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Instante Eterno

-Quiero ser quien te haga feliz- y las paredes de la habitación parecieron resquebrajarse incapaces de soportar tanto amor entre aquellas palabras. De pronto, la luz, que entraba tímida por la ventana, se tiñó de rojo ruborizando la atmósfera de aquel espacio. Y como si hasta las sábanas hubiesen sentido celos de aquella declaración, terminaron por descubrir sus cuerpos y resbalaron por el borde de la cama hasta caer al suelo. Afuera, la tarde transcurría lenta entre el sonido de voces ajenas y el rumor constante de los coches atravesando la ciudad. Su cuerpo se estremeció casi tanto como las paredes cuando escuchó aquella voz jurando amor y entrega sabiendo que, por encima de todo, siempre se tendrían el uno al otro a pesar de las esperas. Y en los ojos, sin saberlo, se le dibujaron sonrisas. Lo que acababa de escuchar le había atravesado el pecho como una flecha en llamas, directa a su corazón, desnudando a su paso las dudas y penas que días atrás habían estado carcomiéndole sin descanso cada segundo. Y tras la pausa que siguió a aquellas palabras, dejó escapar un suspiro que jamás debió de ser escuchado, mientras repetía internamente la frase que acababa de marcarle a fuego el corazón y que habría de repetir todavía durante muchos días después de aquel regalo en forma palabras.

Y es que Sucede Que Hoy sobró con ese momento...

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Noctámbulo y Noctívago

Anoche bajé a la calle a buscarte en mitad de la ciudad desconocida. Bajé y recorrí esquinas y plazas mirando si por alguna casualidad habías decidido perderte entre aquellas calles cansada de ver siempre las mismas. Y resulta que te vi sin necesidad de tenerte enfrente. Te vi porque reconocí tus brazos en los de aquella chica que abrazaba a su novio en el portal, justo antes de despedirse hasta la siguiente. Te vi en el beso escondido de dos amantes rendidos al poder del deseo en un coche con los cristales empañados. Te recordé en la pose de aquella otra chica que esperaba el autobús nocturno ajena a lo que en ese momento su imagen estaba significando para mí. Y te reconocí en la melena de espaldas de tantas y tantas otras más con las que me crucé mientras te buscaba. Y en la música de aquel coche que pasó y me trajo hasta la memoria las veces que la había escuchado saliendo de tu boca. Caminé noctámbulo y noctívago por las aceras mojadas bajo el calor aplastante de una noche cualquiera de verano, hasta que volví a aquella casa en la que no reconocía ni paredes, ni colchón, a recordarte entre luces y sombras, trasnochado, con el cartón impregnado de tu perfume embriagándome de vos, amor.

Y es que Sucede Que Hoy te extrañé por adelantado...

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La Luna A Tu Alcance

Asómate, mira, ¿has visto la luna? Está ahí, más cerca que nunca. Grande, anaranjada, como con cara de pena. Aparece y se esconde entre los edificios que se dibujan en el horizonte iluminado de esta noche casi veraniega. Viene y va como mis ojos a los tuyos mientras avanzamos por la carretera desierta. Nos mira y se aleja conforme tratamos de alcanzarla con las manos abiertas. Es como si jugara con nosotros o quisiera ver cada uno de los besos que nos damos. Luce tan grande y cercana que abruma con su presencia e invita a soñar con historias de astros y estrellas. Entes lejanos que encierran los sueños que tejemos entre palabras y sonrisas que lanzamos al viento. Y al fondo de la noche la luna, sonrojada, nos sigue en silencio robándonos el tiempo. Como imanes sus ojos de cráter se clavan en los nuestros. Y con la cara tristona y teñida color desierto, la luna nos une a través del misterio. Cómo será lo de vivir a oscuras desde más allá del tiempo. Qué sentirá la luna cuando dicen que sólo es espejo. Un cuerpo sin vida, ni alma, ni cielo. Y todos olvidan la magia que brinda desde allá a lo lejos. Sin ella las noches no serían noches, ni el mar un juego de bailes, dejando al poeta sin luz para inspirarse. Y que triste sería la vida del sol sin su amante. Casi tanto como la mía sin amor que entregarte.

Y es que Sucede Que Hoy la luna luce mágica...
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