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Como tú

Me giré y te vi. Allí estabas, sonriendo con esa cara de pícara incrédula que se te pone cuando no quieres demostrar tu risa, aunque tus labios siempre acaben por arquearse. Y te vi tan tuya como siempre, pero tan mía como nunca. Fue como sentir que detrás de aquellos ojos se encontraba mi futuro. Como si tras aquella sonrisa habitara la mía de por vida. Y sonreí como quien acaba de darse cuenta de que es feliz. Como el que siente la necesidad de agradecer lo que está viviendo. Y las paredes de la habitación respiraron armonía. De pronto la luz, el sonido, el aroma, los colores, el aire... ya nada era lo mismo. Seguramente en algún lugar del planeta, a cientos, a miles o a escasos kilometros de la escena estaba ocurriendo algo que había desencadenado este instante de alineación de almas perfecta. Quizás el frío absurdo, quizás la lluvia veraniega. Tal vez la posición de la luna o el hecho de que no hubiese sentido tus besos durante largas y pesadas horas perdido en una ciudad que todavía no era la nuestra. Pero fue suficiente girarme y ver tu foto, esa en la que sales con cara de pícara incrédula, la que se te pone cuando no quieres demostrar tu risa, aunque tus labios siempre acaben por arquearse, para sentir que detrás de aquella mirada, detrás de aquel papel, habitaba un sentimiento que hacía que se me retorciera el alma. Y sonreí, casi sin querer, sin darme cuenta de que mis labios comenzaban a arquearse. Como tú. Tan mío como siempre, tan tuyo como nunca.

Y es que Sucede Que Hoy me giré y te vi, en foto...

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