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Todo llega y todo pasa


Volvamos a jugar a las palabras. Hagamos que los silencios se ruboricen ante el arrebato de las sílabas saliendo disparadas como balas de nuestros corazones. Que la fuerza de la vida nos impregne con su magia y nos haga recordar que somos el resultado de una serie de casualidades infinitas perfectamente ordenadas. Y que la impaciencia del ahora no nos oculte la sabiduría de un destino que todavía llama cada noche a nuestra puerta ofreciendo el mismo trato desde que juramos nuestra fe ciega. La felicidad a cambio del esfuerzo, de la entrega, de la confianza mutua, plena y eterna, de la pasión vertida en cada instante que nos llegue en forma de experiencia, mientras dejamos al tiempo seguir forjando nuestra senda. Y entretanto, nosotros, a vivir sabiendo que el futuro que soñamos nos espera. A exprimir los días como si el mañana no existiera. A cambiar el mundo y demostrar que no es mejor el que antes llega, sino el que sabe posponer la gloria efímera para gozar después del triunfo sosegado cuando la dicha anuncie que ha llegado el fin de toda espera. Y entonces, como si todo cobrase sentido de la nada, como si una sola y última pieza desenmascarase lo que tanto tiempo había permanecido oculto, comprenderemos que somos uno, que ya estábamos allí cuando empezamos a soñar nuestro futuro, que el ayer y el mañana convergen en un solo punto llamado presente y a ese lo tuvimos delante, conscientes o no, en cada paso que dimos. Y echaremos la vista atrás y, a lo lejos, perdidas entre la neblina, veremos a nuestras almas sonriéndonos en silencio y a distancia, como quien obvia las palabras consciente de que todo llega y todo pasa.


Y es que Sucede Que Hoy me reencontré con mi idilio de reflexiones, pensamientos y palabras...

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Tu risa de madrugada


Y de pronto, en mitad de la noche, suspiras como dejando salir de tu boca el último hilo de sueño profundo. Como si la madrugada escapara de tu pecho atravesando el interior de tu cuerpo hasta dejarse caer por el filo de tus labios. Y sonríes mientras te vas girando envuelta entre las sábanas que a ratos estorban y a ratos buscas con fervor. Entonces dejas escapar una carcajada dulce a media voz, como si en la inconsciencia del sueño que se aleja volvieras a sentir que apenas a unos centímetros me encuentro yo observándote respirar. Y en ese momento tu brazo me busca y tus pies escalan los míos en un baile milimétricamente ejecutado que nos devuelve al estado de conexión original, piel con piel, abrazados a la la luz de la luna. Tu cara, teñida de paz, mantiene una sonrisa sostenida mientras poco a poco tu respiración se va acompasando de nuevo hasta alcanzar el ritmo profundo y sosegado que te devuelve a lo más profundo de tu subconsciente. Y es entonces cuando siento que ha llegado el momento de cerrar los ojos, sabiendo que eres tú. Sabiendo que sigues feliz al lado. Sabiendo que una noche más, tu risa de madrugada revela que todo sigue igual, que en unas horas tu susurro, tus caricias y tus besos volverán a ser la esencia del mejor despertar.

Y es que Sucede Que Hoy fue una de esas noches...

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Cuando yo significa nosotros


Hace tiempo que perdí el yo y me vi sumergido en un nosotros continuo. Años que veo la vida con tus ojos y toco la primavera a través de tus manos. Siglos oculto en tus recuerdos y milenios esperando ver llegar el momento. Ese momento de tenerte enfrente y perder el habla al comprender que por fin ha llegado el día de dejar de estar, para empezar a ser en ti. De dejar de querer para comenzar a vivir. De olvidar el anhelo del futuro para sentir la fuerza de un presente por primera vez más intenso que aquel por-venir que acabó viniendo. Y entre pronombres confusos y adverbios fuera de lugar y tiempo, he llegado a comprender que tal vez el lenguaje no fue creado para referirse a la soledad. Como si las palabras terminaran encontrando el sentido unas con otras sólo cuando tú empiezas una frase y yo la termino. Como si el mundo no existiese más que tal y como lo vemos cuando tus pupilas y las mías se encuentran en mitad de un instante suspendido y la imagen que formamos en nuestras retinas es consecuencia de la suma de nuestras perspectivas. O como si la ciudad fuese muda y sólo resonasen los tequiero que nos susurramos cada noche antes de dar el día por concluido. Hace tiempo que perdí el yo y me vi sumergido en un nosotros continuo. Y no importa si termino por no saber hablar o acabo por ser un incomprendido; entre nosotros siempre podremos entendernos dejando que interceda el sonido de nuestros latidos.

Y es que Sucede Que Hoy yo significa nosotros...

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Sin saberlo te esperaba


¿Te acuerdas? El sol bañaba tu piel salada y dorada como consecuencia de los días largos de verano. Por aquel entonces, la Navidad todavía no era sinónimo de frío y con su entrada dabas por finalizado el curso. Las horas se estiraban y vivir era más sencillo, más humano y más intenso que en las tristes y tempranas noches del invierno. Pero cuando el sol se iba y te quedabas a solas con el mar frente a tus ojos, entonces no lo sabías pero era mi susurro el que pasaba acariciándote sigiloso el pelo. Era mi voz desde tan lejos la que confundías con el ruido de las olas iluminadas por la luna y su reflejo, diciéndote "no sé dónde estarás ahora, pero sea dónde sea, yo aquí te espero". Porque aunque por entonces era aún secreto, ya soñaba con tenerte al lado y dormir cada noche abrazado fuerte a tu cuerpo. Ya estallaba en mí el deseo de ser el único que te hiciese ver colores nuevos bajo este otro cielo. Porque a pesar de la distancia ya era tuyo el latido de mi pecho, aunque si he de ser sincero confieso que tampoco yo sabía entonces a quién lanzaba mis palabras en la noche con los ojos puestos en el firmamento. Pero me bastó aquella primera tarde, años después, para saber que eras la dueña de mis plegarias y mis ruegos. La que durante tantas noches había sido inspiradora de mis sueños. Lo vi en tu piel dorada y en tu sabor a sal de tierras lejanas, confirmando que a pesar del tiempo y la distancia, sin saberlo te esperaba.

Y es que Sucede Que Hoy creí colarme en tu pasado...
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Contigo al fin del mundo


Si llegara el fin del mundo, querría que me sorprendiese en un abrazo contigo. Que las trompetas del desastre sonaran mientras tus brazos rodean mi cuerpo. Que el viento levantado vaticinando la hora del juicio final hiciese bailar a tu pelo sobre mi rostro, acariciándome la piel y deslizando por mi frente hasta cubrir mis ojos para no ver lo que está ocurriendo afuera. Si llegase el fin del mundo, querría que me sorprendiese con tus labios regalándome el último beso posados sobre los míos; cálidos, húmedos, llenos de amor y vida, como queriendo aferrarse a un último recuerdo dulce y eterno. Y solos, con el estruendo del cielo abriéndose ante nosotros, decirte que te amo y que toda mi vida valió la pena gracias a ti. Que partir es doloroso, pero menos que si jamás hubiese tenido la oportunidad de compartir mis días contigo y ser feliz. Y aunque llegue mi hora me iré sabiendo que hay vida antes de la muerte cuando se tiene cerca a alguien que cada día te hace sonreír. Alguien que te mira, te acaricia y te hace sentir que nada importa más que estar en ese instante allí. Alguien que con sólo una palabra es capaz de encoger tu pecho y hacerte estremecer al no poder reprimir tanta felicidad por el propio porvenir. Si llegara el fin del mundo, querría que me sorprendiese estando bien pegado a ti, abrazados, entregados a la pasión del último beso y justo después de haberte dicho que jamás imaginé un momento mejor para partir.

Y es que Sucede Que Hoy temí la llegada del fin del mundo por no verte...


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Amanece Madrid y es enero


Las calles de Madrid todavía huelen a mojado después de otra madrugada más lloviendo como si no hubiese mañana. Las farolas, todavía encendidas ante la ausencia de un sol que estira las horas de descanso por estas latitudes, iluminan mis pasos por unas calles cada vez menos ajenas. Empiezo a conocer los árboles, a reconocer semáforos, el ruido del tráfico tempranero y hasta el revuelo de las primeras palomas que salen de su cobijo tras el aguacero. Y mientras camino enfundado en mi abrigo, atravesando el frío de un enero cualquiera en Madrid, añoro el calor de tu cuerpo bajo las sábanas. Qué duro se me antoja a diario abandonar el sueño y salir a que un viento gélido golpee mis mejillas, sabiendo que apenas instantes atrás tu cuerpo me brindaba el bienestar absoluto en forma de calor y abrazo matutino. Pero más dura aún es la idea de saber que durante las próximas horas notaré a cada segundo tu ausencia, imaginando tu mañana, extrañando tus besos, recordando tu sonrisa y deseando el reencuentro. Y mientras pienso a diario en este ritual de amor, ausencia y frío hasta en los huesos, se me acorta el tiempo de trayecto de camino a un nuevo día luchando por un sueño, ahora que el de despertar a tu lado cada mañana ya no tengo que soñarlo.

Y es que Sucede Que Hoy dejé volar las ganas...

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Primavera entre mis sábanas

Hoy, al fin, llegó la primavera. Lo vi en tus ojos, temprano, nada más amanecer a tu lado. Lo supe porque tu abrazo me trajo el calor templado que sólo se siente en esta época. Por eso, y porque el te quiero salió más dulce que nunca de tus labios. Quizás porque te lo robé entre besos matutinos tras una larga noche, quizás porque nos reconocemos bendecidos y benditos en este amor que traspasa fronteras y estaciones. Anoche, en tu regazo, algo me hacía vaticinar que la de hoy sería una mañana distinta, colorida, sonora y alegre, primaveral. Y ha sido suficiente el primer rayo de sol atravesando la ventana para saber que se habían cumplido mis presagios. Estabas allí, tan tuya que eras mía. Y del olor a flores que nacían pasamos al del pan recién tostado compartiendo desayuno y sentimiento; el sentimiento de sabernos hechos el uno para el otro a cada momento y en especial en estos. Y mientras la mañana transcurría entre sol y azahares me he ido dando cuenta de que no hay estación más bella que esta que la sangre altera. La que dicen que trae sabia nueva a la tierra y llena de colores ventanas, parques y jardineras. Porque el amor que siento por ella es tan grande como el que te profeso, silencioso, diario, profundamente pleno y entregado, mientras llegan las hojas nuevas y a mí se me escurre el tiempo entre tus manos de algodones como los que ahora vuelan.

Y es que Sucede Que Hoy trajiste la primavera a mi cama...

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