Una Dulce Recompensa

Primera, segunda, tercera, cuarta... Las marchas se sucedían apresuradas en aquella tarde en la que salí de casa apurando el tiempo en dirección a la ciudad, donde varios amigos aguardaban ya el momento de mi llegada. El cielo continuaba igual de gris que los días anteriores y en el ambiente se seguía respirando ese aire a regreso que me transportaba hasta los días en los que veía acercarse el fin de la espera y pronto regresabas de tus vacaciones en la playa. Eran días en los que todo parecía transcurrir más lento, ansioso por volver a verte, y mi mente pasaba las horas ideando el mejor plan para ese primer reencuentro postvacacional. Cómo recibirte, qué decirte, de qué tema hablar primero, qué pregunta estúpida formularte, dónde ir a pasar la tarde, con qué astucia disimular mi alegría fervorosa por tenerte otra vez delante... Trataba de controlar cada centímetro de parcela hasta el momento en que aparecías y me lanzaba a tus brazos desmontando cualquier plan previo. Bastaba volver a tenerte a escasos centímetros de mí para que todo el mecanismo de emociones y sentimientos volviese a funcionar con fluidez y por mi cabeza no pasara ninguna otra idea más que la de entregarme en cuerpo y alma a ti. La ilusión me hinchaba los pulmones de aquel aire dulce del que apenas puedo recordar ya su aroma. Tu regreso significaba la vuelta al inicio de los días plenos en el calendario; de las horas rápidas y los latidos acelerados de un corazón radiante por volver a verte. Y mientras me encontraba perdido recordando aquella extraña y bendita sensación de años atrás, pedí clemencia al cielo y claudiqué ante el empuje inagotable de un alma que demandaba de nuevo aquel sentimiento. Fue entonces cuando el destino quiso darme una lección y, apenas unos metros más allá, en mitad de la rotonda que debía atravesar para coger la carretera, te vi de pie sosteniendo un cartel de cartón con el nombre pintado de la ciudad. A tu espalda, apoyada en la valla de protección, descansaba una enorme mochila repleta de ropa y de historias y, a juzgar por el poco ímpetu con el que alzabas tu pulgar, hubiese jurado que llevabas horas allí esperando un alma caritativa que se ofreciese para llevarte. Entré con prisa en la rotonda sin quitarte ojo, hasta el momento en que nuestras miradas se unieron en el espacio a pesar de la velocidad y, justo en el instante en que iba a tomar la salida haciendo caso omiso a tu petición, sentí una extraña llamada en mi interior que, de alguna manera, me obligó a completar otra vuelta entera a la rotonda y a detener mi coche justo a tu lado. Bajé la ventanilla para preguntar de manera estúpida -el cartel lo indicaba perfectamente- a dónde te dirigías, y con una gran sonrisa y un toque afrancesado en tu voz, me diste las gracias por adelantado y me indicaste educadamente el lugar al que pretendías llegar. "Me basta con que me dejes en la entrada" -dijiste, pero insistí en llevarte hasta el punto exacto. Subiste al coche agradeciéndome a cada segundo la compasión que había demostrado, mientras yo trataba de encontrarle explicación a ese empuje invisible que me había llevado a parar para recogerte. Comenzamos presentándonos y, como si nos conociésemos de mucho tiempo atrás, iniciamos una conversación de la que todavía recuerdo cada palabra. El eco de tu voz y la manera en la que resonaba tu acento, hacia deslizar suavemente las palabras hasta mis oídos. Resultaste ser una parisina trotamundos, estudiante de psicología e intérprete aficionada de piano y guitarra, que aquel verano había decidido recorrer Europa cargada sólo con una mochila y un rotulador con el que cambiar el nombre del destino en los cartones que sostenías mientras esperabas la parada de algún coche en la carretera. Sonaba extraño y a la vez del todo sugerente y atractivo, pero si por algo me gustó saber aquello, fue por todo lo que conllevaba tu aventurera manera de viajar; resultabas una chica atrevida, viajera, decidida, apasionada, interesante... Pronto me di cuenta de que, desde el momento en el que habías subido al coche, se me había olvidado por completo la cita con mis amigos, el estrés, las prisas y hasta el pensamiento que había estado ocupando mi cabeza instantes antes de tu aparición -creo que pensaba en algo con ya demasiada poca vida-. Te ofrecí agua de la botella que siempre me acompañaba en el coche y aquello me trajo la idea de invitarte a tomar algo para seguir conociendo más de toda tu aventura mochilera. Así que, después de una llamada y un "ya os explicaré" que no llegó a convencer a nadie, cambié de rumbo dirección a una cafetería céntrica de la ciudad.

Y es que Sucede Que Hoy el destino me esperó en una rotonda...

4 comentarios :

Encarni | 11:04

En 4 dias regreso a Cádiz y este año llego llena de ilusión. Como bien dices, los dias parecen transcurrir más lentos o será que ultimamente mi corazón va demasiado rápido, pero parece que los dias no pasan.

Con respecto a la chica de la rotonda... la vida nunca dejará de sorprendernos con encuentros misteriosos. Disfruta de cada uno de ellos. "La tarde menos pensada" te cambia la vida...

Besos.

Pablo Martín Lozano | 19:01

Hola Encarni...Ya supongo que llegas llena de ilusión, hay a quien las Navidades se le adelantan, jeje. Con decirte que a mí lo que más me acelera el corazón es el hecho de pensar que cada vez queda menos para volver a las clases. No el hecho de las clases en sí, sino volver a tener algo que hacer, los amigos...
Entretanto seguiré disfrutando de esos encuentros.

Un beso!

Carolina | 19:56

Hola Pablo…

Me fascina cuando escribes sobre encuentros y explicas con detalle la emoción que se siente…me identifica muchísimo…lo describes tan perfecto…a mi por ejemplo se me hace un nudo en la garganta y siento que el estomago baila dentro de mi…jajaja…son lo mejor los reencuentros


Hermosísimo como siempre…


Un beso enorme…

Caro

Pablo Martín Lozano | 02:59

Hola Carolina, me alegro de que te sientas identificada. Realmente los reencuentros son un catálogo precioso de sensaciones. Ya puedes planear lo que quieras, que en el momento dado, todo se desmonta y los sentimientos afloran a su antojo. Ese nudo y ese baile de estómago es una sensación universal, creo o, al menos, un punto en el que tú y yo coincidimos.

Un beso fuerte y gracias.