tarde pasa lenta y el teléfono no suena. Agoto las horas buscando quehaceres que no culminar, a la espera de noticias, de propuestas que me hagan desconectar. Pero no llegan. El desasosiego se va apoderando cada vez más de un lugar que sueña con tenerte y arroparte entre las sábanas de la cama que lo preside. Parece que el viento del nuevo año ha borrado las huellas del camino que nos guiaba hasta reunirnos cada noche y vagamos en busca el uno del otro sin hallar el modo de encontrarnos. Y aunque son sólo horas las que hace que no nos vemos, mi mente, desubicada y trasnochada, cree y siente que ya son días enteros los que se cuentan sin tus besos. Días, horas o segundos que se tornan suficientes como para querer salir corriendo a abrazarte; como para notar que me falta algo y no aguanto sin verte. La falta de costumbre enturbia la tarde y el no saber de ti me lleva de vuelta a parajes ya olvidados que reapareciendo vienen a demostrar que entre los dos hay algo más que un sentimiento ahogado en silencios. Miro el reloj y las manecillas ya han dado dos vueltas completas. Me asomo a la ventana y las nubes opacas ocultan la luna. Entonces lo entiendo todo.
Debe ser que no estoy muerto; que no he caído en la desgracia del olvido; que mis pasos continúan dejando huella en el camino. Y debe ser que aún suspiro; que a lo lejos se despierta un sutil quejido; que en el pecho aún hay sitio para más y más latidos. Puede ser que te sienta hasta dormido; que en las noches acaricie o desgarre tus vestidos; que la luna sea a la vez la luz, la espía y nuestro nido. Y puede ser que tus besos sean antídoto y por ellos resucito; que son bálsamo de sueños y delirios; que desatan las pasiones que sin miedo escenifico. Porque hoy me acostaré pensando en tu mirada, en el gesto que dibujas cuando una sonrisa lanzas, en el tacto de tus manos entrelazadas a las mías aferrándose con fuerza y transmitiendo su energía. Y me dormiré susurrándome tu nombre como mantra, acallando un "me encantas" que me nace, que se lanza y de la punta de la lengua no se marcha. Cerraré con fuerza la boca para no dejar escapar los retales de los besos que aún descansan en mis labios y oleré mi mano impregnada en el perfume que he robado de tu cuello mientras los dos cerrábamos los ojos y volábamos en silencio al reino de la excitación, el fervor y el entusiasmo. Y para cuando haya caído rendido ante las sábanas, rescataré los sueños que me llevan junto a ti; las imágenes oníricas que últimamente acostumbran a quererte dibujar únicamente a ti. Y seguiré a tu lado en la distancia, abrazado a ti por debajo de tu edredón desde mi cama, más allá de los límites de la existencia, y tocaré y sentirás mi mano recorriendo tu espalda haciéndote cosquillas con su paso lento, hasta erizar tu piel y sentir tu sangre hirviendo adentro.
Y al fin llegó como llega el invierno sin falta cada año; de noche, en silencio, torciendo la esquina de una ciudad dormida sin edredones. En el cielo una luna infinitamente redonda y pura regalaba su luz iluminando los árboles agitados por un viento gélido. Las manos y el corazón temblaban, no sé ya si por ese mismo frío o por los nervios de saber que era el momento; que no habrían más esperas; que la magia dejaría que de un abrazo brotara una pasión parcialmente suicida. Y el beso cayó al labio como al alma el suspiro. Dos cuerpos se juntaron en un mismo instante suspendido eternamente en el tiempo, mientras los sueños se fundían en un cuento con millones de páginas vírgenes de argumento. Espacios en blanco para escribir en verso la vida de dos locos perdidos en un mundo ajeno. Y tal como había llegado se fue con el invierno aquel lapso de ensueño, dejando al desnudo dos rostros nerviosos pero sinceros. La semilla se regaba con la savia de aquellos besos y en el pecho florecían tallos como almendros en enero. Una primavera temprana perdida en el calendario que trataba de hacerse hueco entre lágrimas de hielo afilado. Pero el sol sabía que había llegado el turno de sus rayos, el momento de arrasar el frío y cubrir el prado de dorado. Que la pena se esfumara entre lamentos con la fuerza de un silencio que pusiera fin al duelo. Eran tiempos de alegría; eran tiempos de añadirle páginas y vivencias a la biografía.
El peso de la noche templada caía suavemente sobre la arena virgen de una playa construida en sueños a base de ilusiones y ojalás. En lo alto, la luna brillaba pura y radiante aportando la luz necesaria para reflejar en pieles y pupilas los deseos de dos almas encendidas con la llama del destino. Los cuerpos, entrelazados y entregados al sublime arte de la seducción, se compenetraban rozando piel con piel sin dejar de observar el manto de estrellas que se abría sobre ellos en un vasto lienzo pardo. A lo lejos el rumor de las olas festejando aquel instante de pasión acompañaba con regalos de sonidos imposibles y caricias que venían en forma de ola hasta mojarles los pies. No era la primera vez que visitaban aquella playa paradisíaca. Mucho tiempo atrás, incluso desde el más absoluto desconocimiento, los dos habían compartido una noche como aquella. Una noche en la que se juraron volver, dejando escrita una nota en la arena..."Viajaré hasta donde anoche dejé escrita una nota diciendo que volvería. Te veré allí, sentada en la arena esperando mi regreso. Y volveremos a ser uno mientras la luna nos deje...". Al fin ese día había llegado más de un año después. Pero no importaba el tiempo. Todo lo que un día fue un sueño se cumplía ahora en la realidad. La playa, la musa, la misma arena con la misma nota, idéntica la luna tiñendo de blanco un porvenir esperanzador. Sólo cambiaba un detalle; las caricias antes imaginadas ahora podían sentirse con las yemas de unos dedos anhelantes durante tanto tiempo de aquella misma piel.
Mágica la luna que brilla allá en lo lejos y nos recoge a esta hora con su blanca luz nocturna. Fuego el que me corre por las venas en los minutos que transcurren lentos antes de volver a verte. Brisa suave la que envuelve tu figura y desprendes con aromas hechizantes impregnados en el aire. Dulces besos los que sueño de tus labios fusionados con los míos mientras lucen sin tapujos en lo alto las estrellas...
Y como en un ataque de sinceridad desbocada salieron de su boca las verdades que durante tanto tiempo había tenido que callar. Por sus venas corría ardiente la sangre tantas otras veces derramada por los lagrimales, mientras las manos le temblaban de impaciencia y nerviosismo. Había decidido dar el paso casi sin darse cuenta. Ahora las palabras se agolpaban en su mente esperando que unos labios tímidos y titubeantes permitieran transmitir los ecos reprimidos en lo más profundo de su garganta. Tiritaba, palpitaba acelerado su corazón y la catarsis se apoderaba del momento. Era como el arrebato de un ciclón contenido en en una sola gota de agua salada. En su pecho se palpaban los latidos de un corazón agitado y sorprendido por las respuestas. Por primera vez había dejado de lado la vergüenza y había decidido atravesar el abismo del ¿por qué no? sin miedo a la caída, o a que el viento de allá arriba llegase con la fuerza suficiente para tumbarlo de un soplido. Nada le importaba, había aprendido a volar solo, a planear mientras pendía de las nubes hasta llegar a salvo a tierra. Una vez le bastó para comprobar el dolor de caer en picado sin abrir las alas. Y aprendió de su error para no volver a hacerse daño. Sin embargo ahora caminaba por la cuerda floja, sin mirar atrás ni abajo, con la vista clavada en el otro lado del precipicio; en un horizonte lejano y difuso; en un confín que quedaba a mucha distancia de allí. Tal vez al llegar al otro lado se encontrara con que allí nadie le esperaba. Después de su valentía el desierto de arena y piedras le recibía en la más absoluta soledad. Y ni eso le importaba. Su alma curtida en desazones le había enseñado a que la felicidad estaba en el camino y por eso ya se sentía feliz. Acamparía allí, al otro lado del abismo, en la montaña del destierro, esperando que otra vida igual de audaz y valerosa cometiera la osadía de atravesar el fino alambre suspendido sobre el acantilado. No importaba el tiempo. Ni siquiera le importaba el hecho de que no ocurriera jamás. Cuando desilusionado por la espera en balde se cansara del lugar, todo sería tan sencillo como volver sobre sus pasos y encontrar de nuevo la felicidad en el camino de vuelta.
La luna eclipsa de blanco la estampa de una noche de invierno que sobrevuela con sensualidad las sábanas frías de mi colchón. A lo lejos, oculta entre un millón más, diferenciada únicamente por la casualidad de que mis ojos hayan ido a parar allí, una estrella parpadea emitiendo mensajes en clave que mi mente no es capaz de descifrar. Trato de sintonizar con el cosmos, respirar profundamente mientras mi mirada se centra en el destello intermitente del astro. Y como a retales de verdad vislumbro con incredulidad los despojos de una realidad paralela. En ese momento me dejo llevar por los brazos del tiempo al compás del ritmo que marca el universo. Las imágenes se suceden y comienza el relato de mi vida. Instantes que se dibujan en secuencias desordenadas completando las páginas de vivencias experimentadas a lo largo de los años. Son segundos de recuerdos de otros tiempos que existieron y quedaron para siempre grabados a fuego en el trastero de mi alma. Algunos no los recuerdo, otros creo estar viviéndolos en ese preciso instante y los hay que creía borrados y olvidados y sin embargo mantienen casi intacta su savia. Son retazos de una vida recobrada en sueños. Improntas efímeras de lo que un tiempo fue y dejó de serlo. Y aunque por momentos vuelvo a abrir los ojos para comprobar si el lucero sigue ahí, me pierdo en la inmensidad de la noche estrellada hasta comprender que por cada punto de luz un segundo más de vida me acompaña en el viaje. Y compruebo que alrededor de esa estrella, de justo la estrella que contemplo en cada momento, sólo luce la más profunda oscuridad. No hay estrellas a su alrededor. Soy un cuerpo celeste solitario, una luz sin dueño, un brillo amparado por la magia de la luna.
Un sentimiento ahogado en cenizas dilata el tiempo de una tarde lenta. Por debajo de la piel los ecos de un corazón excombatiente retirado a quehaceres menos implicados y complicados que el amor luchan por hacer sentir su leve impulso esperanzador. Pero la esperanza se marchó con el último tren rumbo a un lugar desconocido. Los párpados comienzan a pesar y sucumben por momentos ante el poder dictatorial del sueño. Sin embargo, pese a la extenuación, persisten en su intento por permanecer abiertos a la realidad del mundo que les rodea. Caen, se levantan y vuelven a caer. Pero justo antes del definitivo adiós recuperan un hálito de energía para lentamente sobreponerse. Y el pesar cae al pecho como la noche a la ciudad; lenta, oscura, fría... Corresponder con sensaciones a sentimientos es un juego sucio del que nadie debiera nunca alardear, pues un beso es suficiente para un salto sin retorno, para bien o para mal. Pero y qué fácil es decirlo y perderse en el camino del intento. Fracasar en el propósito y cederle la victoria al fraudulento reino del ahora. Saber que no se puede, creer que no se debe, querer que todo y nada llegue. Entonces el pecado enfunda una verdad callada a gritos. Y los gritos ensordecen de silencio. Y yo, sordo, callo gritando silencios muertos. Es el miedo al demasiado tarde, la incertidumbre ante el y si..., el imperante dogma del ahora no. Y la tarde pasa igual de lenta que al principio. Con el mismo sentimiento ahogado en cenizas; las de un alma que sufrió y desde entonces aún humean sus recuerdos de momentos perdidos e ilusiones rasgadas.
El silencio se apoderaba de cada esquina de la habitación. Las paredes, escondidas tras la fina capa de pintura verde pastel, espiaban de reojo ruborizándose por el ímpetu de aquella fusión. Los muebles, las estanterías, los libros y los cuadros respiraban suavemente sin llamar la atención, haciendo como que no existían, que dormían ajenos a lo que ya había ocurrido en el salón. Y con ojos entornados, disimulo y una fuerte excitación, husmeaban con sigilo y envidiaban la pasión. Entretanto, la almohada era testigo del desnudo de una flor, que con dulces intenciones deshojaba su exterior. Fresca, pura y blanca del color del algodón, con sus manos palpaba el aire que espesaba a su alrededor. Los cuerpos se encendían anulando al calefactor y entre besos y miradas iba entrando el alba provocando desazón. La noche terminaba y con ella la pasión, que volvía a enfundarse en su traje negro camuflando una traición. Atrás quedaba una oscuridad rota con la aurora, en la que manos, labios, pieles y silencios se mezclaban con suspiros provocados por la euforia y el fervor. La atmósfera ardía en llamas de deseo y en las profundidades de las sábanas respiraba exhausto el tallo de la flor. Era tiempo de marcharse y dejar entrar el viento para borrar las pistas, el aroma y los ecos pronunciados con sofoco, vehemencia y devoción. Allí permanecería siempre el recuerdo de un secreto que tejieron cautelosos una rosa y un floricultor.
- Cierra los ojos y deja que te bese -dijo mientras sostenía entre sus manos la rosa que acababa de regalarle.
El humo del incienso ascendía trazando formas sinuosas hacia el techo de la habitación. Un camino imposible de curvas y bailes al son de las diminutas corrientes que se formaban con sólo respirar. La oscuridad de la habitación quedaba rota por la tenue luz anaranjada de la lámpara de sal y el aro de fuego que devoraba con parsimonia la barra con aromas de la India. Las paredes respiraban aquel humo y amortiguaban con sus esquinas los zumbidos de la espiga consumiéndose. De fondo, como surgiendo de debajo de la cama, las sonoras notas de una tuba caminaban con sigilo por encima del sonido de olas acompasadas. Delicias para unos oídos abocados a la estridencia de unos tiempos ruidosamente descuidados. Con los pulmones llenos de la esencia desprendida por el incienso y con el pensamiento guiado por un segundero lento regulando mi tempo como el metrónomo el del pianista, comencé a intuir tu rostro entre las figuras escurridizas que formaba el humo. Y contemplé tu sonrisa de labios gruesos y radiante blancura; tu frente lisa y despoblada salvo por un mechón rebelde; tu nariz delicadamente pura y trazada con finura; tu barbilla redondeada, puerta al paraíso de tu boca; la piel tersa y brillante de tus pómulos casi esféricos; tus ojos claros infinitos de mirada profunda y ardiente. Las ondas dibujaban tu melena agradecida y del mismísimo aro de fuego rodeando el incienso se adornaba tu cuello. Te veía entre muros de humo espeso ambientador y te sentía entre lazos rotos en un pecho abandonado. Y quise acariciar tu cara con mi mano por sentir de nuevo el calor de tu piel, pero fue acercar mis dedos a tus labios y como un reflejo en el lago tu rostro comenzó a desfigurarse hasta desaparecer. Deformada te admiré en tu camino hacia la nada y todavía te creía ver, pero fue tocar el techo y esfumarte para siempre; esfumarte para siempre como ayer.
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