
Ahora que te siento lejos, agazapado entre sacos de arena que habrán de salvarme la vida cuando al fuego cruzado se le antoje sobrevolar esta trinchera, recuerdo las tardes en que las notas de tu viejo violín venían a remolonearse en mis oídos. Verte al contraluz delante de aquella ventana con vistas a un mundo todavía en paz se convertía entonces en un ritual sagrado donde luces y sombras se mezclaban con la sinfonía de las cuerdas pulsadas por tus finos dedos. Ahora hay días en que creo transportarme atrás en el tiempo y escucho aquella misma melodía, hoy teñida de sangre y duelo, atravesando el aire en forma de balas que, con suerte para unos y desgracia para otros, terminan por hacer blanco. Uno más, otro menos. En esta sucia y cruel guerra de hermanos el recuerdo de tus notas se convierte en el mejor aliado. Aquí nadie puede fiarse de nadie. Quien no miente, ya ha mentido; quien no llora, ya ni siquiera se siente vivo. Y entre partitura y partitura acaricio mi fusil imaginando tu cuerpo desnudo y recorro sutilmente las curvas que dibujan tus caderas de madera y hierro. Hace horas que nadie viene a visitarme. Ya no sé si soy el último superviviente de mi sección, tal vez de mi escuadrón, o es que acaso hace días que esta absurda guerra ya acabó. Nada importa ya. Mi vida perdió sentido el día en que me reclutaron y te vi con lágrimas en los ojos diciéndome adiós con tu mano desde el andén. En aquel instante, rodeado de tantos otros infelices como yo, supe que mi vida había llegado a su fin.
Y es que Sucede Que Hoy escribo en homenaje, en recuerdo, en secreto...
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